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Pedro y Alejandro eran dos muchachos de poco más de veinte años cuando, interesados en proponer actividades de las que pudieran participar todos los chicos del barrio, y más, decidieron hacerse cargo de la elaboración de los instrumentos que necesitaban para las funciones de títeres que con el tiempo fueron incluyendo también marionetas y otros extraños muñecos que se convirtieron en marca registrada de La Musaranga. “Apenas arrancó el trabajo de funciones en el San Roque, los pibes armaron una Musaranga en miniatura. Eran chicos de 8 y 9 años que comenzaron a acercarse cada vez a nuestra propuesta y así se fueron sumando y fueron sumando a otros, en la semana participaban de los talleres y los sábados presentaban sus propios títeres en las funciones de la plaza, aprendían ahí mismo a mover los hilos y las varillas. La idea básica de fondo era poder dar una mano para que los chicos se incorporaran a una propuesta laboral. Por eso, cuando vimos que las presentaciones gustaban decidimos organizar más el trabajo y empezamos a fabricar mayor cantidad de muñecos y formamos La Musaranga grande y la kermés”, relata Pedro. El primer taller formal de esta Compañía de Autómatas fue el patio de la casa materna de Pedro. Su mamá, la señora Mabel, junto a una vecina que cosía trajes de novia, fue la que los ayudó en aquellos tiempos iniciales donde hubo que vestir y dar vida a las maderas, los corchos y las latas que con pintura de brillantes colores se convertirían en hinchas, jinetes, bailarinas, músicos y deportistas. “Empezamos a fabricar los muñecos con estos materiales porque eran los que teníamos al alcance. No podíamos hacer una función y que la recaudación se fuera en la compra de materiales. La idea era que todos los que trabajaran se llevaran algo a su casa, entonces, los costos de fabricación debían ser bajos, porque tampoco es que se ganaba ni se gana tanto”, cuenta Pedro consultado sobre el por qué de los materiales, cotidianos, simples, a veces hasta de desecho, con que fabrican cada integrante de sus espectáculos. Pero también en el origen de esa decisión está, otra vez, la mano de los chicos. “Un día, caminando por el barrio una nena del grupo que entonces tenía unos 8 años, la Chucho, vio la coraza de un termo tirado a un costado y lo levantó y nos dijo: ‘Miren, esto parece una cara, una nariz – por la manija del termo -, si le ponemos unos clavitos parecen ojos y si a los costados le agregamos unos alambres hasta parece que se mueve’. Y nos convenció, y llevamos la idea al resto del grupo y también gustó y así arrancamos y así seguimos. Acá no hay nada demasiado pensado de antemano, hay mucho del día a día, de la decisión en equipo y del trabajo en conjunto”, enfatiza Pedro, quien, no obstante, aclara: “De todos modos, esto no es nuevo. Con estos mismos elementos, ya en el ´30 y en el ´40, trabajaban en toda América Latina los llamados jugueteros populares. Esto es parte de una larga tradición. El elemento diferencial hoy es que en estos tiempos muchos de estos instrumentos han salido de circulación o en todo caso pertenecen a sectores muy específicos, por eso para nosotros, al trabajar en el barrio es muy importante poder representarlo. La idea es siempre trabajar para el barrio y en el barrio y no ‘llevar cultura a los barrios’, como si se tratara de algo externo, como si en los barrios no existieran producciones y formas de hacer propias”. Quince años
después de los primeros pasos, la Compañía Nacional
de Autómatas La Musaranga está integrada por adultos, jóvenes
–los que alguna vez fueron esos primeros niños en participar
del proyecto-, adolescentes y chicos, muchos chicos. “Somos más
de treinta, diez en el taller y otro montón en el barrio y en el
merendero, y sumamos tres generaciones casi”, señala orgulloso
Héctor, uno de los mellizos que junto a Pedro, Marcelo y Cristian,
entre otros, se reúnen cada mañana de lunes, miércoles
y viernes en la Escuela de Artes y Oficios ‘Avelino Sosa’
donde hoy La Musaranga fabrica sus tradicionales muñecos. “Esto
para mí es trabajo. Pero también es más. Yo el día
que me muera quiero que me pongan en mi cajón diez de estos títeres
porque los hice yo con todas mis ganas”, enfatiza Héctor.
Para Pedro, lo que explica esta pasión por la Compañía
y por la pertenencia es que el trabajo se hace en cooperativa. “Este
proyecto es un intento de que el arte popular sea verdaderamente popular,
con todos los matices y variantes que eso significa. Es un arte que se
nutre del trabajo de muchas manos, no se trata de ser el mejor pintor
o el más destacado titiritero. Se trata de una suma de voluntades.
Estos muñecos, cada uno, son fruto del trabajo de muchos: uno puso
la lata, otro el corcho, otro la pintura, es bien compleja la cosa en
realidad. Uno lo que hace es poner las manos y el mayor corazón
y así se suma de la mejor manera”. Y al contar,
este hombre de unos cuarenta años que egresó de una escuela
técnica y que, dice, nunca tuvo vocación de artista, abre
el sueño de otros que lo abrazan pintando latas y cortando maderas
para dar vida a otra marioneta. Y así, haciendo, se reúnen
todos en ese gesto cómplice, casi sobreentendido, que dice el diccionario
del lunfardo rioplatense que significa ‘musaranga’. Y curiosamente,
también desde afuera, entre hilos, carromatos y pinturas, el gesto
llega y se completa en la risa de los pibes que asisten a la función. |
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