Reflexiones / Pedagogía musical

La música hace escuela


Propiciar la realización de actividades creativas para una educación integral es una realidad, y una necesidad, indiscutible. Las actividades artísticas son formas de la expresión que al estimularse permiten a los niños desarrollar capacidades intelectuales, cognitivas, motrices y sensibles. La música, así como las artes plásticas, dramáticas y audiovisuales, ocupa por esto un lugar fundamental en la educación, formal y no formal, de los niños.

Así como el concepto mismo de infancia, y el modo de entender la educación de los niños, también el campo de la formación musical contempló importantes transformaciones durante el siglo XX. Con el desarrollo de trabajos como los realizados por Orff, Dalcroze, Kodaly, Willems y Suzuki, entre otros importantes maestros, la pedagogía musical moderna se presenta como un espacio de educación integral que contempla las relaciones entre la música y los niños al tiempo que entre éstos y su entorno.
Lejos de la pretensión de formar artistas y de la disciplina intransigente que desdibuja el placer por el arte, considerando que la música puede aprenderse y desarrollarse, se abre así un espacio para el fomento de la creatividad, reconociendo la importancia de toda expresión artística para el desarrollo de todas las inteligencias -intelectuales, sensoriomotrices y emocionales- de los niños.

Melodías para crecer
Frente a la rígida y tradicional instrucción musical, la educación musical destaca el carácter humano de la música y su rol de facilitadora para el desarrollo de la creatividad. “Utilizamos a la música como un recurso pedagógico para el crecimiento, para el desarrollo de inteligencias específicas, de sensibilidad artística y de habilidades motrices en los niños”, explica el profesor Gabriel Pérsico, licenciado en educación musical, docente del Conservatorio Nacional y director de su propio estudio.
En la misma línea, el licenciado Ariel Rozen, director de la escuela de formación musical Coral señala: “Entender la música como una forma de expresión es entenderla como un lenguaje que al desarrollarse permite expresar emociones, sentimientos, sensaciones, esto significa que la música no es un don adquirido sino algo que va desarrollándose. La audición, la voz y el sentido rítmico se desarrollan, no se heredan”.

Iniciación musical
Si aprender música es un proceso que se desarrolla, que va in crescendo en el tiempo, ¿cómo y cuándo comienza, o en tal caso, cuándo debe hacérselo?
“La música se aprende al tiempo que se siente. Esto implica un trabajo gradual. Por supuesto, es interesante que se comience a cultivar desde muy chiquito, es lo más aconsejable. En realidad, todo lo que podamos ir estimulando en los niños suma, es muy importante que desde muy chico se le empiecen a ofrecer al niño, en lo que a música se refiere, todas las posibilidades, y cuando digo todas me refiero a todas las músicas, melodías y géneros, no hay música culta, inculta, popular. La música, toda, es estímulo y descubrimiento”, enfatiza Rozen.
Para Pérsico: “Hay y no hay una edad para comenzar. Hay gente que trabaja con madres embarazadas, gente que trabaja con bebés, chicos que comienzan desde el año y medio y metodologías que se estudian de más grande, todo depende de la postura frente a la enseñanza de la música, del lugar de formación y de los padres también. Lo que importa es el desarrollo de la persona armónicamente, en su totalidad, y el aprendizaje de música y de instrumentos sirve para esto siempre”.

Metodología y placer
Una amplia gama de prácticas se cruzan en la enseñanza y el aprendizaje de la música, ¿existe una metodología más acertada que otra?
Para Pepa Vivanco -pedagoga musical, capacitadora de docentes, autora de varios libros sobre el tema-: “¿Cómo se aprende música, cuál es EL método?, es algo que me replanteo constantemente para evitar sostener verdades absolutas que se desploman ante el primer conflicto generacional, de sectores sociales distintos, de gustos y éticas diversas. Hay métodos acertados para informar y producir buenos consumidores de arte, otros para entrenar reproductores de música y conservadores de costumbres, otros para que la persona se adueñe de los recursos musicales y logre expresarse. Yo me inclino por este último objetivo. Creo que el arte es un bien de la humanidad para estar mejor como personas: cantar con otros me permite integrarme, tener fuerza, sentir pertenencia; tocar una nostálgica melodía, ayer, me permitió conectarme con una tristeza que las palabras no se animaban a nombrar, o divertirme y soltar la alegría que la vergüenza no me deja a veces mostrar. Entonces rechazo, casi diría denuncio, los ámbitos -que a veces por desgracia son los conservatorios- donde el que estudia tiene cada vez más miedo de tocar”.
Para Rozen: “Es bueno que el alumno empiece a tocar desde la primera clase. Al principio será seguramente algo básico que se irá volviendo más complejo con el correr del tiempo. Los elementos teóricos irán apareciendo en la medida que se vayan necesitando. Fundamentalmente es todo una cuestión del hacer, de estar sobre el instrumento, tener contacto es la única forma, la teoría debe advenir sobre la práctica, no al revés”. También para Vivanco: “Es importante que el que estudia haga música desde la primera clase, disfrutando. Un chico activo y participativo aprende mucho más rápido la lectura musical, a tocar un violín o batería”.

Alternativa para la vida
La educación musical propicia el desarrollo psicofísico de los niños al tiempo que habilita el encuentro con el otro a través del fomento de la expresión y, en tiempos de la inmediatez, presenta un desafío muy particular, el del esfuerzo cotidiano y gradual para ir más allá de las propias limitaciones en la búsqueda de un camino propio. En palabras de Pérsico: “La música y el aprendizaje de cualquier instrumento plantea a toda persona el trabajo, primero, con uno mismo, y ese es un trabajo que exige esfuerzo; para tener un logro tenés que probar, trabajar con el instrumento, varias veces, no es cut and paste, no es apretar un botón. Compromiso y esfuerzo de trabajo con uno mismo es lo que exige el aprendizaje de la música, y eso es difícil pero justamente por eso es importante hacerlo porque los chicos se enfrentan con un aprendizaje que genera otras inteligencias y desafíos que, además, no son el signo de estos tiempos” Producción Periodística: M. R.

Un método natural
Figura del movimiento que renovó la escena de la educación musical en el siglo XX, el maestro y violinista japonés Shinichi Suzuki es el creador de un muy particular método de enseñanza musical. El método Suzuki, también conocido como método de la lengua materna o de educación del talento, fue desarrollado en Japón y se expandió rápidamente hacia Occidente, hoy es ampliamente utilizado en la enseñaza musical en Estados Unidos y se difunde cada vez más en América Latina.
Impactado por la naturalidad con que se aprende la lengua materna, sea esta japonesa, inglesa o cualquier otra, reconociendo la complejidad y sofisticación que implica el aprendizaje del lenguaje y cómo es posible, aún así, que se lo haga a muy temprana edad, Suzuki, consideró que del mismo modo que un niño puede aprender su lengua materna, a través de los sentidos, siendo estos estimulados, también puede aprenderse música, en tanto se lo provea de condiciones adecuadas, se lo estimule adecuadamente. “El medio ambiente debe estimular y cultivar el interés musical del niño, tal como durante sus primeros años, cuando adquirió el habla, se lo estimuló precisamente para que aprendiera a hablar. De lo que se trata es de capitalizar esa habilidad natural de las personas por la que a muy temprana edad pueden discriminarse e imitarse los sonidos del ambiente, porque cuando uno aprende a hablar lo que hace es imitar lo que escucha en su entorno. Escuchar es la clave”, explica Sabrina Abalo, profesora de piano Suzuki, quien sobre los principios de este método señala: “Los niños tienen que escuchar en su cotidianeidad, repetidamente, mientras juegan e incluso cuando duermen, música de grandes maestros, familiarizarse con una obra en particular, por ejemplo Mozart o Beethoven; debe facilitarse que el pequeño absorba el repertorio Suzuki que va a estudiar poniendo esa música en casa, en el auto, etc. Dejar que el niño desde pequeño aprenda absorbiendo, imitando, desarrollando su oído y el uso del cuerpo. Sin dar explicaciones, el ejemplo práctico es lo mejor. A todos los niños les encanta la música y todos pueden aprender a tocar muy bien un instrumento, pero esto depende del ambiente musical que se le organice y ofrezca, y de la constante de los papás en llevarlos a las clases, tocar con ellos y seguir una rutina de práctica en casa”.
Más info: www.pianosuzuki.com

¿A dónde va Vicente?
por María Teresa Corral*

La música es un bien, una especie de bendición que nos conecta con zonas muy íntimas de nuestro ser; facilita la comunicación y hace posible que compartamos espontáneamente alegrías, rebeldías, afectos. En un constante juego de ida y vuelta intenso y diverso, la música nace de nuestra legítima necesidad de movimiento; se nutre de los ritmos de nuestro cuerpo; de las luces y sombras de nuestras emociones y vuelve a nosotros a través de múltiples manifestaciones y protagonistas: las canciones de cuna, las rondas infantiles, los cantos de trabajo, las danzas tribales, la música folclórica, los bailes populares y cortesanos, la música de cámara, la música religiosa, la música sinfónica, la opera, la comedia musical, los trovadores, los payadores, los cantautores, en fin, una lista interminable de actores y un repertorio tan vasto y maravilloso como inabarcable por su magnitud.
Sin embargo, actualmente, el culto a los ídolos (cantantes, bandas, etc.) y la compulsiva difusión de “temas“ y artistas que suben y bajan del “ranking“ con asombrosa rapidez, anestesia la capacidad de selección de chicos y grandes, sean estos maestros, madres, padres o jardineras. Salvo excepciones, estamos dejando de ser protagonistas de nuestra vida para transformarnos en meros consumidores. Los protagonistas siempre son otros y pocos. Como dice la canción tradicional: “¿A dónde va Vicente? a donde va la gente...”
Pues pidámosle a Vicente que no se pierda en la multitud. Pidámosle que no compre ese CD que le quieren vender para hacer dormir al bebé. Pidámosle que sea él quien le cante a su niño y que lo haga sin apuro (escuchando su latido y su respiración) para captar el ritmo justo que lo conecte con su hijo y le permita dibujar esa huella imborrable e intransferible que lo protegerá, tal vez, entre otros absurdos de la aplastante inclemencia del “ranking”.

*María Teresa Corral es compositora, educadora musical, comunicadora, cofundadora de Momusi (Movimiento de Música para Niños); su discografía incluye los títulos: Vamos a inventar canciones / El rondó de la gallina / Sin permiso sale el sol / Estás creciendo / Y Mambrú ? / La murga y el picaflor / La gata peluda / El jardín de la mariposa.

Para seguir leyendo:
Willems, Edgar. La preparación musical de los más pequeños. Eudeba, Bs As (1976).
Willems, Edgar. El valor humano de la educación musical. Paidos. Barcelona (1994).
Vivanco, Pepa. Exploremos el sonido. Ricordi Americana, Bs As (1986).

Más info:

Estudio Gabriel Pérsico. estudiogp@sion.com 4786-2075
Escuela de Formación Musical de Ariel Rozen. www.efmcoral.com.ar 4783-2608

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Revista Planetario, la guía de los chicos