Agenda


Hoy, Miércoles 24 de Abril

ver día completo

Separador

01-05-2011 |

Cultura - Madres y Padres

Arte para abrir horizontes

Hay infancias difíciles. Y hay personas que entienden que el arte es un lenguaje no sólo para nombrar una realidad -que muchos quieren ocultar- sino también para transformarla. La Casa de la Cultura de la Calle trabaja con chicos en situación de riesgo, creando y recreando nuevos horizontes. Porque los chicos tienen mucho para decir, y es necesario escucharlos.

Comentar

Por Fernanda Martell



“La cultura de la calle es diversa, inquieta, fugaz, se diluye rápidamente. Es muy intensa, caótica, violenta. Muy amorosa y solidaria también, extremadamente sensible. Muy extremista por momentos, es un sistema de sobrevivientes. El asunto es cómo nombrar toda esa cultura para que sea menos ‘sobreviviente’ cada día.”

Con esta definición, Nadina Fushimi resume una experiencia de siete años como parte de la Casa de la Cultura de la Calle, una asociación civil que desarrolla talleres artísticos dirigidos a niños y adolescentes que se encuentran en Hogares, en Institutos de Régimen Cerrado (ex Institutos de Menores) o en situación de calle. Fue -junto a Marina Kamien- la primera docente en integrarse al proyecto ideado por Gastón Pauls y Francisca Hollmann en el año 2004.

“Gastón (Pauls) hacía en ese momento el programa Ser urbano y estaba en contacto permanente con chicos en situación de calle o con historias complicadas, y lo que aparecía en el diálogo con más fuerza era la necesidad de tener un lugar para expresarse. A partir de esto, tuvo la necesidad de armar un proyecto donde se pensaran y diseñaran talleres de distintas expresiones artísticas, y acercar el arte a lugares donde éste habitualmente no llega”, relata Nadina, hoy coordinadora artística de la Casa de la Cultura de la Calle.

Porque el arte puede ser pensado como medio de expresión y, también, como una vía de inclusión social. ¿Cómo? Comunicando, haciendo visible lo que se mantiene oculto bajo la indiferencia generalizada y que sólo aflora por medio de la violencia y del rechazo. “Hay muchas cosas de las que todavía hace falta sentarse a conversar largo y tendido”, sostiene Nadina. “Los chicos no eligen el destino que están viviendo. Son muy pocos los que logran tener la lucidez de decir: yo me aparto de la droga, o de esta familia que me pega o que está abusando de mí, yo me escapo de esa situación. Y a veces, al escaparse, entra en otras zonas de riesgo, como estar en la calle. En tanto todos nosotros, como parte de esta sociedad, podamos empezar a hablar más de estos temas va a existir otro tipo de mentalidad para la inclusión”.


Ampliar el campo de lo posible

El primer taller se realizó en el año 2005 en el Hogar Buenos Aires. “Al principio fue shockeante”, reconoce Nadina. “Porque estamos hablando de chicos que vienen de situaciones difíciles. Entonces, se convirtió en un lugar muy complejo para iniciar un taller artístico, donde se desplegaba el cuerpo, la palabra y la acción de una manera muy caótica y violenta”.

Al cabo de tres meses, sintieron que no podían continuar sin ayuda. Así se incorporó Solana Orlando como asesora terapéutica, quien desde entonces trabaja con los docentes buscando herramientas que les permitan trabajar con los chicos, manteniendo el foco en lo artístico. “Lo nuestro no es terapéutico, aunque no negamos que los talleres son un vehículo excelente para que afloren comentarios, recuerdos y situaciones que a veces en otros ámbitos, que están preparados para que eso suceda, no aparecen”, explica Nadina.

Los primeros talleres fueron de teatro e incluían expresión corporal y plástica, confección de máscaras, vestuario, realización escenográfica, en suma, la creación conjunta de una obra de teatro. En las primeras obras se repite un mismo imaginario: los superpoderosos, los maléficos y aquel que es víctima de algún hecho feo que es rescatado y salvado. Infaltables, también, las representaciones relacionadas a los ‘pibes chorros'. “Hay cosas que para los chicos van a estar, no podés negar todo lo que les pasó”, reflexiona Margarita Hollmann. “Pero queremos ampliar el campo de lo posible. Y es un trabajo arduo”.

Margarita es hermana de Francisca Hollmann –directora de la Casa de la Cultura de la Calle-, define su rol como “multi-función” y asegura que no dudó ni un instante a la hora de sumarse al proyecto cuando éste empezó a crecer. Hoy son 13 los docentes (entre los que se cuenta un ex-alumno, quien descubrió su pasión por el teatro durante su paso por los talleres), a los que se suman la asesoría pedagógica de Orlando y el trabajo estadístico de un equipo de sociólogas.

Cada taller está encabezado por dos docentes con formación artística diferente (en teatro, audiovisual, fotografía, plástica, movimiento, danza, música), lo que permite probar distintas disciplinas a través de proyectos cortos que, a lo largo de todo un año,  permiten sondear dónde está puesto el interés en cada chico y en el grupo en general. “Es una permanente planificación y un permanente cambio de planes”, cuenta Nadina.

Se trabaja con grupos reducidos de chicos de entre 6 y 18 años. La participación es espontánea, aunque suele suceder que algunas instituciones le den un carácter de obligatoriedad al comienzo para que los chicos se animen y realmente prueben la experiencia. “Para empezar, no es fácil dar un taller de ningún tipo dentro de un Hogar”, explica Nadina. La primera reacción de los chicos es el rechazo: “Somos completos desconocidos. El vínculo se fortalece con el tiempo, cuando ellos empiezan a notar que volvemos semana a semana. Sólo de ese modo”.


Lo fugaz y lo trascendente

Hace 3 años la Casa de la Cultura de la Calle desembarcó en el CAINA (Centro de Atención Integral a la Niñez y Adolescencia) al que asisten chicos en situación de calle. Allí, cubren transitoriamente sus necesidades de alimentación e higiene y pueden realizar diversas tareas, entre ellas participar en los talleres artísticos. En este caso, la dinámica cambia por completo, con un alumnado que se renueva constantemente. De acuerdo a las estadísticas, por año cada chico ha participado al menos en tres ocasiones del taller. “Lo que hacemos son propuestas en las que los chicos pueden entrar y salir, terminar su trabajo, probar de hacer otro, pero que comienza y termina en el día”, cuenta Nadina.

Un caso similar se da en los Institutos de Régimen Cerrado, en los que los chicos permanecen poco tiempo, aguardando la decisión judicial acerca del rumbo que tomará su vida y, “en ese tránsito está el taller. Es complicado construir una identidad con esas dinámicas. Pero es con lo que estamos a diario”.

Las crisis son frecuentes. Según Nadina, “cuando los chicos están cansados o distraídos por otras problemáticas, el taller está sumergido en un fracaso rotundo. Pero de pronto pensamos en otras propuestas y resurge el taller, como el ave fénix, y aparecen nuevos intereses, nuevos encantos y momentos mágicos también, que son muy fugaces. Entonces, generar recuerdos lindos en estos contextos, ese es uno de los mayores logros: que los chicos recuerden un pasaje por el arte de la mano de adultos que amamos el arte. Y ojalá que eso les prenda.”


El arte como alternativa

A lo largo de estos años, la Casa de la Cultura de la Calle ha logrado con el arte una alternativa a la violencia que es, de alguna manera, “esa imposibilidad de hablar, de expresar, el no poder conceptualizar”. Salirse del modelo víctima-victimario, nombrar la realidad para poder pensarla, redefinir la situación “requiere de un acto creativo”.

Experiencias teatrales, plásticas, fotográficas y musicales traspasaron los muros de “la casa” y se presentaron en distintos espacios, para toda la comunidad. La muestra fotográfica Cielos, en 2008 se exhibió en el Centro Cultural Borges, la obra teatral Treinta al cuarto se presentó el año pasado en El Portón de Sánchez y el disco Canciones de cuna salió recientemente a la venta (ver recuadro).

“Al elegir un espacio para una muestra tratamos de que sea en un lugar totalmente diferente al que están acostumbrados. Para que la obra esté en contacto con personas que no sepan de ellos, ni de sus historias personales, que los puedan mirar como artistas”, detalla Nadina. “Que no se trate de esa cosa lastimosa de ‘los chicos de la calle hacen esto’, que antepone esa condición al hecho artístico. No se trata de negar la identidad ni el recorrido del chico, pero no nos queremos agarrar sólo de eso, ni reproducir el estigma”, añade Margarita. La invitación es, entonces, a asistir a una muestra fotográfica o a una obra de teatro por su propio valor artístico. Darles a los chicos una oportunidad de inclusión verdadera.

Algunos de los participantes de los talleres descubrieron una vocación artística, una pasión por el teatro o por la danza. “Para los chicos que tienen el interés y el deseo, siempre vamos a tratar de encontrar algo más para que sigan creciendo”, explica Nadina. Para ellos, intentan conseguir becas para que continúen sus estudios fuera del espacio de la Casa de la Cultura de la Calle. “Ya los hemos abrazado un tiempo, ¿por qué no lanzarlos a que sean libres en nuevos lugares y que lo compartan con otros chicos que son tan iguales y tan distintos a ellos? Yo creo que eso es parte también de la inclusión social de la que hablamos, estar todos integrados sin preguntar tanto de dónde venís ni a qué te dedicás y compartir una tarea artística afín”.

Cada año, unos 400 chicos participan de las actividades, entre los que se encuentran en Hogares, en Institutos de Régimen Cerrado y en situación de calle. En 2011 calculan que serán menos ya que, dificultades de financiamiento mediante, redujeron sus actividades a cuatro talleres para chicos en situación de calle, dos en un comedor de Pacheco y uno en un Hogar de la ciudad de Buenos Aires. Por otra parte, están a punto de comenzar con Jornadas de Arte y Cultura en las provincias de Chaco, Entre Ríos, Neuquén y Buenos Aires.

El año pasado la Casa de la Cultura de la Calle y Red Solidaria llevaron adelante el proyecto Arte en Red, un espacio integrado por asociaciones civiles, grupos, artistas, movimientos sociales de todo el país que trabajan con niños y adolescentes en la inclusión social a través del arte. “Trabajo que hace mucha gente y que a veces es muy solitario, así que está bueno estar conectados”, explica Margarita.

El lema que los moviliza es llevar arte para todos, más allá de la condición social, económica y familiar. “A través de la risa y del juego, trabajamos sobre la premisa de que aportar nuevos lenguajes para nombrar la realidad, ayuda a su transformación”, afirman. Escuchar esas otras voces, contemplar esas otras miradas, acorta un poco las distancias. “Desde acá estamos trabajando para que la brecha no sea tan grande. Ojalá seamos cada vez más los que nos animemos a pensar diferente”, concluye Nadina.

+ info: 4787-3352 / www.cculturadelacalle.org.ar / www.arteenred.org.ar


Arrorró mi niño

Canciones de Cuna es la más reciente producción de la Casa de la Cultura de la Calle. Un CD con canciones compuestas por chicos de 7 a 21 años, interpretadas por Ricardo Mollo, Hugo Fattoruso, Luis Alberto Spinetta, Pedro Aznar, Damien Rice, Vitor Ramil, Ulises Butron, Hilda Lizarazu, Kevin Johansen, Fernando Cabrera, Lisandro Aristimuño, Lito Nebbia, Luka Bloom, Fito Páez, Miguel Cantilo, Gonzalo Aloras y Germán Daffunchio, con producción artística de Nicolás Pauls.

Un tema especialmente complicado de trabajar con chicos que se encuentran en Hogares. “Al principio, hubo una enorme resistencia de parte de los docentes -teníamos mucho temor de abordarlo- y también de los chicos”, relata Nadina Fushimi. “Era meter el dedo en la llaga, porque a estos chicos tal vez nunca les cantaron una canción de cuna y lo que afloraba era caótico”, agrega Margarita Hollmann.

Finalmente, abordaron el proyecto “desde un lugar más espontáneo, diciendo: si tuvieras que cantarle una canción a tu propio compañero del hogar, que es más chiquito que vos, y está lleno de berrinches y no se duerme, qué le dirías. O si algún día tuvieras un hijo, qué te gustaría cantarle. O qué tenés para decirle a otras personas, no necesariamente niños, acerca de lo que a vos te hubiera gustado.”

El resultado fueron 150 canciones, entre las cuales cada músico convocado eligió una para musicalizar e interpretar. “Algunas letras son más dulces, otras más duras y otras más ácidas: esa es la composición de Canciones de Cuna”, define Nadina. “Es un CD muy especial, que no pierde dulzura pero también dice cosas muy verdaderas, muy duras”.

“Queríamos que cada canción estuviera a nombre del chico que la había escrito, pero no fue fácil, ya que hay chicos que están bajo tutela de un juez, quien nos tenía que dar el permiso. Costó, pero valió la pena, y cada chico tiene su canción registrada en SADAIC”, concluye Margarita.

Canciones de Cuna lleva, en poco menos de 3 meses, unas 8 mil copias vendidas y ya va por su segunda tirada. Se consigue en los supermercados Disco a $ 14,90.

Comentar

Compartir

Separador
Separador

Notas relacionadas:

2017-03-01 | Madres y Padres

Madre a los 40

2005-07-01 | Madres y Padres

Hermano a la vista

2006-06-01 | Madres y Padres

Únicos en la crianza

Separador
 
Separador
Separador

© Copyright 2019 Planetario Producciones SRL | Todos los derechos reservados