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01-03-2006 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Artista del aire

Referente indiscutido del nuevo circo, Gerardo Hochman fue artista callejero, fundó la primera escuela de circo no tradicional en la Argentina y una compañía que una docena de años después de su primer espectáculo sigue sorprendiendo, divirtiendo y emocionando.

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Por Marisa Rojas


A poco más de una década de haber fundado la primera de las escuelas del hoy llamado nuevo circo, ¿qué recuerdos tenés de aquellos primeros años?

Creo que el comienzo fue algo muy intuitivo. Yo me había formado como actor, como mimo, y vivía como artista una época de mucha ebullición; de alguna manera creo que ese comienzo y todo lo que vino después fue el resultado, la síntesis, de las formaciones que había desarrollado. Tampoco tenía referentes, era una época muy especial para el arte callejero y las técnicas de expresión no convencionales pero no fue que ví algo y me sentí identificado, para nada. Después, afuera, tuve conocimiento de algunas cosas similares, pero no antes de empezar. Cuando en el ´93 hicimos el primer espectáculo que se llamó Emociones simples creo que fue un poco sin darme cuenta. Insisto, tuve la suerte de que las diferentes disciplinas en que me formé se sintetizaron en mí como para permitirme acceder a un lenguaje propio como artista.

¿Un lenguaje propio que elegiste construir porque te permitió contar lo que no te posibilitaban otros?

Siento que encontré un lenguaje que se presta muy bien para trasmitir emociones, para hablar de la esencia de las relaciones humanas, para comunicar una emoción y al mismo tiempo despertar otra en quien está frente a vos. Creo que de eso se trata. Muchas veces, cuando presentaba los espectáculos y contaba de qué hablábamos en las distintas producciones, me preguntaban desde cuándo se le exigía a un espectáculo de circo que tratara de algo. Pues bien, yo creo que desde que algunos empezamos a hacer que esos espectáculos se traten de algunas cosas, porque eso es lo que permite este lenguaje que construimos. Eso, sumado a que elegimos trabajar con y sobre cosas simples. Es decir, no hacemos espectáculos intelectuales, eso nos ha permitido también que se disfruten nuestros espectáculos en lugares con otros idiomas y con otras culturas.

Como representante de la renovación del circo, ¿Atravesaste tensiones con los exponentes del circo tradicional?

No, para nada, nunca. Hay lugar para todos. Además, andar este camino no representó para mí una ruptura con algo anterior. No hubo ningún ánimo de ruptura con el circo tradicional porque la verdad es que no era algo que yo había hecho. Mi única relación con el circo convencional ha sido como espectador, mi papá me llevaba a ver al Circo de Moscú desde chico. Además, antes en La Trup y ahora en La Arena, la materia prima de los espectáculos no es tan diferente de la del circo tradicional, de hecho, es la misma: acrobacia, equilibrio, malabarismo, trabajos en el aire... La diferencia ancla en cómo enseñamos esas técnicas, la pedagogía de nuestra escuela es distinta.

Hablemos de tu trabajo como docente entonces: ¿cómo surge La Arena escuela y cómo se da tu acercamiento a la enseñanza?

En el origen de todo eso está mi maestro de acrobacia que es Osvaldo Bermúdez, él me tomó como discípulo y me enseñó a enseñar. Fue un trabajo de mucha lectura, de bastante investigación y de análisis de material, no exactamente pedagógico sino más bien filosófico en cuanto a la visión del cuerpo, del espacio, de la energía, del uso de la fuerza y de la tensión. Ese proceso de aprender a enseñar incluyó presenciar sus clases, compartir con él la reflexión de cada jornada de trabajo, incluso reemplazarlo y hasta que él me observara a mí dando clases. Tuve mucha suerte de que sucediera eso. Igual, más allá de trasmitirme conocimiento lo más importante fue que me despertó la pasión por enseñar, aún cuando había en mí una intención docente previa porque algo como docente ya había hecho. El punto donde esa pasión y esa intención se unen es a mi regreso de la Escuela Nacional de Circo de Cuba donde estudié, becado, y pude así completar mi formación como artista de circo. A la vuelta de ese viaje sentí que era el momento donde tenía el poder de conducir el proceso de aprendizaje de otros y fue así como se inició la cosa, el proyecto, para crear un espacio que se llamó, se llama formalmente escuela pero que no es nada más que un espacio para crear.

Históricamente, rodea al circo y a la enseñanza de las técnicas circenses un aire de misterio, de secreto y hay mucho de herencia familiar, también, muchas historias de padres transmitiendo sus conocimientos a sus hijos, ¿cómo es el proceso de enseñanza del nuevo circo?

Bueno, hace falta un espacio adecuado y materiales adecuados para poder enseñar y para poder aprender, pero especialmente hace falta pasión. En la escuela trabajamos con chicos desde los cuatro años pero también con adultos que nunca antes había tenido una experiencia similar. Lo que aúna a todos es el deseo de empezar, y eso es fundamental. Te cuento esto porque hay muchas historias, mitos, sobre que si no empezás a una edad ya luego no podés, porque si no te animás de chico, de grande menos. Pero no es así. Lo mismo pasa con los cuerpos. Claro que hay algo de la historia física de uno que ya viene marcado, pero lo cierto es que también hay gente que empieza de grande, sin ninguna base, y desarrolla el proceso muy bien. Lo importante es la pasión, las ganas y además un gran sentido de grupo, de poder relajarse y confiar en el otro. Puede haber, y hay, cuerpos muy preparados, muy entrenados, muy especializados en todas las técnicas de circo, en danza, en teatro, pero es imprescindible arriesgarse y confiar al mismo tiempo en uno mismo y en el otro, ese otro que te va a atajar, que te va a recibir. Para poder moverse a través del espacio es necesario establecer lazos de complicidad con los otros.

Mencionaste que en La Arena se entrenan en técnicas de circo chicos desde los cuatro años, ¿cuál es el motivo por el que vos considerás que a los niños, desde tan pequeños, los atrae el circo, el trapecio, las cuerdas?

El trabajo con el cuerpo, los entrenamientos, los saltos, las volteretas, las cuerdas, los aros, todo eso es un mundo y una actividad muy divertida, es como un gran juego con un montón de desafíos, y eso a los chicos les gusta. Prueban y se prueban. Además, la infancia es un tiempo de desafíos, de pruebas, de medir límites… y bueno, acá se trata de los propios límites, de los propios miedos, de atravesarlos, de ir más allá, y el hecho de que sea un lugar de encuentro, de grupos, de amistad, de poder encontrar compañeros también es importante para los chicos.

Esta cuestión del encuentro entre pares, de la complicidad, de la alegría compartida, se vivencia muy fuertemente en tus espectáculos, ¿es parte de los objetivos de la compañía generar ese clima de fiesta que incluye también al público?

Como director, trato personalmente que se trasmita una energía muy grupal, muy de interdependencia del grupo todo. Más allá de que los temas que abordamos fueron mutando y con el tiempo pusimos la mirada sobre diversas cuestiones, en todos los espectáculos hemos mantenido en pie ese espíritu de grupo, por eso no hay protagonistas, no hay estrellas ni un acróbata que sobresalga sobre otro en nuestros shows. En La Arena todos somos necesarios, trabajamos bajo ese precepto y eso mismo queremos transmitir al público, los diferentes roles son importantes, las diferentes bellezas son importantes, la tensión entre la fuerza, el equilibrio y la fragilidad es importante. De ese modo podemos construir las sensaciones que queremos compartir con los espectadores, lo que hemos venido haciendo todos estos años.


Hay Arena en el aire

A comienzos del 2006, la compañía que fundó y dirige Gerardo Hochman, La Arena, presentó su más nueva creación: Sanos & Salvos. Un espectáculo de circo, de nuevo circo, de ese circo de ciudad donde teatro, acrobacia, danza y música hacen de una vieja aceitera un mundo pleno de ilusión. “El espectáculo es una sucesión de divertidas, furiosas y emocionantes situaciones donde intervienen diez acróbatas y cinco músicos que dan vida a personajes muy diversos que se unen porque todos, desde algún punto de vista, se salvaron, se exorcizaron, están sanos. Por primera vez, la música del show se toca en vivo, en escena, pero además de tocar, los músicos juegan con los acróbatas, y así todos son parte de esta cosa tan potente que es Sanos...”, explica Hochman. También el espacio, y la arquitectura misma del lugar, cumplen un rol muy especial en este espectáculo: “Cuando nos propusieron abrir la temporada de la Ciudad Cultural Konex nos gustó mucho la idea, a mí me gustan mucho los espacios no tradicionales para montar espectáculos. La Ciudad por ejemplo la tomamos vacía y trabajamos mucho investigando cómo tenía que verse el escenario, como rendía más, cómo emocionaba más, cómo resultaba también lo más democrático posible para que todos los espectadores tuvieran un buen punto de vista. Además, fue muy rico tener la posibilidad de agujerear el piso, colgar cosas del techo..., de repente el suelo es un cielo y ese cielo tiene un subsuelo. Bueno, eso permite muchas sorpresas”, enfatiza el director de la compañía que, conciente de la tradición que vincula circo e infancia, aclara que: “Sanos… es un espectáculo para todo público, es poético, potente, muy fuerte físicamente, tiene mucha elaboración, es el producto del trabajo de todo un año. Durante el 2005 estuvimos estudiando técnicas nuevas, dialogando con otros lenguajes, aprendimos el lenguaje de señas, estudiamos danza, hicimos un trabajo de investigación con un grupo de percusionistas, y así dimos forma a este espectáculo que cualquiera puede disfrutar porque lo que buscamos es generar emociones y para eso no hay edad”.

Sanos & Salvos. Jue. a sáb. 21 hs., dom. 20 hs. Ciudad Cultural Konex. Sarmiento 3131. 4813-1100. Ent: desde $20.



Planeta Hochman

Gerardo Hochman es actor, mimo, acróbata, director de teatro, fundador de una escuela de circo y responsable de una de las compañías de artistas locales más vanguardistas de la última década. Formado en la Escuela Municipal de Arte Dramático, estudió también en la Escuela Argentina de Mimo y, becado, tomó clases en la Escuela Nacional de Circo de Cuba. Miembro, junto a su hermano Claudio, de uno de los grupos de teatro independiente más recordados de los ´80, Caleidoscopio, renovó la escena circense a partir de La Trup y se consagró como referente del nuevo circo a partir de la fundación de la Escuela de Circo La Arena, en 1994. Desde entonces, dirige también a la compañía del mismo nombre que forman diez actores-bailarines-acróbatas-clowns que divierten, sorprenden y emocionan en las salas locales y hasta en España con propuestas como Vibra, Ronda, Fulanos y la reciente Sanos & Salvos.

 

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