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01-05-2007 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

Aventura entre letras

Con una trayectoria de casi 30 años, Ema Wolf dice que es escritora “por casualidad”. La ‘mamá’ de Maruja y de Berta, ha sido traducida a varios idiomas, editada en Latinoamérica y España y premiada hasta en Alemania. Reciente abuela, ‘la señora aventura’ charló con Planetario acerca de por qué son los libros, y no los autores, los que forman lectores.

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por Marisa Rojas


En un artículo publicado en la revista Contratapa, en 1997, usted escribió, acerca de su relación con la literatura en su infancia: “A los diez años no pensaba que la literatura podía cambiar el mundo, me estaba cambiando a mí y era suficiente, yo la dejaba hacer”. ¿Qué opina hoy al respecto?

Exactamente lo mismo. A los diez años yo no había leído a Sartre. A esa edad sos una lectora egoísta, los libros son para tu satisfacción personal. O te agregan cosas o te aburren, no entrás en consideraciones sobre su trascendencia o incidencia política. Sin embargo, aquellos libros estaban habitados por seres virtuosos, éticos hasta las últimas consecuencias, seres que se dejaban matar por lealtad, por amor, y que peleaban por restablecer alguna forma de justicia. Venían de la novela romántica, que tuvo una vertiente social fuerte. No eran libros comprometidos, pero tampoco eran ajenos a los conflictos y a las luchas. Dale a leer hoy a un chico Los horrores de la Siberia de Salgari y no te quepa duda de que algo vas a cambiar en él.

Es conocida su pasión por los libros de aventura, ¿fueron estos el primer material que leyó? ¿Cómo comienza en realidad su vínculo con la literatura como lectora?

Es una relación que empezó simple, en mi casa había libros y yo tenía tiempo para leer. Una coincidencia no muy común hoy. Además había rincones donde aislarse y escaparse de los mayores, donde nadie interfería, ni siquiera para averiguar qué estabas leyendo. Así que tuve libros, silencio, tranquilidad, tiempo y ocio. No creo que se necesite más. Pero admito que no es poco. Y sin duda, los libros de aventuras me convirtieron en lectora. Me abrieron la cabeza, inauguraron mi curiosidad. Me mostraban vidas y episodios que transcurrían en otras épocas y lugares. Por ellos conocí la historia, la geografía, y de paso, también la tan mentada diversidad. Sin saberlo empecé a mirar de un modo relativo mi propia cultura, como les pasó a los europeos cuando Marco Polo volvió con las novedades de Oriente. Y eso me parece muy importante, en este sentido digo que me educaron. Mi realidad, la religión en la que nací, mis hábitos, mis valores fueron confrontados con otros y pude calibrar mejor el mundo. Además, disfrutaba de esos espacios dilatados. ¿Cómo interesarse en los niños del asilo de Plumfield si podía ser raptada por un pirata?

¿Cuáles son sus autores y personajes favoritos? ¿Le gustaría haber creado alguno de esos personajes?

Salgari fue mi primer autor, como quien dice mi primer amor. No deseé haber creado a Sandokán. Lo creó Salgari y está bien así.

¿De qué modo, cuándo y por qué, se vincula usted con la literatura como escritora?

Nunca soñé con ser escritora. Estudié Letras porque me gustaba leer, no porque me interesara escribir. Pero trabajé como colaboradora en revistas y eso me quitó el miedo a componer textos, además me dio un buen entrenamiento de redacción. Así que cuando, por casualidad, alguien me pidió un cuento para chicos lo hice con bastante soltura -hoy le llamaría impunidad-. Escribí más, me gustaba, fui encontrando un tono propio... Y bueno, empecé a publicar sin mayores problemas. Hoy es mi profesión, pero nunca me “afinqué” en ella, siempre conserva un matiz provisorio, amateur, todavía hay algo de casualidad en todo esto. Me doy cuenta de que me convertí en profesional porque tengo muchas cosas publicadas y porque corrijo maniáticamente, pero no porque haya adquirido alguna certeza o seguridad sobre cómo hay que hacer las cosas.

¿Cuáles son los criterios de selección por los que escribe sobre uno u otro tema? ¿De dónde nacen sus personajes?

No tengo criterios. Nunca me propongo escribir sobre un tema determinado. Imagino que, de hacerlo, mi trabajo se distanciaría bastante del placer. Pensar el tema de antemano te obliga a pensar cada vez en una tesis a desarrollar. En todo caso, lo que planificás es el asunto, no el tema. Tenés que saber qué vas a contar, dónde está el conflicto, quiénes son los antagonistas. El tema no es algo previo sino algo que se desprende del relato ya terminado, y a veces ni el mismo autor lo ve. Por ejemplo, me sorprendió descubrir que el tema de Maruja era la invasión. En cuanto a los personajes, o las ideas, no sé de dónde nacen. A veces arriesgo una respuesta para no desairar a los nenes que me lo preguntan en las escuelas, porque no quiero hacerme la misteriosa, y porque, además, la pregunta es muy válida, pero finalmente también les digo que no lo sé. No sé si algún autor lo sabe. No sé si le interesa averiguarlo.

En sus historias hay una fuerte impronta humorística, ¿qué importancia tiene el humor en la literatura para chicos?

Sin duda, es algo que se disfruta. Pero se disfruta en todas las formas narrativas, en la literatura y en el YouTube, y lo disfrutan todos, a cualquier edad. No creo que tenga una importancia específica en la literatura para chicos. Al menos, yo nunca se la asigné. Los chicos, después de todo, son nada más que personas que nacieron hace poco tiempo. A mí me sale escribir así, para chicos y para grandes. El humor es una estrategia del narrar, busca un efecto, provoca. ¿Qué tiene que ver la edad del receptor?

¿Cómo (se) escribe para niños considerando que entre un autor y su pequeño lector existe más de un intermediario?

Imaginando que los intermediarios no existen. ¡Cómo podría el autor controlar la intermediación! Por otro lado, ocurre que ese adulto también es mi lector.

Sin dudas el intermediario por excelencia es la escuela, considerando esto: ¿la escuela es, sigue siendo, también, el gran filtro para la producción de literatura infantil y juvenil (LIJ)?

Sí, es el gran propagador y a la vez el gran filtro, no te olvides que es una institución, no menos vertical y conservadora que otras. Las editoriales la toman muy en cuenta a la hora de publicar porque el 70% de los libros para chicos se difunde a través de la escuela. Si quieren vender mucho, no pueden arriesgarse a escandalizar. Y los autores sabemos que ciertos tópicos, crudezas, explícitos, no pasarían. No obstante, si mirás en perspectiva, hubo muchos cambios. La producción, tarde o temprano, empuja el umbral. Te podría dar muchos ejemplos, propios y ajenos, desde la indignación de las directoras en el ‘81 porque Humi publicó la caricatura de Sarmiento hasta el reemplazo de “teta” por “pecho”, de La familia invisible, en un libro escolar, años después. Ahora da risa, pero sólo porque alguien, un día, se tomó el permiso. La producción -nadie más que ella puede hacerlo- a la larga modifica el paisaje.

La presencia del autor en la escuela es una práctica habitual, ¿por qué sucede esto? ¿Sirve? ¿Estimula la lectura en los niños la presencia del autor?


Si sirve o no, lo cierto es que nadie lo investigó. Tal vez el error sea planteárselo en términos de utilidad. ¿Le sirve a un lector hablar con el autor del libro? En rigor, no. Yo no necesitaba conocer a Salgari. No somos los autores quienes hacemos lectores, son los libros. Pero no está mal que se haga. A veces les dejás cosas no medibles en términos prácticos. También les estás mostrando este oficio desde una perspectiva más realista. Les han metido muchas estupideces en la cabeza acerca de la “magia” de la escritura, sólo por desconocimiento de cómo es este trabajo. Digámoslo: los chicos preguntan lo que pueden, no lo que quieren. Bueno, yo voy y les hablo del trabajo.

¿Por qué hay un discurso que insiste en que los chicos leen cada vez menos al mismo tiempo que se multiplican las ofertas literarias, los escritores y las producciones editoriales para niños?

Porque no es cierto que lean menos. En términos individuales, puede ser, porque tienen más ofertas, pero en términos generales no. La llegada a los libros se democratizó. Ahora son más los chicos que tienen acceso a libros -¡aunque no en la cantidad que se necesita para hacer de esos chicos buenos lectores!-. De cualquier modo, no hay cifras al respecto, ni confiables ni no confiables. No te guíes por la multiplicación de las editoriales, colecciones, títulos y autores porque esto responde a una tendencia del mercado: cantidad y diversificación. El resultado es que, comparativamente, todos venden menos ejemplares que antes.

A pesar de esta multiplicación de la producción literaria infantil y juvenil, muchos escritores y escritoras coinciden en señalar que la LIJ es escasamente valorada, ¿considera usted que, efectivamente, se trata a la LIJ como ‘un arte menor’?

Se la valora poco en parte porque se trata de textos simples, que van dirigidos a un lector que recién está adquiriendo competencia como tal; como si no pudiera haber belleza en un texto sencillo y como si ese lector no fuera una persona completa y exigente. También, porque hemos escrito muchas cosas malas para los chicos. No sólo la literatura está poco valorada, también el teatro, los programas de televisión, las canciones, la decoración y todo lo que lleva el adjetivo infantil. A mí me da lo mismo la edad que tenga mi lector. Como dije antes, también los mediadores son mis lectores. La cantidad y complejidad de la información que el texto le pide al lector determinará quién sea éste. Si un nene, el lector dominical del diario La Nación o el jurado del Premio Alfaguara. Ocupate de saber qué historia querés contar y después ves qué hacés con ella.

La escasa crítica en medios masivos es otro de los ítems que autores y analistas de la LIJ señalan actuando en contra de ésta, ¿qué opinión le merece esto?

Sí, es poca y complaciente. Debería haber más, tanto para señalar las cosas buenas de autores desconocidos como las malas de los conocidos. Pero la falta de crítica no actúa en contra de la LIJ -que se vende igual-, afecta a los mediadores, que navegan desorientados entre miles de títulos, sin elementos de juicio, y que a veces ni siquiera se atreven, como el chico del cuento de Andersen, a decir “el rey está desnudo”. Sería interesante preguntarles esto, alguna vez, a los responsables de los medios y no siempre a sus presuntas “víctimas”. Tal vez tengan razones atendibles.

Entre los mitos que rodean a la LIJ, el que sea este un mundo de mujeres, es uno de los más arraigados. ¿Es esto cierto? ¿Dónde ancla la ecuación LIJ = autora?

Tal vez porque existe la presunción, nunca explicitada, de que escribe mejor para los niños quien más cerca está de ellos y más los conoce. ¿Quién mejor, entonces, que la mujer, madre y maestra? Por supuesto que en esto late la idea de escribir como empresa educativa... Si te fijás, también hay muchos docentes en el mundo de la LIJ. También debe funcionar la presunción de que los chicos requieren cierto tipo de ternura de la que la mujer es proveedora. La historia de la LIJ desmiente esas presunciones, claro. Y en lo que hace al rol del autor, hoy y siempre, los que atrapan a los chicos son los que cuentan las mejores historias.

¿El hábito de la lectura se construye? ¿Cómo? ¿A partir de qué momento?

Sí, por supuesto que se construye. Es cultural, no innato. Se trasmite por imitación. Y no necesariamente en la infancia. Hay padres que les leen a sus hijos todas las noches. Si se vuelve una práctica burocrática, hecha a punta de buena conciencia, no sirve. Sirve si a los dos los entusiasma. Podés estar trasmitiéndole historias, pero no necesariamente interés por apropiarse de la lectura como práctica. Yo no les leí a mis hijos, no tenía paciencia, y por entonces estaba muy lejos de toda esta problemática. No me enorgullezco de eso, por supuesto. Sin embargo, se criaron en una casa con libros y nos veían leer, mucho, a su padre y a mí. La casa se incendiaba y nosotros seguíamos leyendo. Un día deben haber sospechado que adentro de los libros había algo interesante. Hoy son lectores. Y nos encanta, ya entre adultos, recomendarnos libros.



Planeta Wolf

Ema Wolf es licenciada en Lenguas y Literaturas Modernas por la Universidad de Buenos Aires, carrera que eligió por su pasión por la lectura. Nunca pensó en ser escritora pero ya en los años ´70 colaboraba para medios y revistas infantiles como Anteojito. En la década del ´80 publicó sus primeros títulos para chicos en la revista Humi y desde mediados de los ´90 es colaboradora de la revista del diario La Nación. Por la misma fecha, co-fundó la revista La Mancha, papeles de literatura infantil y juvenil. Ganadora del Primer Premio de Literatura Infantil y Juvenil otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación (2000) por su libro Historias a Fernández (Sudamericana, 1994), también ha sido distinguida por la fundación Konex con el Diploma al Mérito (2004) por su trayectoria profesional. Recibió en dos oportunidades el premio The White Ravens, otorgado por la Internationale Jugendibibliotek, Munich, Alemania, en 1990 por Maruja (Sudamericana, 1989) y en el 2003 por Libro de los prodigios (Grupo Editorial Norma, 2003); en los años 2002, 2004 y 2006 fue candidata por la Argentina al Premio Hans Christian Andersen. También fuera del campo de la LIJ, ha cosechado distinciones como el VIII Premio Alfaguara de Novela por la obra El turno del escriba, en coautoría con Graciela Montes. Entre su producción bibliográfica, que incluye trabajos traducidos al portugués, al alemán y al italiano, se cuentan títulos como: La sonada aventura de Ben Malasangüe (Torres Agüero Editor, 1987; Alfaguara Infantil, 2007), Cuento chino y otros cuentos no tan chinos (Libros del Quirquincho, 1987), Hay que enseñarle a tejer al gato (Del Quirquincho, 1991; Sudamericana, 1997), Filotea (Alfaguara Infantil, 2001); El gato de Berta tiene pocas pulgas (Alfaguara Infantil, 2006) y muchos más.

 

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