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01-09-2000 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Catalanes en Buenos Aires

El circo Raluy intenta recuperar la tradición clásica, el circo que conocieron nuestros abuelos. "No anunciamos atracciones, ni cincuenta mil artistas, ni setenta vehículos. Nuestro circo está basado en su propia magia, en la recuperación de un espectáculo desaparecido hace ya muchos años", explican sus hacedores.

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Por Ariel Saidón

 


El circo fue tradicionalmente un espectáculo de grandes magnitudes. Sus shows, basados en la demostración de destrezas, estaban dirigidos a la familia en su conjunto. Pero los adelantos tecnológicos, sobre todo a partir de la aparición del video y la televisión que llevaron el entretenimiento hacia el interior de los hogares, provocaron que el circo perdiera parte de su público. Lo mismo le sucedió a otros espectáculos, como el cine o el teatro, aunque estos últimos supieron adaptarse a la nueva situación y lograron sobrevivir.

El circo también. Los empresarios, para reducir costos, contrataron artistas de menor trayectoria y, para atraer más público, modificaron el espectáculo mezclando los números tradicionales (malabaristas, payasos, trapecistas) con personajes que remitían a la televisión. El resultado fue un espectáculo de menor calidad, dirigido casi exclusivamente al público infantil.

Al mismo tiempo empezó a surgir una nueva generación de circos que integraron recursos de otras artes, como la danza o el teatro, y modificaron la estructura de sus espectáculos. Ya no se trataba de números sueltos, unidos sólo por la voz del presentador, sino de partes de una historia o una idea que se iba contando. También hubo artistas que incorporaron las técnicas circenses dentro de otro tipo de espectáculos.

Pero hay un circo que no cambió y que, sin embargo, no perdió calidad ni esplendor. El circo Raluy intenta recuperar la tradición clásica, el circo que conocieron nuestros abuelos.

Desde el mismo momento en que uno ingresa al área que ocupa el Circo Raluy, siente como si estuviera viajando en el tiempo. Con sólo acercarse a la boletería ya se tiene una idea de lo que va a suceder. Un cartel antiguo anuncia los horarios de las funciones y los tickets se venden a través de ventanas con vidrios de distintos colores. Al igual que los demás carromatos, tiene murales que ilustran escenas circenses de antaño y está decorado con detalles en dorado.

Del otro lado, entre carromatos de madera de principios de siglo y camiones Mercedes Benz utilizados en la Segunda Guerra Mundial, los artistas hacen de acomodadores y atienden al público con trajes rojos de botones y apliques dorados. Dos músicos en vivo amenizan la espera hasta que empieza el espectáculo.

Luis y Carlos Raluy dirigen el circo desde su creación en 1984. Antes habían compartido una carpa con sus otros dos hermanos, Francis y Eduardo, y desde chicos trabajaron junto a su padre, Luis Raluy Iglesias, en distintos circos de todo el mundo. De él heredaron su pasión por el circo. La misma que fueron transmitiendo a sus hijas y ellas, a las propias. Aunque todavía no trabajen en la pista, Niedziella (de siete años), Emily (de cinco) y Kimberley ya tienen su vocación definida. "Para nosostros el circo es tradición -dice Luis, con marcado acento español- Los padres le enseñan a los hijos y así sucesivamente".

La charla empezó con una referencia a la crisis que debió atravesar el mundo del espectáculo a partir de la "invasión" de la televisión, y con una crítica a los circos que, para atraer más público, exageran la magnitud de sus números, y anuncian una gran cantidad de artistas o de animales. "Nosotros no anunciamos nada, no anunciamos atracciones, ni cincuenta mil artistas, ni setenta vehículos. Nuestro circo no está basado en eso, está basado en su propia magia, en la recuperación de un espectáculo desaparecido hace ya muchos años", explica Carlos antes de prepararse para la función.

Sucede que tanto él como su hermano tienen un lugar en la pista: Carlos es el presentador o "jefe de pista" y Luis interpreta al payaso Lluiset. Es que después de tantos años de realizar diversos números, no participar del espectáculo sería como morir en vida. "Actuamos porque nos gusta, -dice- nos sentiríamos mal si no lo hiciéramos. Sería como no ser nosotros mismos, lo hemos hecho toda la vida y lo seguiremos haciendo hasta que llegue la edad en que no podamos más…"


1ª Parte

Una vez en el interior de la carpa el color rojo del terciopelo y el dorado de la madera tallada que adorna los palcos generan un ambiente cálido que se mantendrá durante todo el espectáculo. Una tras otra se suceden las rutinas de equilibristas, malabaristas y trapecistas, intercaladas por la entrada, una y otra vez, de los payasos.

El tamaño de la pista, menor que el tradicional, y la cercanía con el público generan un clima intimista. Esta situación hizo que la crítica especializada describiera al Raluy como un "circo de cámara".

"El que lo nombró así por primera vez fue Claudio Rocamora, de la Asociación de Amigos del Circo de España. -contó después Luis- Cuando vió nuestro espectáculo no sabía cómo definirlo, hay esa intimidad, el público está cerca, la pista es más pequeña que la reglamentaria, no tenemos animales grandes… Y nos quedó ese apelativo."

Cuando se dice "circo de cámara", surge inmediatamente la comparación con las orquestas de cámara, con menor cantidad de músicos. Sin embargo el Raluy tiene en total más de veinte artistas en escena y totalizan 52 las personas que viajaron a Latinoamérica, muchos más que la mayoría de los circos de familia.


Intervalo

Luis Raluy Iglesias, era un apasionado por la construcción de los carromatos que usan como vivienda los artistas del circo y desde chico se interesó por conservarlos y restaurarlos. Esta pasión fue heredada por sus hijos que siguen coleccionando carromatos antiguos. "Todos estos carruajes pertenecían al circo español y europeo de la época. -cuenta Carlos- Pero a causa de las guerras fueron destruídos, los destruía la gente para sacar madera para calentarse. Algunos quedaron y los fuimos recuperando."

El London Bar, en Barcelona, era el lugar donde se juntaban los artistas de circo en las épocas de la guerra civil española. Allí es donde Luis Raluy Iglesias vió cumplir sus sueños, conoció a Marina Tomás Jorba, quien después fue la madre de sus hijos, y se acercó a las técnicas circenses. En homenaje a este bar, los Raluy llamaron London Bar a la caravana de 1927 que utilizan como cafetería. Con fotos en blanco y negro que ilustran la historia familiar, se transforma en el lugar ideal para tomar un café durante el intervalo.


¿El Raluy es el único circo-museo a nivel mundial?

Carlos Raluy: Hay otro similar en Alemania. Pero a los carromatos antiguos los han reconstruído. Son réplicas, con chasis de aluminio, etc. Ese circo tuvo un inicio muy glorioso, pero después se preocupó sólo por la faz económica y eso cayó muy mal a los amantes del verdadero circo.
Nosotros no queremos caer en eso. La idea es ofrecer un espectáculo donde no se entrometa nada ajeno al circo, nada que sea con el mero afán de lucro. Nuestra misión no es que el espectador salga con los bolsillos vacíos, nuestra misión es cultural. Es la divulgación de una cultura, un circo de un determinado país que en este caso es España.

¿Los circos tienen nacionalidad?

C. R: El circo siempre ha sido circo, hay una pista redonda… Pero hay detalles que dan una personalidad diferente a cada uno. Porque cada nación tiene su estilo, su idiosincracia. El circo español tiene que ver con el circo argentino, en lo que se refiere al espectáculo en sí. Pero aquí no hay circos como este. Carromatos como estos no existen porque, para cualquier circo, es quedarse atrás. Los circos hoy en día prefieren tener camiones super modernos, correr a 80 o 100 kilómetros por hora para llegar antes. Nosotros vamos por la carretera a 30 km. por hora, es un mundo totalmente distinto.


2ª Parte

En la segunda parte del espectáculo continúan las entradas de los payasos y también los números de destreza física pero el lugar principal en la pista es para los animales. Primero los osos y después los gatos amaestrados.

"Los animales trabajan en libertad, no están enjaulados, ni son maltratados. -explica Carlos - El circo no les hace daño sino que los tiene porque los quiere, porque los adora. La especie del oso, por ejemplo, está salvaguardada gracias a los circos. En la naturaleza ya casi no existen porque el hombre invade su territorio y los mata para conseguir trofeos. El hombre es el que destruye al oso y no el circo. Un oso en la naturaleza vive 17 años y en un circo puede vivir hasta los 24 o 25."

Sobre el final, el saludo de todos los artistas en el centro de la pista y una despedida emotiva a cargo del payaso Lluiset y la trapecista Graziella que habla de la tristeza del artista de circo cuando el público se va.

Sin los desfiles ni las fastuosidades con las que algunos circos intentan tapar su decadencia, el Circo Raluy logra revivir un espectáculo que había desaparecido. "Nosotros formamos parte de un circo que existió hace setenta u ochenta años atrás. -cuenta Carlos- Queremos continuar conservando esto, aquello que vivieron nuestros padres y nuestros abuelos. Queremos seguirlo por los años de los años."

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