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01-12-2016 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

Desafíos matemáticos para chicos

Adrián Paenza acaba de lanzar su primer libro para chicos. Con una narrativa amena, desafiante y humorística, "En Robotilandia pasan cosas raras" despliega detectives, robots, padres que pintan las aulas de una escuela y habitaciones infantiles desordenadas. Elementos que juegan un papel decisivo en la intriga. Una matemática muy diferente a la que conocemos.

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Por Gabriela Baby

 

Paenza llega puntual al bar que él mismo eligió para la nota (“un bar normal, sin decoración rara ni comidas raras, ¿no te parece?”, dice ni bien se sienta) y pide al mozo “lo de siempre”. Entonces habla, habla rápido, como lo hace en sus programas de televisión (Científicos Industria Argentina, Alterados por Pi), y con el mismo tono que tiene al escribir sus columnas dominicales en Página/12.

 

Cuenta que está muy contento porque en la experiencia de escribir para chicos aprendió un montón. Y que si bien sus alumnos siempre fueron universitarios, vive rodeado de chicos: sobrinos e hijos de sobrinos cuyos nombres aparecen en detalle en las dedicatorias de sus libros. “En las reuniones familiares siempre estoy con los chicos: ellos me obligan a pensar, hacen preguntas desprejuiciadas y nunca tienen miedo de quedar ridículos. El otro día, en un cumpleaños, terminé con 25 chicos a mi alrededor. Y eso ocurre porque yo tengo ganas de jugar con ellos, no me canso”, cuenta.

 

Con este mismo tono de encuentro entre amigos, Paenza lleva adelante la voz narrativa de En Robotilandia pasan cosas raras (Sudamericana), el primero de una serie de cuatro libros en los que la matemática es abordada desde el juego, el desafío y la intriga. Cada capítulo funciona como cuento autónomo, en el que una situación invita a pensar estrategias de distribución, órdenes de números, frecuencias, ecuaciones o hallazgos numéricos, entre otros juegos posibles. Ilustrado por Pablo Zweig, el libro es un desafío impostergable para la imaginación lógica. “No sé si hice algo original, pero la verdad es que no me quería morir sin tener la experiencia de haber escrito un libro de matemática para chicos”, dice Adrián Paenza. Entonces el mozo trae una Pepsi, que el matemático tomará con muchas ganas mientras charla –de la divulgación, de la escuela y de la vida– con Revista Planetario.

 

 

¿Por qué la matemática es la figurita difícil en la escuela?


Porque están dando respuestas a preguntas que nadie se hizo. En realidad, es muy aburrido escuchar la solución a problemas que uno no tiene. Es como si yo me pusiera a hablar ahora de las vicisitudes de coleccionar estampillas en Tailandia. ¿A quién le importa? A vos y a los lectores de la revista no les importa el tema. Y cuando un tema no interesa, un adulto se levanta y se va. En cambio, un niño en la escuela tiene que quedarse escuchando porque le dicen que eso es importante, pero cuando pregunta “¿para qué me sirve?”, el adulto responde “lo vas a ver más adelante”. Y resulta que más adelante no llega nunca. Entonces es lógico que se provoque este rechazo, es un síntoma de salud mental. Y no pasa sólo en Argentina, sino en todas partes del mundo.

 

¿A nadie en el mundo le interesan las matemáticas o este tipo de matemáticas?


La matemática cuenta cómo resolver problemas, pero uno siempre tiene primero el problema y después la solución. En el colegio, a los chicos les dan problemas y soluciones que ellos no se plantearon. Ahora, si yo planteo a un chico cómo puedo hacer para que la pelota tenga más efecto cuando la pateo o cómo puedo hacer para encriptar un mensaje que no quiero que lea mi hermano menor, esos sí son problemas que le van a interesar y va a querer resolver.

 

¿Y la regla de tres? ¿Y las tablas? ¿Por qué en la escuela se elige dar esos contenidos?


No lo sé. Parece que en la escuela se enseñan las letras y con eso vienen los números y entonces viene la aritmética. Pero la matemática no es sólo la aritmética. Además, se hace hincapié en enseñar las tablas pero ahora, si yo te digo: por favor, multiplicame 532 x 253, vos sacás tu celular y en pocos segundos me das el resultado. ¿Por qué un chico haría una cosa diferente a la que hacemos nosotros?

 

El mundo cambió… ¿pero qué sucedió con la enseñanza?


A veces tengo la tentación de decir que hemos fracasado. Pero no hemos fracasado, sino que la época cambió y no podemos seguir enseñando como si nada hubiera pasado. Por ejemplo, suponé que un cirujano que murió hace cien años resucita y lo llevás a un quirófano: el tipo no va a entender nada. El cuerpo humano no cambió, pero toda la parafernalia de alrededor sería inentendible para él, porque hace cien años no había ni anestesia: ¡mirá de lo que estamos hablando! Ahora hay microcirugías hechas con láser y un montón de cosas. Quiero decir, el cuerpo humano es el mismo, pero todo lo que viene como intermediación cambió terriblemente.

 

¿Y en las matemáticas pasa lo mismo?


Sí, las tablas y las cuentas son las mismas pero otras cosas cambiaron muchísimo. Además, el chico de cinco, seis años tiene ganas de dilucidar cosas más manuales, físicas. Pasamos los primeros seis años de la vida de un niño enseñándole a hablar, a caminar, a manifestarse. Y los siguientes siete años lo tenemos sentado en una sala en la que tiene que estar callado y quieto, escuchando lo que los maestros dicen. Es un mensaje de locos: los preparamos para que hagan algo y después les decimos que no lo hagan.

 

Lo que decís tiene que ver con la educación en general, pero en la matemática ocurre una crisis particular: los maestros, los padres, los chicos sienten un fuerte rechazo por esta materia… ¿Por qué crees que se da esto?


Porque es la parte más visible. Un adulto en general dice "yo no sirvo para la matemática". Es una expresión que en situaciones sociales me dicen muchas personas, una expresión que está entre la disculpa y el orgullo. Porque nadie dice: “yo no sé leer o no me interesa leer nada” o “yo me llevo mal con la gente, soy atrevido, mis relaciones humanas son muy malas”, pero sí ponen esta incapacidad con la matemática como carta de presentación. Y entonces parece que se ufanaran de esto.

 

Quizá porque la matemática se vincula con un don especial, con cierta inteligencia extra o con cierto ingenio.


Sin duda. Por eso, le dije a los editores que no usemos la palabra ingenio, no son problemas de ingenio. Porque si hay problemas de ingenio, la persona que los mira podría decir "yo no soy ingenioso". ¿Y qué quiere decir ingenioso? ¿Qué quiere decir inteligente? ¿Quién mide eso? Y encima dicen 'Lo que Natura non da, Salamanca non presta'... Entonces, es como en la Roma antigua: al que nació con una malformación, lo tiramos por la ladera del monte. Quiero decir, nadie nace apto o no apto para…

 

 

Sin embargo hay personas que tienen más afinidad con la matemática que otras…

 

Yo creo que todos tenemos una caja de herramientas, ciertas destrezas, pero no todos tienen la oportunidad de descubrirlas. Para eso se necesitan estímulos. Para poder descubrir que un chico tiene destrezas para la música o para la matemática o para la pintura tiene que estar expuesto a la música, a la pintura, a la matemática. Yo tengo oído absoluto, pero esto lo descubrí porque mi mamá me llevó a clases de piano, sino jamás me hubiera dado cuenta. Entonces, hay que ofrecer el menú completo a todos los chicos. Tenemos una gran responsabilidad en este sentido.

 

¿Cómo llegar con estímulos a todos los chicos?

 

Por ejemplo, fue muy importante la entrega de laptops en las escuelas. Yo fui con el programa Conectar Igualdad a La Quiaca, y a pesar de que no tenían conexión a Internet, ellos se generaron la Intranet y se comunicaban entre ellos, computadora a computadora.

 

Hay quienes dicen que dar una laptop es poco o no es suficiente.

 

Sí, pero es un punto de partida. Después que se agregue lo que se tenga que agregar.

 

¿Capacitación docente?

 

Sin duda. A los que hace 30 años que enseñan de una manera y a los nuevos. Hay que ir capacitando en simultáneo. Y también hay chicos de siete, ocho años que tienen conocimientos sobre algo específico, y entonces hay que invitarlos a que lo compartan. Hay una distribución desigual de la riqueza intelectual, no sólo económica. Y tener acceso a la información es tener acceso al poder. ¿Por qué la información tiene que estar en un grupo de privilegiados? Necesitamos que todos tengan acceso a todo.

 

Pero la idea de información libre va en contra del mercado

 

Por supuesto. Pero fijate lo que pasó con mis libros de la serie Matemática… ¿estás ahí? Están todos en Internet para ser bajados por cualquiera en cualquier momento. Esto puso en duda el modelo de negocio y cuando lo propuse la editorial dudó. Sin embargo, lo hicimos y del Episodio Uno se vendieron más de un millón de ejemplares. ¡Un millón! Para un libro de matemáticas es una barbaridad. En la editorial no sabían que esto iba a pasar, y yo tampoco. Y la gente que lo bajó de Internet superó largamente los tres millones. Entonces, hay gente que lo compra y otra que lo baja de Internet y esta es una manera de angostar un poquito la brecha entre los privilegiados y los que no tienen acceso a la cultura. Porque el acceso a la educación es un derecho humano: no puede ser que yo tenga universidad, Internet y que haya gente que no tiene nada. ¿Por qué yo sí y otro no? Eso no está bien.

 


 

PLANETA PAENZA

Adrián Paenza nació en Buenos Aires. Es Doctor en Matemática por la Universidad de Buenos Aires, donde es docente desde 1979. Trabajó muchos años como periodista dedicado al deporte en radio y televisión. Fue columnista del diario deportivo Olé, la revista Veintitrés, y los diarios Clarín y La Nación; escribe semanalmente la contratapa del diario Página/12 desde el año 2006. Recibió el Premio Konex de Platino a la Divulgación Científica (2007) y el Martín Fierro en varias oportunidades. Actualmente es conductor de dos ciclos televisivos: Científicos Industria Argentina (TV Pública) y Alterados por Pi (Encuentro). Es autor de cinco volúmenes de Matemática... ¿estás ahí?; Cómo, ¿esto también es matemática?; Matemática para todos; Matemagia; La puerta equivocada y Detectives. La Unión Matemática Internacional le otorgó el Premio Leelavati (2014) al mejor comunicador de matemática del mundo.

 


 

¿QUÉ PASA EN ROBOTILANDIA? (Algunas definiciones de su autor)

EL LENGUAJE: En Robotilandia… me propuse usar el lenguaje que uso cuando estoy con los chicos. Yo no hablo como esos adultos que subestiman al chico, que piensan que es un tontito. El niño es una criatura que vivió menos tiempo, nada más que eso. Si a mí una persona me habla en esta lengua infantil que usan algunos adultos, del tipo “a ver, lindo, mñnmnñ”, yo diría ¿qué le pasa? ¿Por qué me habla así? Entonces, no subestimemos a los chicos.

 

EN SINTONÍA: También me interesó dar mensajes y enigmas que tuvieran alguna sintonía con lo que a los chicos les pasa en la vida: “¿Cómo paso por debajo de este puente?”; “¿Cómo encuentro algo que perdí?”; “Tengo que ordenar la habitación y poner tantos juguetes en tantas cajas, ¿cómo puedo distribuirlos?”. Quiero decir, preguntas y problemas que puedan tener algún viso de realidad para los chicos.

 

NO SÓLO MATEMÁTICA: Además, me propuse que los robots de Robotilandia no fueran todos iguales, porque la sociedad no es toda igual, porque somos diversos: a algunos la matemática le da más trabajo, a algunos les gusta más, a otros menos. Y en este sentido, para mí fue una gran experiencia trabajar con un ilustrador, aprendí una barbaridad.

 

APRENDER JUGANDO: La situación de probar, de buscar, de hacer cálculos, de jugar con las diferentes posibilidades o con estimaciones nunca se ve, porque no se publica. Pero cuando uno hace investigación en ciencias se propone preguntas que no siempre tienen solución. En cambio, vamos a la escuela a hacer ejercicios cuyas respuestas los docentes ya saben. Cuando en realidad, la tarea del docente es generar buenas preguntas y ver con los chicos todo lo que no se sabe, todo lo que el chico no sabe.

 

PARA PENSAR: Yo te cambio todo lo que sé por lo que no sé, y salgo ganando. Además, con todo lo que no sé enseguida puedo reponer lo que perdí, lo que sabía antes, lo vuelvo a construir. Es más importante saber que hay muchas cosas que no sé, que quedarme con lo poco –o mucho, supongamos- que sé.

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