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01-03-2015 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

El camino del lector (al escritor)

Cuentos de terror, de risa, de escuela y de piratas: la obra de Ricardo Mariño es variada y actual. Con la reedición de "Cuentos Espantosos" y una compilación de su personaje Cinthia Scoch, el autor entusiasma a todas las edades. De paso, habla de la escuela, del rol de la literatura y de cómo hacer para formar nuevos lectores.

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por Gabriela Baby


Una situación banal y conocida se transforma en una escena delirante. La escuela, el barrio, el campamento escolar son punto de partida para aventuras que desbordan los límites de lo imaginable. También hay marcianos, viajes en el tiempo, animales astutos, indios y cautivas y el infaltable castillo misterioso en una noche de tormenta: el universo narrativo de Ricardo Mariño siempre apuesta a más. Con muchísimos títulos publicados y reeditados (“es que tengo muchos años”, ironiza), los cuentos de Mariño se mueven en diversos géneros -el terror, la ciencia ficción, el humor absurdo, la gauchesca-  siempre de una manera personal y con finales sorprendentes. La obra de Mariño (más de 30 libros) siempre tendrá un título (¡o más de uno!) para quienes emprenden la aventura de leer, para chicos inquietos que prefieren textos breves y para quienes quieran encarar antologías y novelas más desafiantes.

Entre tanto, el autor, quien ha realizado también críticas y reseñas -en la revista de literatura infantil La Mancha, por ejemplo- y ha tenido una activa participación en planes de lectura que incluyen visitas a escuelas al por mayor, comparte su mirada acerca de los chicos que leen y los que no leen, de la escuela y los padres como facilitadores de lecturas.   

Alguna vez señaló el gesto “edulcorado” de los cuentos para chicos que sobreprotegen al lector y no profundizan en los conflictos. ¿Qué pasa especialmente con los cuentos de terror, que se proponen dar miedo pero sin espantar demasiado al lector?

El cuento que parece que va a dar miedo pero que finalmente no provoca nada, quiero decir, que tampoco es humorístico u otra cosa, es pura escenografía. Y al contrario, cuando es demasiado cruel, es peligroso que un pibe chiquito no pueda procesarlo, que quede adherido al terror. En ese sentido es imposible establecer reglas. Lo que sí existe es el conocimiento individual, es decir que cada uno conoce a su hijo o a sus alumnos, y entonces el adulto decide si dar o no determinado libro. En general, la edad en que encuentran un placer enorme en ese sufrimiento que da el terror es a los diez u once años y hasta adolescentes.

¿Cómo resuelve esta tensión en sus cuentos de terror?

En mis Cuentos Espantosos, que acaban de reeditarse, veo dos tipos de resoluciones: por un lado, una parodia humorística y por otro, los textos serios, que dan miedo. Dentro de esto podemos encontrar distintas variantes del terror, porque hay un par de cuentos que tienen que ver con lo siniestro y también hay un terror que tiene una resolución por el absurdo. Creo que lo que une a los Cuentos Espantosos es la muerte o la posibilidad de la muerte, pero a veces tratada humorísticamente. Además está el doble sentido del título: Cuentos Espantosos, suena tanto a causar espanto, como a algo mal hecho, como si estuvieran mal escritos.

¿El terror está de moda o es un clásico?

Decir que algo está de moda es señalar una temática artificial, puesta fuera de los intereses del chico. Por supuesto que existen el mercado y el interés de poner de moda algo, pero no creo que sea el caso del género de terror. El terror es una de las cuestiones temáticas más útiles, casi en el sentido medicinal de la palabra.

¿Útiles?

Sí. Freud dice que los fantasmas que pueblan la infancia son estructurales, es decir, que devienen del momento inicial, esa ruptura en la que se separa el chico de la madre. Y esa separación –necesaria y vital- abre la puerta a un montón de miedos. Son fantasmas y temores que tienen que ver con no poder leer bien los alcances de la realidad. La infancia es eso: un proceso hasta entender de qué se trata. Entonces los chicos se preguntan si hay muertos vivos, si lo inanimado puede ser animado y viceversa, si una planta puede atacar, si un animal piensa, si se puede cumplir una profecía o algo que viene desde el fondo de uno mismo…  Y los cuentos se encargan de ponerle argumentos a estos miedos. Lo que dice Freud es que el terror es una especie de gimnasia que el lector hace con sus fantasmas. Sería un pasaje de ‘le tengo miedo a lo que no sé qué es’, a lo omnipresente, que de pronto, gracias a la lectura, se materializa en algo concreto: ‘le tengo miedo al hombre sin cabeza’, por ejemplo. Se acota y se objetiva el miedo gracias a la literatura. Freud lo ve como absolutamente necesario. Él habla de domesticar al fantasma, una idea que me encanta. 


EN LA ESCUELA
Con la serie de Cinthia Scoch propone otro gran tema para los chicos: la escuela.

Fui escribiendo los cuentos y textos de Cinthia Scoch durante muchos años y ahora los reuní temáticamente, y agregué algunos nuevos que escribí hace poco. Se trata de la vida de Cinthia, la familia, los amigos, el lugar donde vive y la escuela. Y ella fue variando, porque al principio, ella y la familia eran testigos de historias un poco raras. Pero después, en otros libros, Cinthia y su amiga Friki van pasando a una posición crítica. Son dos pendejas intelectuales que critican a los adultos, a la escuela, a los actos… 

En un texto, Cinthia y Friki critican un tipo de cuentos, los cuentos de valores, es decir, los que tienen una enseñanza o moraleja. ¿En la escuela sigue circulando este tipo de literatura?

En algunas escuelas perdura. Pero poco. Sobre todo perdura en el discurso de la gente cuando dice que la sociedad se está derrumbando, que hay que enseñarles valores éticos a los chicos y qué mejor que la literatura para enseñar esos valores. Es una vuelta a una literatura que no existe dentro de la literatura infantil. En general, los que hacen cuentos con valores son otro tipo de productor, vienen de otro mundo. Son editoriales que no tienen colecciones de literatura, que hacen eso específicamente. O también las revistas para chicos. Porque deben suponer, desde una mirada exterior, que eso quieren los adultos. Y quizá muchos adultos quieren eso.

¿Y las maestras y directoras no están en esta línea?

Es contradictorio, porque está en el discurso pero en las escuelas circulan libros. Yo voy mucho a escuelas. Y ahí se da una paradoja que es interesante, porque los directivos hablan de que hay que difundir los valores y después, lo que usan son textos que no tienen eso que dicen. Y eso es un triunfo de la literatura.

También está el mito de que ‘los chicos no leen’… ¿creé que es así?

El cambio es muy grande. Cuando yo era chico -yo fui a la escuela entre el año ‘63 y el ‘70-, no circulaba la ficción. Los libros que había eran los libros de lectura del grado: tenían textos que eran alabanzas a la Patria o descripciones de monumentos, no era ficción. Y eso era acompañado por las llamadas composiciones: describe tu casa, describe tu barrio. Había una idea de que había que aprender a ver, a registrar. La escritura pedía eso: consignar lo que hay. Era todo muy chato. Hoy las escuelas en general están incorporando libros al hábito de los pibes, eso me parece bueno. En todas las escuelas hay biblioteca y hay lectura. Por supuesto que uno querría más. Pero yo hace años que voy a escuelas, fui ya con el primer plan de lectura de la época de Alfonsín, y veo un cambio notorio: hay un trabajo de bibliotecarios y maestros a lo largo de todo el territorio que es bueno.

A veces el punto débil de esta trama es la relación del maestro con la lectura.

Ese es un problema casi existencial, la no lectura de los adultos en general, incluidas las maestras, que no leen nada o que sólo leen literatura infantil. Que es una deficiencia, porque su trabajo posiblemente se haría más eficaz si leyeran a Borges y a otros autores. Hay una idea de que los chicos tienen que leer y los adultos no. Como si no fuera una cuestión de contagio, de ver al otro leer.

Y esto también se podría aplicar a los hogares, ¿los niños leen por contagio?

Habrá alguna excepción, pero si en la casa hay libros y los chicos ven a los padres leyendo, leen. Además, seguro que esos padres les han leído cuentos de chiquitos y la lectura es parte del espíritu de la casa. Pero si el padre o la madre no leen, es muy difícil que el pibe lea.


LA AVENTURA DEL LECTOR
¿Cómo fue su comienzo como lector?

Yo me crié en una casa en donde no había libros, mucho menos hábito de lectura. Y yo tenía una necesidad tremenda de leer. ¿Provocada por qué?, no sé. Hasta que descubrí que se podía ir a una biblioteca pública y empecé a sacar muchos libros, lo que a mí me parecía: leí a Tolstoi y a Salgari, y un montón de novelas de Corín Tellado -horribles y franquistas- que eran de mi hermana. Y después iba buscando por temas, por títulos, sin guía, porque el que no tiene parámetros no sabe qué es la literatura. Nadie me dijo: “hay que leer a María Elena Walsh”. Yo buscaba y me equivocaba mucho también, pero eso me iba generando un árbol de lecturas y asociaciones muy interesante.

¿Y cómo sería un árbol de lecturas ideal o programado?

Lo ideal es que esté asistido, que haya alguien, un bibliotecario o bibliotecaria macanuda que charlando y conociendo un poco qué buscás, qué queres leer, te recomiende un libro o un autor. Lo deseable sería una buena biblioteca, en la escuela, en el barrio o en tu casa, y que haya un adulto que te sepa decir algo. Son mínimas intervenciones pero re-potentes que podés hacer para que un lector -alguien que está buscando algo- conozca un autor, una saga, un universo. Pero es fundamental que ése que interviene sepa, que haya leído. En cambio, si alguien desacreditado por el chico dice todo el día ‘tenés que leer’ porque sí o por obligación, ahuyenta. O basta que lo diga para que el chico haga todo lo contrario.

¿El deseo de leer es lo que se contagia?

Es el deseante el que transmite el deseo. Si viene alguien de un viaje y te cuenta las mil maravillas que descubrió, a vos te dan ganas de viajar a ese lugar. Le pones una ficha a eso. Con la lectura pasa igual.

¿Qué pasa hoy con las pantallas? Seguramente visitando escuelas notó cambios en los últimos años.

Mi impresión es que efectivamente los pibes están adheridos las 24 horas a las pantallas, desde el celular, la compu, el jueguito, la tablet, la consola y todas las variantes. No sé qué consecuencias va a traer eso, pero no podemos decirles que no usen las compus porque son las herramientas de producción de la época. Todos usamos compus. Y no creo que los chicos estén paveando, están jugando, pero con una herramienta de trabajo. Mi viejo era telefónico y yo jugaba con su destornillador y su voltímetro. Jugaba a que era mi viejo. Y jugar a ser tu papá es una manera ancestral de prepararte para la vida. Entonces, estos pibes que juegan con pantallitas se están preparando para trabajar. Ahora, hasta el mecánico del auto maneja una PC para mirar el motor. Cualquier trabajo pasa por la computadora. Entonces, que jueguen con pantallitas y manejen todo eso mejor que nosotros, para mí es positivo… hasta ahí. Porque cercano a eso hay una esclavitud en relación al mercado que lo produce. Quiero decir, esta cuestión instantánea, de muchas ventanas abiertas al mismo tiempo, en donde todo es inmediato y está listo ya… esta cuestión de que nadie se fija en nada, nadie se detiene demasiado en nada y todo tiene que ser entretenido, sin profundizar… eso pasa con los chicos y con los adultos.

¿Una marca de época?

Que quizá vale para el negocio de la moda o las vacaciones, pero no para todos los aspectos de la vida. Y que es sin duda la forma de la época. Porque a los adultos los veo igual: se juntan y hablan todos a la vez y están todos mirando pantallas juntos. Y hasta las fiestas tienen todas un mismo formato, industrial: se pasa un video, se habla o se baila de tal manera. Y tenés que estar feliz y sonriente y bailar en un momento y mirar el video en otro momento. Hay algo de la sociedad del espectáculo que ha impregnado muchos aspectos de la vida. No hay espontaneidad en las reuniones con amigos y cuando te das cuenta ves que todo eso es re-alienante. Y esto es una marca del momento, en los chicos, y en los adultos también.

 


 

PLANETA MARIÑO
Nació en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Es escritor y periodista. Ha colaborado en publicaciones infantiles como Billiken, Humi, AZ Diez y en los suplementos dominicales de los diarios Clarín y Página/12. También fue director de la revista literaria Mascaró entre 1985 y 1988. Algunas de las distinciones que ha recibido su obra son: Primer Premio Casa de las Américas 1988 por Cuentos ridículos; mención en el concurso literario Editorial Susaeta 1987 por el cuento "El árbol de las varitas mágicas"; recomendación de IBBY internacional para la publicación de Cuentos ridículos y El sapo más lindo del mundo, 1990. Obtuvo el Premio Konex 1994 en reconocimiento al trabajo en literatura infantil en la década 84-94 y fue finalista del Concurso Latinoamericano de Literatura Juvenil de Fundalectura y Editorial Norma de Colombia en 1996. Además de la serie de Cinthia Scoch, (El mundo de Cinthia Scoch, El libro del recreo, El libro de la risa y A la escuela con Cinthia Scoch), sus libros más conocidos son: En el último planeta, Regreso a la casa maldita, Lo único del mundo, El hijo del superhéroe, La invasión, Recuerdos de Locosmos, El mar preferido de los piratas, El insoportable (todos reeditados por Alfaguara), y siguen los éxitos.

 

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