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01-03-2013 |

Cultura - Madres y Padres

El mundo del Doctor G

¿Por qué al batir las claras se hace punto nieve? ¿Y por qué a veces no se hace? ¿Por qué la pasta de dientes sale con rayitas? Y qué es mejor para exterminar cucarachas: ¿el insecticida o la ojota? Diego Golombek se encarga de responder estas y otras preguntas en televisión, en sus libros y también en exposiciones públicas. “Todos los chicos son científicos”, dice. Y queda demostrado.

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Por Gabriela Baby

 

 


Mañana de calor en un bar moderno de Palermo. Viene el mozo. Diego Golombek pide una “fotosíntesis”. El mozo anota y se va. Sin inmutarse, el biólogo empieza a hablar de sus ocupaciones actuales: la producción de la sexta temporada de Proyecto G, el programa de divulgación científica para grandes y chicos que conduce por Canal Encuentro; los preparativos de un nuevo programa sobre educación sexual para el mismo canal y para la web; y la escritura de un nuevo libro de la colección Ciencia que ladra: Las neuronas de Dios, “un libro sobre neurociencia y religión, porque Dios existe y está en el cerebro”, dice.

El color verde esmeralda de la bebida que el mozo acaba de dejar sobre la mesa (¿será algún condensado proteico producido en un laboratorio oculto tras la barra?) impone la pregunta:

¿Qué es eso? 

Una mezcla de manzana con jengibre y otras frutas.


¿Será que el co-autor de El cocinero científico (cuando la ciencia se mete en la cocina) (Siglo XXI Editores) se alimenta calculando los componentes y propiedades de cada alimento? ¿O lo toma por el sabor? Durante la charla con Planetario, Golombek derribará este y otros prejuicios hacia los científicos y demostrará que los chicos exploran el mundo del mismo modo que ellos investigan en un laboratorio.

¿Por qué elegiste hacer divulgación científica?

La divulgación es fascinante porque permite hacerte las preguntas que, sino, escondés debajo de la alfombra. A mí me interesa mucho contar. Y si encima puedo contar mi otra pasión que es la ciencia, estoy completo.

En el caso de los chicos, ¿cómo es en cada etapa la manera de encarar el descubrimiento científico?

Los chicos varían muchísimo de acuerdo a la edad: no tiene nada que ver hablar de ciencia con un chico del primer ciclo que con uno de final de la primaria o del secundario. Hay objetivos distintos y recursos diferentes, pero lo que tienen en común es que son los mejores científicos que puede haber. Picasso decía: “todos los niños nacen artistas”. También nacen científicos. Se la pasan haciendo experimentos: mezclando detergente con champú, con témpera, con colorante. O queman hormigas con la lupa o desarman el juguete a ver qué tiene adentro o abren al hermanito a ver qué tiene adentro (ironiza). Y eso es hacer ciencia.

En los chiquitos de jardín, por ejemplo, la ciencia está muy a flor de piel cuando exploran, cuando investigan. Lo que en general no hay es una pregunta científica detrás de eso, aunque algunas maestras sí lo hacen: yo he visto con mis hijos que además del juego, de pronto aparece la pregunta: “¿y a vos qué te parece que va a pasar cuando mezclás tal y tal color?” Y los chicos formulan hipótesis: están en la edad adecuada para empezar a formular hipótesis sobre el mundo. Y así empieza la ciencia.

La ciencia es en cierta forma una respuesta ante la angustia frente a lo desconocido. No nos gusta lo desconocido, no nos gusta la caverna cuando está oscura, no nos gusta no saber qué hay afuera. Y los chicos vienen con eso impreso. Por eso les fascina saber de qué se trata, y por eso existe la edad del por qué.

Los “por qué” que asustan o arrinconan a los adultos frente a su propia ignorancia…

Pero esas preguntas son fundamentales. Y la respuesta es: “la verdad, no sé, a ver miremos y hagamos algún experimento”. Pero eso pasa en muchos jardines, y es maravilloso. Y cuando pasa eso, pasa ciencia. Por supuesto que tiene que ser algo absolutamente lúdico.

Después, durante la primaria, a los chicos les gusta más jugar al científico. Es un juego explícito: mezclan cosas y usan coladores, cucharas, es decir, instrumental. Y muchas veces todo esto viene de la mano de preguntas, que seguro tienen una arista científica. El rol del docente es encauzar esa pregunta con un objetivo.

Más adelante puede aparecer un costado vocacional que, a veces, por prejuicios sociales se ve censurado: la mayoría de los chicos desdeñan una carrera científica porque piensan que es difícil, que es para genios, que no les va a ir bien y que no van a tener trabajo cuando terminen. Además está el arquetipo del nerd. Y son todos prejuicios falsos: no es más difícil que otra cosa; tenés que dedicarte, pero si te apasiona, te va a encantar. En este momento, para algunas carreras científicas hay ocupación plena: los geólogos, los computadores, algunas ramas de la química tienen laburo asegurado. Y esto tienen que saberlo. Y también, que puede ser fascinante. La comunicación de la ciencia puede ayudar a contar esto.

¿Cómo funciona la escuela en relación a estos pequeños científicos innatos?

La enseñanza formal en general tiende a desplazar ese tipo de preguntas y de curiosidad tratando de enfocarlos en algo más estándar. Y ahí se arruina la ciencia. La enseñanza formal estandariza las preguntas, porque para acompañar a un pibe en sus preguntas hay que sentirse muy seguro: muy seguro de decir no sé. Porque el “no sé” es una puerta que dejás abierta para ir a buscar. Y esto es, en general, uno de los problemas de la enseñanza formal de las ciencias: el maestro no se siente muy seguro de los temas de ciencia. Y el maestro generalista -que es el que da todas las materias y lo hace lo mejor que puede, y lo hace muy bien- no tiene la formación como para acompañar a un pibe en una pregunta científica. Tampoco está el tiempo como para pedir ayuda dentro del colegio o afuera, o lo que sea. Entonces, la divulgación de ninguna manera puede reemplazar la enseñanza formal –no debe, no puede, no es el lugar ni el objetivo– pero puede complementarla. Puede abrir una ventana para que un pibe que tiene esas preguntas sienta cierta empatía por lo que está pasando en el programa o en el libro. “Mirá, estos ñatos también se preguntan por qué el dentífrico sale con rayitas”.

¿Y en casa?

En casa un padre también se va a sentir inseguro frente a las preguntas de su hijo. Últimamente los mandamos a buscar en Internet o, en el mejor de los casos, los invitamos a buscar juntos. Y es una excelente estrategia, porque Internet es una excelente herramienta, pero con gusto a poco, porque no te da experimentos, no te da más preguntas o repreguntas. Eso te lo da solamente la compañía científica, el pensamiento científico, en la pantalla, en el libro, y en determinados sitios web también, o en los adultos que se interesen por el tema, sin que sean expertos.

Los libros de divulgación, las notas dominicales, los programas de televisión, para grandes y para chicos. ¿Tienen algo en común?

Los productos que a mí más me gustan son los que tienen múltiples niveles de lectura, y son los más difíciles de hacer. Son los que puede ver un chico chico, porque ve a un chiflado de amarillo y dos chiflados de naranja que hacen burbujas de colores, y también los puede ver un pibe más grande para que diga “yo quiero hacer eso”, y que un pibe aún más grande pueda empezar a entender que eso es ciencia también y no sólo lo que está en el libro de texto o en los documentales. A mí no me interesa tanto esa divulgación de la ciencia profesional, no me interesa contar lo que se está haciendo ahora en los laboratorios. Me interesa la ciencia en tanto pregunta cotidiana. Esa pregunta sobre lo cotidiano, bien formulada, que te permite hacer un experimento y formular hipótesis, también es científica. Por eso me gusta pensar en muchas capas y apuntar a que un papá pueda compartir un programa de televisión o una nota del diario con su hijo, o un abuelo con su nieto, y todos puedan disfrutarlo.



 

 

UN, DOS, TRES: ¡TELEVISIÓN! 

Entre sus actividades como divulgador, Diego Golombek se destaca con participaciones en el programa Científicos Industria Argentina, conducido por Adrián Paenza por la TV Pública y desde 2008 en su propio programa de divulgación en el que apela al humor y la ficción para acercar las respuestas científicas a preguntas cotidianas. En Proyecto G (lunes a las 22:30 hs. por Canal Encuentro) Golombek representa al Doctor G, quien junto a sus compañeros, el Señor de Acá y el Señor de Allá, sus sujetos experimentales, sorprenden con investigaciones y experimentos e intentan develar esos misterios cotidianos.

¿Qué no debería faltar en un programa de ciencia que pretenda incluir a los chicos?

En general, cuando hacemos un programa de ciencia en televisión, para chicos o grandes, creemos que estamos haciendo un programa de ciencia. Pero lo cierto es que estamos haciendo un programa de tele y lo que queremos es que la gente lo mire. Queremos que los pibes que están haciendo zapping se queden ahí, sin darse cuenta que es un programa de ciencia. Entonces, echás mano a todos los recursos que te ofrece el medio: la animación, la ficción, el humor, los desafíos al espectador. Porque la alternativa es hacer programas de plantas y escritorios: ponés el escritorio, una planta –preferentemente un potus- y ponés a hablar a dos tipos. Y eso no da ni para chicos ni para grandes.

¿No hay riesgo de perder rigor científico?

En el programa la idea es poner mucho color, mucho humor y permitirse la ficción; pero todo esto tiene un límite: no tergiversar la información, el rigor científico tiene que estar asegurado. Y a partir de ahí, todo vale. Si eso no está, no sirve.

En Proyecto G yo soy el Doctor G que sabe y los dos nabos que tengo al lado (el Señor de Acá y el Señor de Allá) son los que no saben. Que cumplen un rol muy diferente: uno es el chupamedias, el otro es más rebelde… y entonces ellos son los que hacen que Doctor G explique. El espectador no se identifica conmigo, se identifica con ellos, que realmente quieren saber y se fascinan cuando sale una burbuja gigante o algo inesperado. El riesgo está salvado porque el Doctor G usa lenguaje técnico. Y lo hace porque es el lenguaje más elegante y unívoco posible. Es el que te permite decir algo y que la gente entienda exactamente ese algo. Igualmente las cosas que hacemos en el programa no son arquetípicas sino que son absolutamente cotidianas. El mensaje es que nos estamos divirtiendo con la ciencia. Porque la ciencia es humana, los científicos son humanos, y hay una dimensión social de la ciencia que tiene una libertad enorme. Porque en la ciencia no hay principio de autoridad, no hay jefe, no hay palabra sagrada. Ese es el mensaje intrínseco que queremos dar.




 

CIENTÍFICO CUENTA CUENTOS 

Diego Golombek admite que su pasión es contar, aunque no se refiere solo a su rol como divulgador de las ciencias. “Yo empecé escribiendo antes de ser biólogo. A los 15 años contesté el aviso de un diario y fui colaborador en la sección de Deportes. Después hice radio, teatro, música y escribía ficción. No sé por qué me metí en una carrera científica, es un misterio. Estuve en Exactas de la UBA que es un lugar tremendamente enriquecedor y muy deslumbrante. Y en algún momento, cuando empezaron a enseñarme cosas del cerebro, y del tiempo y el cerebro, algo hizo click y me súper enganché: yo trabajo buscando ese tiempo biológico. Pero siempre seguí escribiendo ficción: cuentos, novelas, ensayo, poesía. Y había publicado hace muchos años un libro de cuentos que ahora reedité. Se llama Así en la tierra. Son relatos que se inscriben en una tradición fantástica”.




PLANETA GOLOMBEK

Nació en Buenos Aires en 1964. Como doctor en Biología, dirige un laboratorio donde, junto con su equipo, investiga en el área de la cronobiología. Es profesor en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador principal del Conicet en la Argentina. Como divulgador de la ciencia, conduce su propio ciclo televisivo por Canal Encuentro, Proyecto G, y colabora como columnista especializado en otros espacios, como la revista La Nación. Dirige además la colección “Ciencia que ladra”, para la editorial Siglo XXI. Desde muy joven, y en paralelo a su carrera académica y científica, se dedicó a escribir. Sus cuentos y poesías aparecieron en diversas revistas y antologías. Es autor, entre otros libros de ensayo y textos científicos, de: Cerebro: últimas noticias, El cocinero científico: cuando la ciencia se mete en la cocina, Cavernas y palacios: en busca de la conciencia en el cerebro y Sexo, drogas y biología (y un poco de rock and roll). Acaba de presentar la segunda edición de su libro de cuentos, Así en la tierra. Y recibió, entre otros, el Premio Nacional de Ciencias “Bernardo Houssay” y la beca Guggenheim.

 

 

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