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01-03-2014 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

Escritora para lectores sagaces

Escribe policiales para el público infantil: novelas con misterios y enigmas difíciles, que incluyen por supuesto mayordomos, caserones antiguos, robos o asesinatos. Con formato clásico –y no tanto- los libros de Norma Huidobro despiertan nuevos lectores. Que siempre pedirán más.

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por Gabriela Baby


La cita con Norma Huidobro es en un bar de San Telmo: salón amplio, muchas mesas, poca gente. De pronto, entra una nena. ¿Será Anita Demare, protagonista de una serie de novelas de la escritora? Luego entra una señora apurada, que bien podría ser la mamá de Inés, personaje central de Octubre, un crimen. ¿Por qué no? Ambas viven cerca, igual que ella. Entonces se acerca el mozo. Cuando se aparta y despeja la visual del salón, la nena y la señora han desaparecido. ¿Se fueron juntas? ¿Se fueron sin sentarse a tomar algo? Algo misterioso pasó. O quizás simplemente se trate de la mirada suspicaz y un poco obsesiva que impone la lectura de su obra.

Sí, leer a Huidobro produce al menos dos síntomas inmediatos. Entrenamiento como lector de policial: cada dato, cada personaje, cada detalle puede ser fundamental para develar el enigma central que plantea la trama. Y avidez de más lectura. Bienvenido el género entonces como puente de entrada al universo de los libros.

Sus novelas tienen como protagonistas a chicas y chicos que, como intrépidos detectives, llevan adelante la investigación: observan el mundo que los rodea y se hacen preguntas, arman asociaciones sutiles, opinan, anotan datos, piensan y resuelven misterios -complicados- con finales redondos, puntuales y precisos.

Norma Huidobro llega agitada, con una sonrisa a pesar del calor. Es parecida a la de las fotos, pero más linda, con el pelo más largo, con los ojos chispeantes. Pide un café y aclara: “que sea solo, no cortado”. “Debo tener cara de café cortado, porque siempre que pido un café, viene cortado”, dice. El misterio del café cortado, un título (malo) posible para esta historia;  La mujer con cara de café cortado, otro (peor). La escritora comenta algo del día, del taxi que acaba de dejarla en la esquina, de una calle del barrio que estaba cortada… y espanta de la cabeza esos títulos absurdos. Pero como le encanta hablar acerca de sus libros, sus lecturas y sus lectores, enseguida comienza a compartir anécdotas y develar el origen de algunas de sus historias. Sin enigmas ni misterios, una charla abierta con una de las autoras de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) más significativas del panorama actual.


¿Por qué escribís policiales y, más aún, policiales para chicos?

La elección del género tiene que ver con mis lecturas. En mi casa siempre hubo muchos libros. Mi abuela, mis tíos y mi mamá eran muy lectores. Cuando yo tenía 13 años, mi tío se casó: se iba de la casa de mi abuela y regalaba un montón de libros. Yo elegí los que me llamaron la atención por el título. El primero que agarré, no me olvido, era El misterio de la luz egipcia, de Editorial Hachette. Otros: El fantasma de la ópera, El misterio del cuarto amarillo, y me los llevé a mi casa. Desde entonces sé que el título impacta mucho, atrapa al lector. Ese verano me la pasé leyendo. Así empecé con el policial. Y también veía muchas películas. En las vacaciones, cuando tenía 11 o 12 años, íbamos a San Clemente del Tuyú y ahí daban dos películas por función. Yo iba todos los días, porque el cine quedaba enfrente de mi casa.

¿Qué películas veías entonces?

Todo Hitchcock, muchos policiales y de misterio. Me encantaban. También vi Por quién doblan las campanas, aunque no sé qué habré entendido, porque la historia tiene escenas fuertes para un chico… pero el cine también era menos explícito que ahora. También vi películas argentinas de la década del ‘40 o del ‘50… montones de películas.

¿Qué marca de esas películas hay en tus textos?

Hay escenas de esas películas que aparecen en mis novelas. A veces, tal cual las vi en el cine. Por ejemplo, en El misterio del mayordomo, Camila dice “en una película que vi con mi abuela usan el montaplatos” y entonces cito la película. También puede pasar que el protagonista ve algo en la tele que le sirve para desarmar el misterio que está atravesando. Como pasa en Octubre, un crimen, por ejemplo. O que una imagen de una película, una escena, funcione como disparador de una historia. Así me pasó con La mujer del sombrero azul: este libro me surgió de una imagen que tuve de chica -porque nunca volví a ver la película- de La dama desaparece, de Hitchcock. Además, ver películas es un entrenamiento, porque voy analizando las tramas, la construcción del misterio. Y la ficción se alimenta de la ficción.

Sin embargo, tus personajes son chicos y chicas que están en un contexto que podríamos llamar real.

Me gusta usar en mis libros lugares de la ciudad, casas, esquinas y barrios que existen. Para mí son muy importantes los lugares donde ocurren las acciones de los personajes. Soy muy racional para armar los mapas. Y también las historias en relación a las fechas, las edades de cada personaje en cada momento. Además, a los personajes les pasan cosas que pasan hoy: cuando escribí Octubre, un crimen, por ejemplo, estaban las marchas de los jubilados, y me pareció que estaba muy bien incorporar eso a la novela. Pero a la vez, los chicos protagonistas de mis novelas viven una realidad que no es la realidad de los chicos de ahora. Mientras que Anita o Inés andan solas por la calle, los chicos de la realidad no salen solos, o están más en la casa que en la calle (aunque hay lugares donde todavía los chicos juegan en la calle). Los chicos de hoy hacen actividades más programadas que mis personajes no tienen.

¿Por qué en tus novelas los chicos son los detectives?

Es muy seductor para un chico que el protagonista sea otro chico. Los lectores se identifican rápidamente. Además, yo recuerdo muy bien mi infancia. Me acuerdo las sensaciones, lo que me gustaba y lo que no me gustaba. Y me acuerdo que había una tira que yo leía en Billiken, que se llamaba “Pelopincho y Cachirula", que estaba protagonizada por dos chicos. Yo los adoraba, eran mis ídolos. Y en esa tira no había ni un adulto, y si aparecía alguno, hablaba con ellos de igual a igual. Además, cada uno de los chicos vivía en su casa. Me acuerdo de una historieta en particular, en la que ella era escritora y para festejar que le habían publicado su primer libro, Pelopincho la invita a cenar… ¡él mismo había cocinado y la esperaba con la mesa puesta! No había gente grande.

Además, esos chicos protagonistas de mis libros necesitan cierta libertad, entonces tengo que sacar a los padres. Trato de ni hacer mención de los padres, porque me molestan.

No hay padres pero sí abuelos, o gente mayor, que funcionan como aliados de los chicos.

La generación de los abuelos no me molesta, al contrario, actúa en complicidad con los chicos. Esto es por el quiebre entre una generación y otra, porque la generación de los abuelos es más desestructurada, simplemente porque no crían a los chicos. Entonces pueden establecer cierta complicidad. Siempre depende del adulto, claro, pero es posible ese encuentro entre el viejo y el chico.

¿Por qué tus libros gustan a los chicos?

Yo creo que es el misterio lo que atrapa. En realidad, a cualquier edad atrapa el policial, salvo que definitivamente no te guste nada el género. Pero tiene mucho gancho eso de empezar a leer y encontrarse con un misterio. Y también el gancho es que los chicos se identifican con los protagonistas que viven aventuras espontáneas.

En tus novelas generalmente no hay familias tipo (mamá, papá, nene, nena). ¿Por qué elegís familias “no tipo” para tus historias?

Hago estas familias porque sino me aburro, y porque también quiero contar que hay otras familias… no quiero decir con esto que desde la ficción nos tengamos que adaptar a la realidad, no. Pero incluir estas nuevas configuraciones familiares me parece bueno, porque sino no hay otra cosa que papá, mamá e hijos. Además, hay otras familias que también son las familias de hoy. Anita Demare, por ejemplo, es hija de una madre adolescente, la mamá la tuvo a los 16 años. Entonces, la abuela crió a las dos chicas juntas. Y eso está en la novela, se va contando esta historia en paralelo a la resolución de los misterios. Como yo sabía de entrada que iba a ser una serie, fui largando la información de a poco. Al principio no se entiende mucho por qué vive con la abuela y por qué le dice Ana Laura a la madre, que además vive en otra casa; pero a través de los libros se va contando cómo es esa relación de Anita con su madre y con su abuela. Y quizá en alguna novela empiece a buscar al padre… de este modo, los misterios se van despejando y también la historia de Anita. Y aparece esta familia particular, en la que la abuela es como una madre también y la madre es un poco como una hermana.

El protagonista de Un secreto en la ventana se quedó huérfano cuando tenía un año y entonces lo crió la hermana, que tiene 23 cuando él tiene 11. Viven en una casa junto con el novio de ella… cosas que pueden pasar y que salen un poco del modelo tradicional.

En tus novelas, los chicos tienen pequeños trabajos o están a cargo de ciertas tareas domésticas también, como hacer las compras, la comida…

Con el tema del trabajo es interesante ver qué pasa. En el caso del nene huérfano, por ejemplo, él hace un delivery de la pizzería de enfrente, cuyos dueños conocían a los padres y de alguna manera cuidaban a los chicos. En la editorial me cuestionaban que yo estaba hablando de trabajo infantil y yo decía: ojalá los menores que trabajan lo hicieran como este nene, que está protegido por un entorno de adultos que lo cuidan. Porque el trabajo infantil es otra cosa. Yo no estoy promoviendo el trabajo de menores, estoy haciendo una historia con un chico que vive bien, que no lo explotan.

¿Qué no debería haber en los libros para chicos?

Yo detesto las moralejas y las enseñanzas… ¡y sigue habiendo! Otra cosa que detesto como lectora es “la familia huevo”. “Familia huevo” es aquella en la que mamá, papá, nene, nena hacen lo mismo y todo para adentro de la familia. Es decir que todo lo que pasa, pasa entre ellos: los padres son aventureros como los hijos, los abuelitos se sacan años y se ponen a la altura de los chicos, todos hacen lo mismo… Yo pregunto: ¿por qué no los dejan a los chicos solos? Yo me pongo como lectora niña -que no me cuesta nada porque me acuerdo perfectamente como era yo cuando era chica: lo tengo tan vivo, tan patente- y lo que quería era sacarme a los adultos de encima. Es decir, me gustaba estar con mi papá, mi mamá y tener la comida en la mesa. Pero en las fantasías, no. En la fantasía es otra cosa. Pensemos en Tom Sawyer y Huckleberry Finn, los chicos aventureros y traviesos de Mark Twain. Esos son los chicos de la literatura. Esos son los chicos que nos atrapan como lectores.

¿Y ahora que estás escribiendo?

Estoy escribiendo unos cuentos y preparo también Anita Demare, la cuarta entrega.

Por favor, ¡un adelanto de Anita Demare!

El libro se va a llamar La gata en el balcón. Y la historia surge de una imagen que tengo: me acordé de un departamento donde vivía una de mis abuelas, que tenía una reja desde donde yo veía los pies de una mujer. Con esa imagen empiezo: Anita está en la casa de Ana Laura, en un edificio en Montes de Oca, mira por la ventana del aire y luz y ve siempre las piernas de una señora y una gata que se pasea por ese departamento y el balcón. Sólo las piernas se ven porque no se levanta del todo la persiana. Hasta que un día observa que la gata no entra, se queda junto a la reja del balcón, y que los pies son de otra mujer. Y ahí empieza el misterio. 


 

“LOS CHICOS DE AHORA NO LEEN”
Norma Huidobro fue una niña lectora: “Desde Mujercitas hasta Mark Twain, pasando por Patoruzito, Tarzán, fotonovelas, revistas femeninas, novelas de misterio: todo lo que podía leer, leía. Ahora los chicos no leen. Es verdad que antes no había tanta televisión, ni otras cosas. A mi casa llegó la TV cuando yo tenía 8 años. Y los programas empezaban a las 5 de la tarde: venía la vecina a la hora del té a ver la telenovela que duraba media hora… venía con el tejido y tomaba mate con nosotros. A mí me causaba mucha gracia porque criticaba a los personajes de la pantalla. Decía : ‘¿a ésta qué le pasa, qué se piensa?’ Cosas así, como hago yo ahora. ¿Será la edad?”


 


PLANETA HUIDOBRO 
Norma Huidobro nació en Lanús, es egresada de la carrera de Letras (UBA), editora, docente de nivel secundario en alguna época y finalmente, y por prepotencia de trabajo, escritora tiempo completo. O casi completo: entre un misterio y otro, Norma trabaja como asesora literaria en Del Naranjo. Publicó: ¿Quién conoce a Greta Garbo?, La tercera puerta, El pan de la serpiente, Sopa de diamantes, El príncipe vainilla y la princesa chocolate, La mujer del sombrero azul, Te espero en la plaza y Un secreto en la ventana, entre otros. La saga de Anita Demare tiene tres títulos (hasta ahora): El paraguas floreado, Una luz muy extraña y El anillo de esmeraldas. En 2001 ganó el Premio ¡Leer es Vivir!, del Grupo Everest, España, por Los cuentos del abuelo Florián (o cuatro fábulas al revés). En 2004, el Premio Barco de Vapor por Octubre, un crimen. Y en 2007 obtuvo el Premio Clarín de Novela por El lugar perdido (Alfaguara, 2007), con un jurado compuesto por José Saramago, Alberto Manguel y Rosa Montero. La novela fue publicada también en Francia y está siendo traducida a otras lenguas.

 

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