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01-03-2000 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Grupo Libertablas

Libertablas es uno de los grupos que contribuyó a la renovación de las propuestas artísticas para chicos que se dió en los últimos años. Sus directores y creadores, Sergio Rower y Luis Rivera López, formaron parte del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín, junto a Ariel Bufano. Pero un deseo de buscar otros públicos y trabajar con otros textos hizo que iniciaran su propio camino, con el objeto de experimentar en el teatro de títeres para adultos y para adolescentes.

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Por Ariel Saidón



En lo que respecta al teatro para chicos, comenzaron presentando obras en escuelas primarias y hace tres años consiguieron un acuerdo de co-producción con el Teatro Nacional Cervantes donde presentan sus espectáculos. Las dos obras que formaron parte de este ciclo -Gulliver y Las Mil y una Noches- tuvieron muy buenas críticas y fueron un éxito de público, además de haber recibido diversos premios. A poco de estrenar Pinocho, también en el Cervantes, Sergio Rower habló con Planetario, la guía de los chicos.

¿Cómo es el Pinocho de Libertablas?

Hacemos el Pinocho tradicional pero le damos otra lectura. Porque nos encontramos con un texto que no decía lo que a nosotros nos interesaba contar acerca del juego de los chicos. Hay un montón de elementos que son consecuencia del momento histórico en el cual Collodi lo escribió. Pinocho narra la historia de un chico que se convierte en burro si no va a la escuela y que es castigado por ir al mundo de los juegos. Nosotros no pensamos que un chico solamente se forma si no juega, sino todo lo contrario. Entonces, tuvimos que hacer una revisión de la historia original.

En cuanto a lo estético, estamos frente a un gran desafío porque nos metimos en un doble lenguaje (de títeres y actores) donde el muñeco cobra vida propia. El espectáculo tiene muchísimas técnicas titiriteras absolutamente sorprendentes, mezcladas con otras más tradicionales, y actores que hacen como si fueran muñecos. El hecho de meternos con un texto tan clásico, hace que tenga que ser muy sorprendente.

Primero Gulliver, después Las Mil y una Noches y ahora Pinocho. ¿Por qué esa preferencia por los textos clásicos?

Porque consideramos que es en los grandes autores clásicos donde están las cosas más importantes para decir, aunque uno le lave la cara y lo cuente de otra manera. Al principio, el autor que más nos conmovía era Shakespeare y todas nuestras puestas apuntaron al público adulto y de adolescentes. Vueltos al teatro para chicos, queríamos dotarnos de textos, historias o cuentos que de por sí fueran muy movilizantes y nos permitieran actuar pero que también sean llamativos desde el título.

¿Cómo trabajan en la adaptación de los textos?

Luis hace la primer adaptación. Después hacemos un boceto que pasa a la gente que diseña, al músico, a los realizadores y a los actores, que son los que terminan de darle forma en las improvisaciones.

Ustedes son un grupo de actores, ¿siempre incorporan títeres o muñecos en la puesta?

Normalmente sí, porque es una estética en la que nos sentimos fuertes. Pero no tratamos de imponerle la estética al proyecto sino que el proyecto sea el que la sugiera. Muchas veces hacemos espectáculos sólo de títeres, sin actores a la vista. Otras veces trabajamos con máscaras, sin títeres. Y a veces trabajamos con actores, algún muñeco y músicos en escena. Algunos titiriteros dicen que nosotros somos actores porque, muchas veces, no trabajamos con muñecos sino que trabajamos expuestos. Nosotros preferimos pensar que el titiritero es un actor que, a veces, se expresa con un objeto.

Un actor que se dedica al teatro infantil, ¿necesita una formación específica?

Yo creo que no. Un buen actor es bueno para cualquier público, aunque hay un aspecto en el que hace falta experiencia. Porque el público infantil te demanda una energía, que implica una dinámica corporal y biológica, que tenés que ir desarrollando. Normalmente, un actor hace un espectáculo a la noche, tres o cuatro veces por semana. No se levanta a las ocho de la mañana para hacer una función con mil chicos en el Teatro Cervantes ni va, después, a hacer funciones en los jardines de infantes. Pero eso es una experiencia a transitar, aquél que piense que porque trabaja para chicos tiene que hacerlo de otra manera, creo que está equivocado.

Pero el lenguaje que se utiliza es otro.

El nivel de comprensión es otro. En Las Mil y Una Noches hay guiños para los adultos y cosas que ven los chicos. Nosotros, por lo menos desde la génesis de los espectáculos, no pensamos que hay que decirlo de determinada manera si va a ser para chicos. Hacemos el texto, ensayamos, improvisamos, después nos sentamos frente al espectáculo y pensamos a qué público le puede interesar.

¿Cómo se complementa el trabajo en un gran escenario, como el del Cervantes, y las funciones en escuelas?

Nosotros venimos desarrollando un trabajo metódico en las escuelas desde hace doce años porque, hace mucho tiempo, sentimos que el público dejó de ir al teatro. Y un grupo de actores que pretende vivir de su profesión tiene que ir a donde el público está. Por otra parte, nos pareció que, el hecho de que esté viendo teatro desde muy chico, era una buena forma de incentivar al espectador para que vuelva.

Nosotros tratamos de que el eje sea siempre el mismo: que haya un equipo de actores que esté conmovido con lo que está haciendo y que haya una sorpresa general del espectador. Trabajamos en una especie de complemento. Por un lado, los chicos van al Cervantes, conocen la institución teatral y ven un gran espectáculo con un gran despliegue de luces y sonido, una gran producción con muchos actores en escena. Por otro lado, las escuelas reciben a dos, tres o cuatro actores que, descarnadamente y en el patio de la escuela, hacen su espectáculo creativo. De esta manera, dejamos una gran enseñanza pedagógica: que para hacer un mundo un poco mejor, desde el punto de vista imaginativo, no hace falta tener cincuenta mil dólares. Cualquier chico con un pedazo de goma espuma y un palo de escoba puede transformar esta realidad que, a veces, es muy dura.

Este año, empezamos con una obra especialmente preparada para presentar en los jardines de infantes. Porque, muchas veces, a los chicos los exponen a una cantidad de texto y a una densidad en las propuestas artísticas con las que no pueden identificarse.

La producción de teatro para chicos es muy heterogénea, ¿cómo ves hoy la situación de la escena infantil?

Es impresionante la cantidad de actividad que hay. El teatro infantil en Argentina siempre tuvo una gran profusión y hubo grandes ejes. Indudablemente, Bufano determinó toda una línea de trabajo y Midón, otra.

Sin olvidarnos de todo el trabajo callejero e itinerante, que termina de armar un aspecto de la multioferta que tiene un papá. Desde espectáculos gratuitos hasta espectáculos carísimos, desde teatros con produciones de Disney hasta un solista en La Calle de los Títeres hacen que la oferta sea muy grande.

Por otro lado, hay un montón de fenómenos que nos están demarcando cuál es el terreno a seguir. Independientemente de que yo no comparta la estética que Xuxa llevó adelante, la presencia de una gran producción como esa, para un espectáculo infantil, hizo que hoy un pibe no se arregle ni se sienta feliz con un actor cantando con tres telones colgados. Esto hizo crecer al teatro para chicos en cuanto a la forma, pero eso es una cáscara. Muchos productores fracasaron porque copiaron los telones de color y la música pero se olvidaron de los actores, se olvidaron del fenómeno dramático.

Yo pienso que hay que discernir entre las buenas y las malas personas. Un actor que está bien intencionado, y que hace un espectáculo que es horrible, tiene opciones de reveerlo. Un actor que sabe que está haciendo una chantada, esa es la persona que hay que sacar del medio.

Hay muchos grupos que se forman pensando que hacer teatro infantil es una especie de ensayo para un buen teatro de actores. Eso es un prejuicio espantoso y, además no es real. El teatro para chicos tiene el mismo nivel de exposición, o tal vez mayor, que el teatro para adultos.

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