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01-12-2011 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Había una vez... una narradora oral

Docente, profesora de música, actriz y psicóloga, Ana Padovani es una de las pioneras en el ejercicio de la narración oral en escena en la Argentina. Creadora de voces, personajes y un modo de contar definitivamente particular, capaz de encantar con sus relatos a grandes y a chicos, dice que para contar un cuento no hay reglas… excepto, saber jugar.

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Por Marisa Rojas



¿Cuándo, y cómo, comienza a contarse una historia?

Empieza por el momento en que se recibe la historia. Yo a veces me pregunto si es que la historia llega o uno la busca, es todo un misterio en realidad. Lo que a mí me pasa es que hay un momento en el que tengo una sensación como de estar en una cancha, jugando un partido, y de repente recibir una pelota y saber que tengo que pasarla, así, inmediatamente, de forma visceral. Aprendí que de eso, de esa sensación fuerte, no hay que desconfiar nunca. Cuando uno recibe ese impulso, esa historia va a funcionar.

¿Y eso vale en el caso de todas las historias, sean para chicos o para grandes?

Sí, por supuesto. Después, si hay que contar una historia a chicos de tres años de edad no lo vas a hacer de la misma forma que si lo hicieras a chicos de doce, porque la capacidad de abstracción del pensamiento no es la misma en todas las edades. No es que todo es para todos. Pero el fenómeno sí es el mismo. Una vez que uno, que el narrador, como decimos en Argentina, o el cuentacuentos, como se dice en el resto de América Latina, encontró la historia, también el público la recibe.

Hablaste antes de “pasar la pelota”, en este “pase”, ¿el narrador reinventa la historia? ¿Funciona como autor o co-autor del relato?

Bueno, primero hay que hacer una diferencia: por un lado están los cuentos que son parte de la tradición oral, cuentos populares que han sido transmitidos de pueblo en pueblo, leyendas, que no tienen un autor; por otro, está la literatura. En la literatura hay menos posibilidad para la recreación libre, porque hay un estilo literario, hay una voz que pre-existe. También es cierto que hay autores en cuya voz uno se instala con tal comodidad como si escribieran para uno. Y yo, en esos casos, siento que al narrar oralmente sus historias no los traiciono. Pienso, en el caso de la literatura infantil, en Ema Wolf, Graciela Montes, Ana María Shua...

En ocasiones, y como representantes de dos tipos de cultura -la letrada y la popular-, se ha tendido a enfrentar a la literatura con la narración oral, ¿cuál es tu opinión al respecto?

No creo que sea una oposición válida. La literatura parte de la oralidad; la imprenta es un invento muy posterior a la creación de cuentos, leyendas e historias. En la narración oral hay historias antiquísimas que han sido históricamente tomadas muy en serio, sobre todo en las granes ciudades europeas como Londres o París, donde incluso comenzó la historia de la narración oral como un arte escénica. En Europa se trabaja casi exclusivamente con relatos provenientes de la tradición oral, es más, diría que lo de la incorporación de la literatura es casi un invento nuestro. Acaso porque la tradición oral popular en Argentina es escasa, no tenemos historia de recuperar las tradiciones, somos un país muy joven también, bastante hecho de jirones, de corrientes migratorias muy diversas. Claro que hay cuentos de tradición y se hacen trabajos interesantísimos de rescate, pero no dejan de ser experiencias de laboratorio. En general conocemos muy poco, por ejemplo, de los personajes de la tradición oral gaucha; sí prospera un poco más el narrador urbano, pero éste ni siquiera rescata leyendas urbanas sino que abreva en la literatura para contar historias.

¿Todos los cuentos pueden ser narrados oralmente?

No. Todos los cuentos no son adaptables a la narración oral. Generalmente las historias para chicos tienen más posibilidades que las destinadas a los adultos. En los cuentos infantiles hay mucha acción, muchos personajes bien definidos, las historias son potentes, narrables oralmente sin necesidad de presionarlas demasiado. En el caso de la literatura para adultos, es más complicado porque ya no importa tanto la anécdota que se cuenta sino el estilo literario, toda la belleza de cómo se cuenta más que lo que se cuenta.

Teniendo en cuenta tu forma de narrar y entendiendo a la narración oral como un arte escénica, ¿en cuánto influyó tu formación como actriz para tu desarrollo como narradora?

Yo no soy actriz de oficio, pero sí estudié actuación. Me formé primero con Cristina Moreira, en los tiempos en que ella recién llegaba a la Argentina. Recuerdo que cuando aparecieron en escena los primeros clowns me enloquecí y dije ¡yo quiero hacer eso!, ¡yo quiero jugar! Después estudié teatro con Augusto Fernández y en realidad fue él quien me orientó mucho hacia la narración oral de cuentos, sobre todo, para chicos. Algo que, curiosamente, yo había hecho mucho en mis tiempos de maestra, cuando daba clases en una escuelita rural de El Cazador, en Pilar; algo que de todos modos yo hacía muy caseramente. Hasta que Augusto me hizo esa sugerencia: me puse a investigar y me encontré con todo un catálogo de narradores franceses que tenía Pablo Medina (en la biblioteca La Nube) y allá me fui, a Francia, a verlos en escena, a hacer talleres, a participar de festivales, a estudiar.

¿Qué debe saber hacer un narrador oral para ser bueno? ¿Cuáles son los recursos para llevar una historia a escena de una manera atrapante?

La narración es un trabajo creativo, un trabajo artístico. Indudablemente requiere de toda la seriedad y de mucho profesionalismo. Es una disciplina que se estudia, pero también tiene mucho que ver la pasión que uno pueda ponerle. Porque antes que nada hay que tener ganas, tener un impulso que transmitir, tener imaginación; hay que saber jugar. Un narrador oral debe poder creer en lo que no existe, tiene que saber jugar a las mentiras. De lo que se trata es de establecer un pacto con el otro donde uno le dice que todo lo que va a contar no existe, que no es cierto. Y el otro, que aunque sabe que son mentiras eso no le importa, que igual va a creer. Por eso la narración es un arte escénica, es decir, es una disciplina muy vinculada con el teatro, con el juego de la mentira que asimismo compartimos y disfrutamos todas las partes. Por lo mismo, técnicamente la voz es un recurso muy importante. La historia es como una gran partitura y hay que preparar la voz para cantar esa melodía. De todos modos, lo más importante en el narrador oral es encontrar la propia voz. No hay que copiar ni tomar modelos sino investigar en uno mismo para saber qué se siente, qué se quiere decir, qué se necesita contar. Poder compartir con otros la propia voz es algo que produce una enorme alegría. Yo tengo una manera de contar, pero no quisiera que nadie pensara que “esa” es la manera.

En tiempos de tantos y tan diversos estímulos tecnológicos, ¿cuáles son las amenazas que enfrenta un arte tan milenario como el de la tradición oral, especialmente, para el público infantil?

Creo que en estos tiempos la narración oral tiene un gran desafío. La verdad es que a mí, en lo personal, no me inquieta demasiado el tema de las tecnologías, pero siempre surge la duda y la pregunta acerca de la validez de esta propuesta en tiempos donde prima el vértigo que imponen los estímulos electrónicos. Me parece que no puede pensarse en términos de competencia porque son recursos con especificidades distintas; pueden complementarse. Además, yo sigo creyendo en la vigencia de los cuentos. No sólo porque lo compruebo a diario sino porque creo que, pese a los tiempos que corren, los niños siguen siendo niños. O sea, mantienen la capacidad de asombro, de creencia, son capaces de emocionarse con las peripecias de los personajes, de asustarse con las brujas, de sorprenderse con lo inesperado. Recuerdo que cuando empecé me preguntaba, porque a mí me encantan los cuentos de brujas: ¿no será una antigüedad contar cuentos de brujas? ¡Para nada! Es el día de hoy que no hay chico al que no le encanten las historias de brujas. En realidad, esa es una pregunta que nos hacemos los adultos cuando nos ponemos a razonar. Pero yo no me pongo en ese lugar de ‘adulta razonadora’ cuando cuento cuentos sino que me pongo en el lugar del niño que juega. Porque para contar cuentos hay que, insisto, saber jugar; hay que ir a ese punto de la inocencia, como un niño que juega porque cree realmente en algo y lo comparte con otro. Claro, hay que jugar sin hacer trampa. Si ambas partes del juego son solidarias en lo que construyen, si confían y se entregan, el juego funciona.

¿Ese pacto de ingenua e inocente creencia, funciona igual cuando se trata de un público de adultos?

¡Por supuesto! ¡Absolutamente! La única diferencia es que vos, narrador oral, no vas a jugar con las mismas cartas con los chicos que con los adultos. O sea, elegirás otros cuentos, otros recursos, pero no más que eso. En el fondo no hay diferencia en la edad. Si uno está instalado en ese lugar de niño que cree, uno narrador y uno público, entonces el pacto se establece igual y funciona, siempre funciona.

¿Qué signos en el público te hacen saber que la historia va por el lado correcto, justamente, que funciona, o que debés cambiar el rumbo?

Ahí está la capacidad del narrador oral de relacionarse con el otro, de tener feeling y saber qué debe hacerse para mantener el pacto de creencia, de juego, hasta el final. En este punto, por ahí contar a los chicos es más fácil porque los chicos son muy expresivos. Basta con estar muy atento para saber a qué recursos apelar para sostener la atención. Mientras que la expresión en el adulto es más difícil. El público adulto es difícil que entre, sobre todo en el caso de los adolescentes. Los jóvenes son el público más difícil porque en general se sienten tratados como niños y eso no les gusta, pero yo les cuento cuentos de terror, que me encantan, ¡y entonces a ellos les gustan! Creo que hay algo que es muy importante, más allá del tipo de público: cada vez que yo cuento un cuento me sorprendo como la primera vez, la historia tiene que sorprenderme como esa primera vez en que la recibí y sentí el impulso de contarla. Si eso no pasa, la retiro del repertorio, no cuento más ese cuento. Porque no se pueden contar cuentos en automático, deben estar siempre vivos.




Planeta Padovani

Maestra, profesora de música, actriz y psicóloga, Ana Padovani es una de las pioneras en el ejercicio de la narración oral en escena en la Argentina. Comenzó a mediados de los años '80 por consejo de un profesor de teatro, se formó en Francia y trazó, desde entonces, un encantador camino que la ha llevado a recorrer escenarios de todo el país. Fanática de la lectura, admiradora del talento y la gracia de Niní Marshall, y del particular estilo cuentista de Luis Landriscina, recibió el Premio ACE a la Mejor Actuación en Unipersonal por el espectáculo La voz del terror (2002).

En su repertorio de narradora oral se cuentan títulos como: Mil y un cuentos, espectáculo de cuentos provenientes de la literatura universal y de la tradición oral; Querida Niní; Historias de 2 x4, relatos de Buenos Aires y su gente; Cuentos a la carta, un espectáculo donde se funden literatura y recetas de cocina; Julio para armar, homenaje a Julio Cortázar; Los zapatos de contar, el clásico para chicos, protagonizado por un juglar que mezcla humor y disparate para narrar cuentos, cantar canciones y jugar a las adivinanzas; Cuento como cuento, para los interesados en el aprendizaje de la narración oral; Un toque de jreim, historias de humor judío; Pasiones del corazón, selección de cuentos para mujeres de Ángeles Mastretta, Marco Denevi, Ana María Shua, Gabriel García Márquez; e Historias con humor, incluye la recreación de un radioteatro como en los viejos tiempos.

Más info: www.anapadovani.com.ar



 

Tags: cuentacuentos

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