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01-03-2007 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

La niña de los títeres

Titiritera, escritora, dramaturga y guionista de Tv, Silvina Reinaudi fundó en 1979 la compañía de titiriteros ‘Asomados y Escondidos’. Destacada por la Fundación Konex como una de las mejores artistas del decenio 1990-2000, su labor en la escena infantil fue reconocida también por la Asociación de Cronistas del Espectáculo. Su último trabajo, "La Fila", vuelve a escena en el 2007.

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Por Marisa Rojas


Silvina Reinaudi, la ‘mamá’ de Rito, Sietevidas y Marimonia -la de Cablín-, es una señora de cabellos blancos, alta y elegante, que ofrece café y galletitas con una voz suave y finita impregnada de una amable tonada cordobesa. Nacida en Río Cuarto, Córdoba, adoptó a Buenos Aires como su ciudad hace ya treinta años, “porque es bella, muy bella y rica”, según sus propias palabras. Hoy vive en el barrio de Colegiales, con una de sus dos hijas, un yerno, una nieta, cuatro gatas, tres tortugas y una perra “que es vieja y está ciega y sorda, pero está feliz”.

¿Cuándo y de qué modo comienza tu vinculación con los títeres?

En mi vida ha habido títeres desde siempre, desde mi infancia. Mi papá, Luis Reinaudi, era muy amigo de Javier Villafañe, él murió cuando yo era muy chiquita y no tengo demasiados recuerdos suyos pero entre los que sí conservo hay uno que es como una foto fija, una foto en dónde mi viejo nos tiene a mi hermana y a mí paradas sobre un pupitre, sosteniéndonos con los brazos, mientras Javier daba una función en el patio de una escuela. Yo me crié en Río Cuarto, en Córdoba, fui a nacer allí casi de casualidad porque allí vivía la familia troncal de mi madre y cuando mi viejo murió nos quedamos con mi mamá, mi hermana, mi abuela y mis tías allá. Todas ellas nos contaban cuentos todo el tiempo, y los libros de Javier, sus primeras obras, estuvieron siempre. Un día, cuando yo cursaba sexto grado, organizamos en la escuela –la idea fue mía, me consta- un teatro de títeres, y la primer obra que hicimos fue una historia de Javier, El caballero de la mano de fuego. La hicimos con unos títeres bellísimos que había hecho mi hermana Moli, una persona muy inteligente y muy creativa. Yo puse la obra y la dirigí. Ese fue casi el comienzo. Porque en realidad volví a los títeres, y comencé un vínculo profesional con ellos muchos años más tarde.

Imagino la emoción para un titiritero de haber conocido tan cercanamente a una figura tan emblemática como Villafañe, ¿cómo fueron los pasos siguientes? ¿Con quién estudiaste y cómo comenzaste a trabajar?

Yo te decía que volví a los títeres muchos años después de mi infancia, aunque nunca me fui de ellos. Recuerdo que mi tía Elena siempre andaba con el perro -en mi casa siempre hubo muchos bichos: perros, gatos, tortugas- sentado en la falda haciéndolo hablar como un títere, en mi casa todo podía animarse. En mi infancia nunca sobró el dinero, es más, siempre estuvimos muy justas, pero nunca faltaron libros –mi viejo nos había dejado una biblioteca impresionante con libros de todo tipo a los que yo accedí desde muy chica-, y nunca nos faltó el cuidado y la fantasía tampoco. Yo terminé el secundario en Córdoba y me puse a estudiar Derecho, también hice Letras, pero no terminé ninguna carrera. Me casé, nacieron mis dos hijas, estuve un tiempo dibujando y también escribiendo cuentos. Tenía más de treinta años cuando me reencontré con los muñecos. Trabajaba entonces, a mediados de los ´70, en la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, en el Departamento de Letras con gente maravillosa y en tiempos muy difíciles donde nos las ingeniábamos para hacer de todo en los barrios. Un día organizamos un concurso de títeres y entonces lo conocí a Alberto Sebreiro que fue mi maestro. Antes igualmente había hecho algunas jornadas de títeres con los mellizos De Mauro, que también son unos excelentes titiriteros, ya el bichito me estaba picando en serio.

¿Fue en aquel entonces que surgió ‘El gato descalzo’?

Claro. En los seminarios de Sebreiro nos encontramos con Graciela Gambino y Alejandro Gómez Franco. Armamos un grupo que se llamó ‘El gato descalzo’ y en una de nuestras primeras creaciones colectivas nació El perrito Rito –¡mi amor!- que, originalmente manejaba Graciela. Hicimos un espectáculo para adultos que se llamó El gato descalzo se pone las botas, un espectáculo de humor que llevábamos por los café concert. Así empecé y ya no dejé. Porque además me encontré con Carlos Martínez que ya venía haciendo títeres también y trabajamos juntos durante mucho tiempo. Hicimos giras, tuvimos un programa en la televisión cordobesa, entramos en el Canal 10 por un concurso, trabajamos en plena dictadura. Pero no fue gratis, al poco tiempo secuestraron a mi hermano -que por suerte está vivo- y al otro día nos bajaron de un plumazo de la tele y nos cerraron las puertas en todos lados. Nos vinimos a Buenos Aires, esta ciudad maravillosa a la que yo elegiría una y otra vez para vivir, aunque amo a mi Córdoba y soy muy cordobesa en mi humor, en mi manejo del absurdo. Carlos se quedó acá, pero yo me volví a Córdoba y volví a tener un programa de televisión, casi al final de la Dictadura, en el Canal 8. Ese ciclo se llamó Rito y sus amigos, fue entonces cuando me encontré con Roly Serrano, un artista maravilloso con quien he crecido mucho. Trabajamos en Córdoba y luego aquí, en Buenos Aires. Juntos fundamos ‘Asomados y Escondidos’, hicimos obras como Con la música a otra parte y El dueño del cuento.

Contame de la experiencia de trabajo con Hugo Midón. ¿Qué significó Vivitos y Coleando?

Para mí fue una bisagra. Fuimos con Roly, hicimos los muñecos de ese programa y trabajamos mucho y muy bien. Fue una experiencia muy buena, muy rica, y de esa experiencia tengo la herencia de Carlos Gianni. Al heredarlo a Carlitos, hicimos Sietevidas, que para mí fue muy importante, un musical con títeres en grande, con una producción impresionante. La verdad es que yo nunca pensé que podía hacer una cosa así. Porque uno como titiritero está acostumbrado a hacer cosas, por lo menos en mi estilo, con pocos elementos, con elementos sencillos, casi cotidianos, y eso que tenés lo utilizás al máximo. Hacer un musical con títeres en un escenario como el del teatro Metropolitan fue impresionante, y la experiencia fue muy buena. Ese espectáculo lo dirigió Roly, yo hice el texto, y juntos ganamos el 1er. Premio Metropolitano de Teatro Infantil y Juvenil.

Mencionaste recién la “sencillez” del títere, recordando además tus comienzos en el patio de una escuela y con un par de muñecos, ¿podrías decir que es fácil, o al menos no muy complejo acceder al teatro de títeres? ¿Es eso una virtud?

En principio, el teatro de títeres, es el primer teatro de los conocidos. Muñecos articulados se han encontrado en tumbas muchos siglos antes de Cristo. Yo creo que es más fácil trabajar con títeres y un retablo que con actores y toda una puesta. Lo que sí, esa “facilidad” tiene que venir de la nobleza de la síntesis. Esto no significa que ser titiritero sea “fácil”. Un titiritero no necesita demasiados elementos para trabajar y tiene la posibilidad de armar un escenario en cualquier lado. De hecho, yo he presentado en el Cervantes la misma obra que después hacía en una escuela. Claro que esos pocos elementos con los que se trabaja deben ser los adecuados, los necesarios, es decir, los suficientemente expresivos como para que sirvan para decir lo que vos querés decir. Yo creo que al títere no se lo utiliza todo lo que se lo podría utilizar, y mirá que a la cosa en vivo no hay con qué compararla. El sentir que hay un peluchito que te habla es hermoso, es saber utilizar la fuerza, la dramaticidad, la metafísica del objeto. Por otro lado, hay algo fundamental que hace que la dramaturgia titiritera se diferencie de la dramaturgia en general, y es que en el teatro de actores, el actor representa el personaje, mientras que en el teatro de títeres el personaje es el personaje, no representa a nadie, se representa a sí mismo.

Al titiritero se lo conoce poco, o casi nada, pueden verse sus manos o sus pies y hasta parte de su vestuario, siempre negro, hasta conocerse su voz, pero prácticamente nunca su cara, ¿representa esto un ‘problema de identidad’?

A veces yo creo que soy titiritera, entre otras cosas, porque en relación con el espectáculo y el mundo de los actores yo soy bastante tímida en realidad. Es cierto que la gente no conoce la cara detrás de las voces o los gestos de los muñecos, pero… mirá, a mí me han pasado tantas cosas por eso mismo… En la época de Cablín, por ejemplo, vivía en Palermo y sacaba fotocopias para mi trabajo a la vuelta de mi casa, el que atendía el local era un señor muy serio de esos con los que uno conversa sobre el tiempo y más nada. Un día voy con una foto de Marimonia y el tipo me dice asombradísimo: “¿De dónde sacó esta foto?”. Yo le respondí que eran fotos ‘mías’ porque Marimonia era yo. El señor salió de atrás del mostrador, me abrazó y todo emocionado empezó a decirme: “Ay, no sabés como te quiero”. Y bueno, eso es parte de la vida del titiritero también, saber estar siempre detrás de la foto.

Si hoy tuvieras que volver a empezar, ¿el títere sería el elemento que elegirías una vez más?

Sí, definitivamente, me da una enorme libertad. Porque ciertamente, el títere se arma en cualquier lado y con cualquier cosa. Es, puede ser, cualquier objeto, todo, una media, un guante, un papel que atraviesa una mesa por una hendija en la madera y de repente se convierte en la aleta de un tiburón. Además, los títeres te habilitan un contacto muy directo con el público. Y te permiten decir y hacer montones de cosas sin ofender. El títere se puede permitir cosas que en un actor serían terribles: pegarse, insultarse, quemarse y resucitarse. Pero sobre todo, en lo que dice, el títere puede ser muy directo. Yo realmente siento que lo fundamental del títere es lo que hace y no lo que dice, pero cuando dice, así diga poco, es muy contundente. Y aparte realmente no necesitás mucha técnica para realizarlo.
Yo voy a cumplir 65 años en marzo, tengo el pelo bien blanco ya, hago títeres desde los seis, profesionalmente desde los treinta, y así y todo cuando llegamos a las escuelas con Sandra Antman y Mario Marino, los Asomados y Escondidos, escucho que dicen: “Ahí vienen los chicos de los títeres”


2007, en Fila

Con dramatrugia de Silvina Reinaudi, música de Carlos Gianni y dirección de Enrique Federman, La Fila fue una de las propuestas teatrales para chicos más celebradas de la temporada 2006, seleccionada para participar del II Festival Nacional e Internacional de Teatro para Niños y Adolescentes ATINA 2006. Tres actores -Denise Cotton, Mariela Kantor y Javier Zain-, frente a una ventanilla y a la espera, en fila, entre el nonsense y el disparate, viven situaciones inteligentemente disparatadas. En La Fila, los tres actores son tres personajes pero también son muchos más: un cocinero, una bruja, un burócrata, un hada descontenta, una deportista, una abuela, una fabricante de estrellas, un bombero, un caballo de calesita, un hombre de negocios, un músico rockero… y montones de sorpresas que con humor y canciones vuelven a escena en el mes de abril en el Teatro del Nudo.



Planeta Reinaudi

Silvina Reinaudi es –siguiendo sus propias palabras- “fundamentalmente titiritera y escritora”. Pero también es dramaturga, guionista de tv –integró el equipo que puso en el aire Cablín-, autora de cuentos y textos escolares, diseñadora y realizadora de muñecos –es la creadora de ‘El perrito Rito’, ‘Marimonia’ y los muñecos de Vivitos y Coleando, entre otros-. Fundadora y directora del grupo ‘Asomados y Escondidos’. Ha desempeñado tareas docentes como coordinadora de talleres para titiriteros y maestros en ámbitos oficiales y privados, en el Instituto Nacional del Teatro y en el Instituto Universitario Nacional del Arte. Actualmente, dicta seminarios de dramaturgia titiritera en Argentina y en España.

Entre las piezas de su autoría figuran: Huevito de ida y vuelta, Caerse vivo, Sietevidas, la vuelta del gato, Sapo de este pozo. Y entre los libros que llevan su firma, Marimonia en Pijama, Cuentos con la almohada, Cuentos con yapa. Desde finales de los ´80 es colaboradora permanente de Billiken, tiene a su cargo el desarrollo de contenidos del suplemento dedicado a ‘los más chiquitos’, Billy. Entre las muchas distinciones que ha obtenido, figuran el Premio Pregonero al Periodismo Televisivo (lo recibió junto a Roly Serrano por su labor en la televisión cordobesa), el 1º. Premio Metropolitano de Teatro Infantil y Juvenil (por Sietevidas, la Gatópera, año 1997), el ACE 2001 (por Sietevidas, la vuelta del gato), en el mismo año recibió el Diploma de la Fundación Konex al Mérito como una de las cien mejores figuras del espectáculo para el decenio 90-2000, y en el 2003 el premio María Guerrero al espectáculo infantil, en reconocimiento a su trayectoria.


Más inf. en: www.asomadosyescondidos.com

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