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01-08-2002 |

Notas y Entrevistas - Musica para chicos

Luis María Pescetti

Acaba de lanzar su último libro, “¡Buenísimo, Natacha!”. Está a punto de salir a la venta su nuevo disco, “Cassette Pirata”. Y desde agosto tiene un programa de música y humor para chicos en Radio Nacional. Es que Luis María Pescetti no es sólo escritor. También es músico, actor, cantautor: un verdadero showman que a la manera de un juglar moderno logra complicidad y espontaneidad en su relación con los chicos.

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Por Ariel Saidón

 


Músico, escritor, actor, locutor, humorista ¿Cómo se define Luis Pescetti?

Un poco de todas esas cosas que dijiste. Yo lo que hago es actuar y escribir pero si me preguntás qué es lo que no podría dejar de hacer, es escribir. Por suerte, no tengo que elegir y prefiero seguir actuando y escribiendo.

¿Cómo llegás a ese doble papel de actor y escritor para chicos?


Empecé como profe de música y en mis clases compartía con los chicos cosas que leía y otras que iba escribiendo. En ese juego, empecé a escribir literatura y al mismo tiempo canciones. Pero yo no tenía planeado trabajar como actor hasta que me invitaron a cantar mis canciones en público. Durante mucho tiempo, en mis primeras actuaciones, yo estaba sentado con la guitarra. Después me paré y empecé a usar otros recursos. Se fue dando paulatinamente.

¿Por qué elegiste al público infantil, tanto para escribir, como para actuar o cantar?

Te diría que casi por casualidad. Cuando yo estudiaba en el conservatorio, no pensaba trabajar para chicos pero una colega tuvo que dar unas horas cátedra y me las pasó a mí. Ahí empecé a trabajar con los chicos y a raíz de eso se dió el encuentro del conocimiento. Mi vocación era ser músico y escribir, me gustaban esas dos cosas.

En tus textos hay una forma muy particular de narrar, la historia no está contada en forma tradicional…

Se va contando sola la historia, se te van presentando los hechos. Pero eso en literatura es bastante común o, en todo caso, no es un recurso mío. En este caso, funciona bien con los chicos porque el mundo infantil es el protagonista. Yo no tomo a los chicos como receptores de un mensaje que les quiero decir sino que los pongo como actores de su propia historia. Y ellos se ven reflejados. Si vos vas a ver una obra de teatro y la historia coincide con lo que está pasando en tu familia, te identificás un toco y te pasan un montón de cosas. Ves un espejo ahí adelante.

Pero vos sos adulto, no sos un niño.

Soy un adulto con oído. Yo digo siempre que uno escribe más con el oído que con la imaginación. Porque es cierto que hace falta tener imaginación y creatividad para escribir una historia, pero también es cierto que hay que tener mucho oído, mucha sensibilidad, y coherencia en lo que se quiere contar. Cuando yo visito escuelas y me preguntan cómo se me ocurren las historias, hago un pequeño ejercicio con los chicos: “Díganme algo que les haya llamado la atención esta última semana”. Uno me dice una cosa y otros me dicen otras. Entonces digo: “¿Ven? Son todos del mismo grado, vienen a la misma escuela y sin embargo a cada uno le llamó la atención algo distinto. Eso es porque cada uno de nosotros somos como antenas sensibles a cosas distintas”. De eso se trata escribir. Empezamos como radares y seguimos como arqueólogos o paleontólogos. Es como encontrar un hueso y tener que reconstruir el animal tal como era, con su piel y sus pelos. Uno encuentra un pedazo de la historia, una frase, una imagen, algo que le llamó la atención. Por ejemplo, una vez un chico me dijo: “A mí lo que más me lllamó la atención es que el otro día viniendo a la escuela vi a un chico vestido de negro que tomaba agua de una alcantarilla.” Es muy loca la imagen. Imaginate reconstruir toda una historia a partir de esa imagen, que explique cómo es que un chico llega a eso. Ese es el trabajo del paleontólogo.

También utilizás un lenguaje bastante adecuado a los chicos, infantil, hablás como ellos.

Ese es el oído al que me refiero. Vos escuchás como hablan, escuchás como se relacionan entre ellos y después sos fiel a ese tono. Porque no es que escuchaste toda la conversación, sino que te quedó un tono. Y una vez que identificás el tono le hacés decir al personaje lo que quieras, o lo que se banque, en ese tono.

En los shows también lográs cierta complicidad con los chicos.

Es que yo no me paro enfrente como un adulto que les va a bajar línea, sino como lo hacen ellos frente a ellos mismos. Me peleo, les grito, me gritan. Una cosa que juega a mi favor es que hay tantos códigos en las cosas que se hacen para chicos y ellos recibieron tantos videos, películas, juegos, televisión que cuando salgo a escena ese chico tiene dos millones de horas como espectador. El chico ya sabe que hay un estereotipo de adulto en relación con un niño. Entonces, si vos entrás por otro lado y no hacés el estereotipo es más fácil establecer esa complicidad.

¿Existen limitaciones en cuanto a temáticas o a formas de trabajar por el hecho de dirigirse a los chicos?

No todos los temas interesan y de los que interesan sólo interesan ciertos aspectos. Cuando trabajás con chicos es como poner la cámara a la altura de ellos. Si estás con un chico de 12 años bajás la cámara a un nivel, si estás con uno de 8 años la bajás todavía más. Y aumentás o cerrás el ángulo. De esa realidad que enfoques vas a tomar algunas cosas y otras no. Es algo natural, casi orgánico: cuando ponés la mirada a la altura de un chico, se descartan temas y aparecen otros. Porque el mundo es otro. Cuando vos te imaginás un personaje, cuando construís un personaje, hay mucha coherencia en esa mirada. No descartás hablar de algunos temas sino que privilegiás otros por el peso de tu máscara.

Vos trabajás tanto acá como en México, pero la cultura argentina y la mexicana son bastante diferentes.

La tribu infantil se parece en todas partes. El mundo infantil es bastante más universal que el mundo de los adultos. No sé por qué. A lo mejor porque entre los adultos hay muchas referencias culturales. Y luego, lamentablemente la producción infantil está muy masificada. Lo que viene de Disney, lo que viene de canales de cable, lo que hay en videojuegos, se está pareciendo mucho en distintos países. Estas dos cosas homogeneizan, para bien y para mal. La idea es rescatar las singularidades. Porque está todo bien con que un video o un disco de Disney esté en muchos países, lo que estaría mal es si se consigue sólo el video de Disney. O si una distribuidora que distribuye este tipo de productos impide la entrada de otros. Eso sería un delito cultural.

Volviendo un poco a tus varias “profesiones”, ¿es muy distinto el contacto con el receptor en un libro, en la radio y sobre un escenario?

Sí. Un poco por como soy yo, en el escenario me obligo a una relación con mucha adrenalina. En la radio, en cambio, me permito mucha más intimidad, parar la pelota. Y a la hora de escribir más todavía. Disfruto mucho de eso, de que esa interacción, ese diálogo sea más íntimo.

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