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01-10-2003 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Otros temas en el teatro para niños

Para Hugo Álvarez, mientras se realice con seriedad y calidad artística, no existen temas que no puedan ser tratados en el teatro para niños. “Muchos suponen que a los chicos hay que evitarle la experiencia de ver en la ficción situaciones dolorosas, pero no hacen nada para evitar que las padezcan en la realidad”, afirma el director del grupo de teatro Mascarazul.

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Por Ariel Saidón



Sus dos espectáculos para chicos y adolescentes que presentó en Argentina desde que volvió de su largo exilio en Suecia, adonde vivió durante más de 20 años, despertaron polémica. Primero fue con Historia de un pequeño hombrecito, una obra que hablaba de la soledad de un hombre y la dificultad para relacionarse con otras personas. Luego en Los hijos de Medea, una puesta para adolescentes que actualmente se presenta en el Club del Bufón, trató el tema de los chicos como víctimas de los conflictos de sus padres. En ambos casos, logrando conmover a grandes y chicos con el trabajo teatral.

“Parto de una concepción sobre la cual la sociedad es responsable por el futuro de la infancia. Los niños desnutridos de hoy son los idiotas del mañana y los niños abandonados son los futuros delincuentes. Por las condiciones en las que viven, por la falta de amor y solidaridad que están recibiendo”, sostiene Hugo Alvarez.

El director del grupo de teatro Mascarazul se define a sí mismo como “un tipo de teatro que se conmueve con la realidad”. “Siempre soñé con una sociedad más justa -dice-, donde todos tengamos los mismos derechos, las mismas posibilidades, donde se garantice la educación, el techo y la comida para toda la comunidad. Mi identificación es con el teatro que refleja esa búsqueda”.

Desde ese lugar, presenta espectáculos para niños y adolescentes en los que se mete con temas que pueden ser controvertidos pero que, según él, son los mismos que sufren los chicos. En 1999 presentó Historia de un pequeño hombrecito, premiada en el Festival Teatralia de Madrid y en el Festival de Teatro para Niños de Necochea, donde abordó el problema de la soledad. “Al principio teníamos muchos temores. Porque fue un atrevimiento en relación al teatro para niños de este país, no acostumbrado a tratar estos temas. Pero enseguida tuvimos muy buena respuesta de la crítica y el público”, cuenta.

Actualmente está presentando Los Hijos de Medea, de los autores suecos Susan Osten y Peter Lysander, donde trata el tema de la separación de los padres y los hijos como víctimas de un conflicto que, a primera vista, podría resultarles ajeno.

“A lo mejor, hace diez años atrás una familia tipo era una mamá, un papá y dos chicos -señala-. Hoy hay un alto porcentaje de familias con padres separados y de mamás solas con dos o tres chicos. Y no hablemos de separación, difícilmente un chico no haya presenciado una discusión de sus padres. Se supone que al chico hay que evitarle la experiencia de ver en la ficción situaciones dolorosas, pero no se hace nada para evitar que las padezca en la realidad.”

¿Qué pasa con el chico que no vive ese problema como propio?

Los chicos son más inteligentes de lo que pensamos. Tienen una curiosidad genética, porque están buceando en la vida, quieren saber. Preguntan, preguntan. A mayor cantidad de información que le damos más ricas son sus posibilidades de sobrevivir con dignidad.

Yo me inspiro en mi propia experiencia. Cuando yo era niño veía en los circos dramones como Juan Moreira, Santos Vega, Lo que le pasó a Reinoso: cortes, asesinatos, de todo. Lo único que despertaba eso en aquel niño era magia. Los padres subestiman al chico al suponer que no pueden saber. Es el adulto el que se ha quedado con las culpas, los prejuicios, los miedos. Los niños son mucho más inteligentes y tienen la cabeza mucho más abierta.

¿Pero por qué hablarle a los chicos de estos temas dolorosos en el teatro?

Mientras lo que se ofrezca sean productos de calidad, y siempre que se haga con seriedad, no existen temas que no puedan tratarse en el teatro para niños. Ojo, tampoco estoy diciendo que el teatro dirigido a los niños deba ser exclusivamente de estos temas dolorosos. Mucho menos que deba transmitir un mensaje, no creo en el teatro didáctico. Lo que pienso es que se deben tomar aquellos temas que los directores o los autores crean que son importantes para la familia. Porque muchas veces, en el género infantil se cae en el teatro de distracción: dos o tres payasos, una animadora, unas canciones pegadizas. Y yo creo que los productos artísticos dirigidos a la infancia deben tener la misma calidad artística y deben estar hechos con la misma seriedad que los productos para adultos.

En ese sentido, ¿hacia donde debería apuntar el teatro para niños?

En principio, yo no creo en el género infantil tal como existe en muchas partes del mundo. Yo no creo que la música o la pintura, el arte en general puedan clasificarse como para niños o no. Beethoven no escribió la 5ta. sinfonía para chicos o para grandes, ni Picasso pintó cuadros para niños y otros para adultos. Lo mismo en el teatro. Yo creo que un niño puede ver perfectamente Shakespeare, Lope de Vega, Molière.

Fundamentalmente el teatro debe entretener, no puede aburrir. Pero también tiene que llamar a la reflexión, tiene que despertar la capacidad de análisis del espectador. Tiene que ser un lugar de entretenimiento donde se vivan experiencias fuertes, profundas, ricas, dolorosas, contradictorias. Y el niño también tiene que vivirlas. Yo no digo que todo puede ser visto por los chicos. Pero sé lo que no deberían ver, la mala televisión que ven y que nadie hace nada por evitársela.

¿Cuál es el límite, entonces?

El límite lo establece la sociedad, los ciudadanos, su desarrollo cultural, intelectual. La definición de los temas la hacen, en primer lugar, el autor y el director al proponer su tratamiento en un espectáculo. Pero después es el espectador el que decide ir o no ir a verlo. Es como un contrato. El equilibrio se logra cuando el producto tiene calidad y cuando el nivel cultural de la gente es equivalente. Un pueblo empobrecido difícilmente pueda contar con productos de calidad. Por eso es importante que en el país se invierta en cultura. Muchos problemas desaparecerían.


Pero la elección no es sólo de contenido sino también de forma. En las obras de Hugo Álvarez padres e hijos se conmueven profundamente con el trabajo actoral, un uso particular del espacio escénico, un buen libro y la utilización de diversos recursos estéticos. Algo poco habitual en el teatro para niños.

El tratamiento de los temas, por su parte, se realiza combinando situaciones que pueden ser llevadas hasta el dolor, pero equilibradas con momentos de humor y ternura.

¿Cómo recibe el público infantil estas propuestas?

En el Hombrecito… me acuerdo que había una escena en la que el actor tenía que llorar. Y el me decía: “¿cómo voy a llorar en el teatro para niños? Eso pasa en el teatro para adultos”. Me costó convencerlo, y cuando se hizo la obra los chicos lloraban, se emocionaban. Una chiquita me dijo: “yo me emocioné un poquito”, y otro nene me dijo: “a mí se me cerraba la garganta”. No está mal que se solidaricen con la soledad del personaje, que aprendan a expresar un sentimiento solidario frente al otro. Me parece muy importante despertar en la gente ese sentimiento de no ser indiferente frente al dolor.

En Los hijos de Medea, los personajes son chicos que hacen juegos de chicos. Y en la obra juegan toda la fantasía ante el dolor. Se quieren escapar de la casa, se quieren suicidar. Es muy duro pero los niños del público se entretienen, no es que se les está metiendo el dedo todo el tiempo. Y los ayuda a reflexionar.

¿Por qué Los hijos de Medea es sugerida para adolescentes, mientras que la autora la presenta para chicos a partir de los 8 años?

Historia de un pequeño hombrecito era una obra planteada por la autora para chicos de 4 años en adelante. Y no hubo problemas. El mismo director, la misma concepción, la misma búsqueda, fue aceptada sin problemas, a todo el mundo le encantó. Porque pese a que plantea el problema de la soledad no era un problema tan terrible.

Los hijos de Medea, en cambio, está escrita para chicos desde los ocho años. Es más, el libro original fue escrito con la colaboración de una escuela. Susan Osten y Peter Lysander cuentan que fueron a la escuela y les contaron a los chicos la historia de Medea. A la semana siguiente, los chicos habían hecho dibujos a partir del relato y, a partir de ahí, les plantean hacer improvisaciones. Los chicos sugerían las cosas que no debían estar y así la fueron elaborando.

Cuando yo estrené acá, lo hice en un horario de teatro para niños, a las 5 de la tarde. Pero venían los adultos con los nenes y decían: no, esto no es para niños. Entonces la subimos un poco de horario y decidimos presentarla para adolescentes. De todos modos, es una obra que produce mucha catarsis en el público adulto. El otro día una mujer, cuando terminó la obra, estaba bañada en lágrimas.

¿Qué pasa en el entorno del teatro infantil con el teatro que hacés vos?

Los directores y autores que ya están instalados en el género y han hecho de eso su medio de vida, hacen el teatro que hacen, yo no los juzgo. Pero evidentemente tienen posición. ¿Qué te estoy diciendo con esto? Que sé que algunos tienen una mirada recelosa. Las mismas características de la sociedad también se manifiestan en el ambiente del teatro. Pero también hay excelentes directores que hacen productos que he visto y me han gustado mucho.

A mí lo único que me importa respecto de ellos es que a partir de esta idea del teatro se sientan comprometidos a modificar ese teatro de distracción.

Tanto en Historia… como en Los Hijos…, el tratamiento del espacio es diferente y la escena se desarrolla a poca distancia del público. ¿A qué se debe esa cercanía?

Un elemento distintivo de mi teatro es la no utilización del teatro a la italiana. Los dos espectáculos fueron concebidos en el espacio rectangular, con público alrededor. De esa manera rescato el círculo, el rito, el picadero del teatro criollo y una participación más comprometida del espectador. La cercanía rompe las ilusiones, porque ves la lastimadura que se hizo el actor, la media zurcida de la actriz, ves otro tipo de cosas.

También utilizás recursos novedosos en el teatro para niños, un teatro muy gestual en un caso y textos potentes en el otro. ¿Creés que hay recursos más adecuados que otros para dirigirse al público infantil?

Los mismos recursos que son mágicos para el adulto también lo son para el chico. En este último espectáculo yo uso aéreos. El personaje de Clauze, por ejemplo, la mina por la que Jasón y Medea se separan, es una muñeca que cruza todo el escenario. De esa manera, siempre está presente el conflicto, va y viene. A los chicos y a los grandes les encanta. Son recursos simples y que tienen que ver con la fantasía. Lo que trato de hacer es trasladar al escenario el mundo de los sueños, ese mundo onírico, esa imagen tan bella a veces irrealizable en la realidad. Y el público lo agradece. Al hombre le gusta la poesía y el niño la valora mucho más.


¿Quién es Hugo Alvarez?

En los ‘50 había sido parte de la “edad de oro” del teatro independiente como integrante del Teatro Fray Mocho, que bajo la dirección de Oscar Ferrigno convivió con otros grupos innovadores de la escena nacional (como el Nuevo Teatro de Alejandra Boero, entre otros).

Durante la década del ‘60, protagonizó varias películas de lo que más tarde dió en llamarse Cine de la Resistencia (Operación Masacre, Los Traidores, Los hijos de Fierro, etc.). Justamente por esta participación, debió exiliarse una vez iniciada la dictadura militar.

Primero se marchó a Perú donde participó de las primeras películas habladas en quechua y que trataban la problemática del campesinado peruano, hasta que fue detenido y enviado a la Argentina por el Plan Cóndor de intercambio de prisioneros. El Sindicato de Actores de Perú logró liberarlo y ponerlo bajo el cuidado de Naciones Unidas. Es en ese momento que decidió radicarse en Suecia, donde permaneció por más de 20 años.

Allí dirigió su propia escuela de teatro y fundó dos grupos: Teatro Popular Latinoamericano, junto a un grupo de actores chilenos, y Mascarazul, que presentaba en sueco obras de autores latinoamericanos.

En 1985, visitó la Argentina con la obra La infancia de Hitler, en una gira latinoamericana. Desde 1998 se radicó definitivamente en nuestro país.

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