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01-06-2004 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Pasión por el movimiento

Bailarina, coreógrafa y profesora de Educación Física, Marta Lantermo divide su tiempo entre la creación y producción de sus espectáculos y los talleres para niños y adolescentes que dicta en su propia escuela de danza y acrobacia. En sus clases, como en las funciones, intenta transmitirle a los chicos la misma pasión que ella siente por el movimiento.

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Por Ariel Saidón



Definitivamente, el taller de Marta Lantermo no parece un estudio de danzas. No hay espejos ni pasarelas, las paredes (al igual que el piso, que no puede pisarse con calzado) están recubiertas por una madera blanca, y de las vigas del techo (ladrillo a la vista pintado de blanco) cuelgan un trapecio y dos telas de colores. A un costado, apiladas, unas cuantas colchonetas azules y sobre un estante de material, los otros objetos que utiliza para sus clases (pelotas inflables, sogas, telas y otros materiales).

Pintada sobre cuatro azulejos, la figura de San Cayetano. Eso, y unas enormes puertas de madera que conducían a la cámara frigorífica son los únicos rastros que quedan de lo que fuera la carnicería y verdulería del barrio. El día de la entrevista, no hay talleres en su escuela. Pero no es difícil imaginar a los chicos saltando, trepando, balanceándose, bailando en esta auténtica caja de fantasías.

Tu estudio se parece más a una escuela de circo que a un estudio de danzas…

Es que, en realidad, mi llegada a la danza está influenciada por todas las cosas diferentes que hice. Yo empecé a los 20 años a estudiar danza. Antes hice el profesorado de Educación Física, y creo que el entrenamiento deportivo me sirvió muchísimo para el tipo de danza que hago. El movimiento que imprimo en mis obras tiene algo de esa energía del deporte. Pero también estudié clown, circo y otras disciplinas teatrales que me sirvieron a la hora de presentar mis espectáculos.

O sea que de chiquita no bailabas.


De chiquita me trepaba por todas partes, caminaba por las cornisas de mi casa y jugaba mucho. Como tenía mucho espacio, siempre me atrajo el movimiento, me gustaba la altura, los movimientos fuertes y siempre soñé con ser trapecista de un circo. Eso me hubiese encantado.


Lantermo tiene una formación corta y ecléctica. Su interés por investigar las posibilidades del movimiento corporal la llevó a recorrer distintas disciplinas artísticas y deportivas. De la educación física a la gimnasia rítmico-deportiva, de ahí a la Expresión Corporal y las distintas técnicas de la danza (contemporánea, clásica, contact-improvisation y otras técnicas alternativas). Y, por último, una incursión en la acrobacia y las técnicas de circo que le permitieron experimentar con el trapecio (llegó a hacer una coreografía para 5 trapecios que se presentó en el C. C. Rojas). Su trabajo como docente y artista está necesariamente influenciado por cada una de las disciplinas en las que incursionó.

¿Cuál es el punto de partida para los espectáculos?

¿Para los de chicos o para los de grandes? (…) En general, creo que tiene que ver con lo que le pasa a uno como artista y como persona. La última obra, Carne y Piedra, trata sobre el tema de la muerte. Es una obra muy opresiva que surgió desde un lugar de mucho dolor y mucha tristeza. Yo había sufrido la pérdida de mi padre y tenía la necesidad de plantear un trabajo de ese estilo.

Pero ahora, el nacimiento de Lucio, mi segundo hijo, me provoca pensar en cosas bonitas, aéreas, etéreas, mucha luminosidad. Y la segunda versión de El Redondel (que estrenamos el mes pasado en funciones para escuelas) tiene una onda así, de brillo y de luz. Ahora estoy en las puertas de un nuevo proyecto. El próximo espectáculo que estoy pensando es un unipersonal, porque tengo muchas ganas de volver a bailar y de experimentar con mi cuerpo.

¿Hacia adonde apunta el trabajo con los chicos en el taller?

Fundamentalmente a que los chicos tengan un buen vínculo con su cuerpo y con el movimiento. Desde la pasión que a mí me despierta, intento, en líneas generales, transmitir esa sensación de placer.

Con los más chiquititos, de 2 a 6 años, trabajo sensaciones kinéticas: balanceo, suspensión, etc. Ellos están en una etapa donde lo único que quieren hacer es jugar. Probar y experimentar con el cuerpo a través de sus juegos y los que se le proponen. Saltar, trepar, rodar son todas formas básicas a desarrollar y que yo desarrollo desde lo acróbatico.

Con los más grandes, empiezo a trabajar lo técnico. Pero lo que trato de despertar en cada chico es la destreza propia de su cuerpo. Lo que me interesa es transmitirle a los pibes lo maravilloso que es poder moverse en el espacio dominando su propio cuerpo. Es algo muy particular, producto de mi formación deportiva y artística.

¿Y el tema de la expresión?

No pongo el énfasis en lo expresivo, no se puede trabajar todo en un taller. Pero me parece que surge del movimiento mismo. Un pibe moviéndose de una determinada manera, tiene el cuerpo en una determinada tensión y el gesto acompaña a eso; la cara es parte del cuerpo.

Lo mismo opino sobre mis bailarines. Yo no trabajo demasiado la gestualidad, salvo en casos excepcionales (como en El Redondel que tiene desarrollado un trabajo de clown). Si está trabajado a fondo, la expresión surge del cuerpo en movimiento y de la energía del movimiento.

¿En tu taller pasa lo mismo que en las escuelas de danza, donde no hay nenes varones?

En los más chiquitos, hasta ocho años, no pasa eso. Las nenas y los nenes vienen por igual, por lo menos a las clases de acrobacia. Pero en las clases de danza directamente no hay varones. Yo creo que es un problema cultural de la Argentina, donde hay muy pocos bailarines hombres. En otros lugares del mundo no es así. Es un prejuicio muy grande que genera un grave problema, porque realmente hay muy pocos varones que bailen. Y no los va a haber hasta que las madres no manden a sus hijos a bailar.

Porque los varones, sin embargo, también se mueven mucho y usan el cuerpo. A veces, incluso, más que las mujeres. Sólo que se los orienta hacia lo deportivo.

Sí. Y la verdad que los varones bailando… Bueno, en realidad todos bailamos. Algunos nos dedicamos a estudiar técnicas de danza y hacer espectáculos, pero todos bailamos si nos ponemos a bailar, de la misma manera que todos cantamos.

Pero para cantar hay que ser afinado y para bailar tener ritmo. ¿Eso es un don o un aprendizaje?

Es un aprendizaje. Por eso me parece importante que los pibes lo tengan. Hay ciertas cosas fundamentales que cualquier persona debería atravesar.


Planeta Lantermo

Marta Lantermo tuvo su primer acercamiento al arte a los 7 años, con sus estudios de piano. Pero su vinculación con el movimiento se dió a través de la educación física. Posee una formación independiente que combina técnicas de danza (contemporánea, clásica, barra a tèrre, contact-improvisation, improvisación en danza-teatro), clown, circo y canto con reconocidos maestros del país y del exterior.

Fue intérprete del Grupo de Danza Teatro de la UBA y de la Compañia Eléctrica, dirigida por la bailarina Mariana Bellotto. En 1989 creó, junto a Patricia Dorín “El Redondel”, compañia dedicada a la producción de espectáculos de danza y teatro para niños. Con ella estrenó: El Redondel (1990), Tres hechizadas (1994) y Oceánica. Un cuento de sirenas (2000, con dramaturgia de Ana Alvarado).

Desde 2000 dirige su propia compañía de danzas, M/L. Su último espectáculo para adultos, Carne y piedra tuvo buena respuesta de la crítica y fue seleccionado para participar en numerosos festivales nacionales e internacionales.

Actualmente está presentando una nueva versión de El Redondel, en funciones privadas para escuelas. Además, coordina la escuela de danza y acrobacia El laboratorio, donde dicta talleres para niños desde 3 años y adolescentes.


Opuestos complementarios

El Redondel fue el primer espectáculo de Marta Lantermo. Realizado en conjunto con Patricia Dorín, es una obra de danza-teatro para chicos que combina las técnicas del clown con el movimiento y el trabajo con objetos (pelotas y tubos inflables). Estrenado en 1989 con la participación como intérpretes de las directoras, acaba de ser presentado en una nueva versión, en funciones privadas para escuelas.

En la obra, dos personajes diferentes (una de las bailarinas es muy alta, la otra es muy baja) desarrollan situaciones donde juegan el tema de los opuestos complementarios. Con un humor que recuerda al cine mudo, es un espectáculo sin texto donde la música y el movimiento guían la acción.

“En esta nueva versión hay algunas escenas nuevas, pero lo que se cambió fundamentalmente es la estética visual. -cuenta la coreógrafa- Hay una idea de mayor transparencia y luminosidad. Los objetos y la escenografía son traslúcidos y permiten ver lo que pasa del otro lado; el vestuario y la puesta de luces también son novedosos. Además, las ideas se desarrollaron y se profundizaron coreográficamente”.

 

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