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01-03-2005 |

Notas y Entrevistas - Televisión infantil

¿Qué tan malos son los malos?

Frente a la realidad de que los chicos pasan muchas horas frente al televisor, Carlos Roque Marino propone fomentar la reflexión antes que prohibir o limitar. Docente e investigador en medios audiovisuales, cree que una lectura crítica de los dibujos animados permitirá a los chicos elegir libremente y sacar sus propias conclusiones sobre lo que ven.

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Por Ariel Saidón

 

 

¿Qué significa “lectura crítica de los dibujos animados”?

Lo que yo propongo es un punto de reflexión ante la imagen que consume el niño y el joven. Partiendo de la realidad de que los chicos ven dibujos animados durante varias horas por día propongo a los padres y a los docentes que incentiven la reflexión del chico sobre lo que ve. Pero para eso es necesario que los adultos primero pongamos en cuestión nuestras propias premisas. El taller “¿Qué tan malos son los malos?” -que dictó Marino en el último Festival de Cine para la Infancia y la Juventud, realizado en Buenos Aires- propone precisamente eso. A partir de conocer las técnicas del dibujo animado y de ver como se usan y como se emplean, propongo replantearnos qué creemos que es malo...

¿Para los chicos?

Para todos. La sociedad determina qué es lo bueno y qué es lo malo sin puntos de inflexión. Nosotros decimos, por ejemplo: es malo que los chicos miren tanto tiempo la televisión; o es malo que miren productos violentos. Entonces, empecemos por pensar qué es lo malo. Lo mismo respecto al tiempo: ¿qué es mucho y qué es poco?. El chico dice: “yo miro televisión tres horas por día y para mí es poco”. El padre dice: “mi hijo mira una hora por día televisión y para mí es mucho”. ¿Por qué, mejor, no pensamos cuáles son las causas de que los chicos miren televisión tantas horas por día? La televisión está incorporada al consumo electrodoméstico de la casa. En algunas casas más y en otras menos, en la pieza del niño o en el comedor, pero está prendida casi permanentemente. Y eso influye en la elección del niño.

¿Cómo hacer, entonces, para que los chicos vean menos televisión?

Antes que prohibir o limitar tenemos que generar la reflexión. Y para eso estamos nosotros, padres y docentes, los adultos que estamos en contacto con chicos. Tenemos que conversar con ellos sobre lo que ven en la televisión. Ya sé: me vas a decir que un padre no puede o no tiene tiempo porque viene cansado de trabajar. Pero aunque sea cinco minutos, mientras compartimos la cena... Esa es la única forma de que encontremos un punto de contacto con el mundo del niño.

¿La idea es ofrecerle algo distinto a lo que ve en la televisión?

No, primero tiene que reflexionar sobre lo que ve. Si lo distinto está en un festival, si lo distinto está alejado de su realidad, entonces hay que sentarse con él y decirle: ¿por qué mirás esto? Con preguntas simples, sencillas que salen de nosotros mismos. Recuperar la función social que tenía la cinematografía, el mundo audiovisual, cuando nos sentábamos en un café a discutir una película. ¿Por qué no hacerlo con el dibujito que ve el chico a la tarde?

La dificultad se plantea cuando se trata de dibujitos o programas que el chico ve sólo, por no ser una visualización compartida.

Pero ya la pregunta despierta al pensamiento. Es decir, la imagen es visceral, te gusta o no te gusta, te atraviesa los sentidos, te parte en dos permanentemente, te da con un caño inmediatamente. En cambio, la palabra te hace reflexionar. Una sola pregunta de un padre, una sola pregunta de un docente hace que se produzca el acto reflexivo. El pibe siente que ese adulto se interesa por él, por lo que está diciendo, siente que puede compartir con él, aunque sea por cinco minutos, su dibujo animado y se pone a pensar a partir de eso.

Pero frente a tanto bombardeo de los medios, ¿los chicos tienen esa capacidad de leer críticamente?

Yo no sé si la tienen, en todo caso no estoy tan seguro de que no la tengan. Y creo que si hay un mayor que hace la pregunta, el chico va a reflexionar inmediatamente. A lo mejor la primera vez va a decir, simplemente: porque me gusta. Bueno, pero ¿por qué te gusta?, ¿qué es lo que te atrae?. Esa es la primera pregunta, pero después vendrán otras: ¿cuál es el héroe de esta película?, ¿con quien te identificás? Muchas veces se dice que la televisión y sobre todo los dibujos animados fomentan la violencia, refuerzan prejuicios y no despiertan la imaginación ni el pensamiento crítico. Precisamente la imagen, al ser visceral, no permite que aflore el mundo reflexivo. Pero respecto a la violencia yo me pregunto: ¿desde cuando hay violencia en el dibujo animado? Popeye, Tom y Jerry y tantos otros dibujos animados de nuestra época también son violentos.

Por otra parte, ¿qué les ofrece el mundo de distinto a los chicos? Recuerdo un chiste de un humorista donde la madre reprende al hijo que está viendo dibujos animados: “Mirá lo que estás viendo, pura violencia...”, dice. Mientras que por la radio se escucha el noticiero: asaltos, secuestros, guerras...

¿Eso demuestra que lo que nosotros veíamos también era malo o que lo que los chicos ven no es tan nocivo como parece?

Por eso la pregunta: ¿Qué tan malos son los malos? No se puede decir que una serie es completamente mala, por esto o por lo otro, sin antes analizar sus condiciones de producción. Porque, en definitiva, ¿quién hace los dibujos animados? Generalmente, los hacen los adultos. Y los hacen con un motivo, queriendo comunicar algo a los niños. Pero ese mensaje no está totalmente desligado de un mensaje intelectual; es decir que baja una ideología. Entonces, pregunto: ¿ese hombre, que baja una ideología, para quién trabaja? La mayoría de los productos que nosotros vemos vienen de factorías inmensas, todas de origen norteamericano.

¿Y en el caso del animé y los dibujos japoneses...?

Ahí intervienen otra serie de factores. Porque cuando un producto es doblado sufre transformaciones. Y en el caso del dibujo japonés cuando se traduce a otras culturas cambia completamente el sentido de su mensaje. Por un lado, se produce una invasión al mundo del niño con un mensaje cultural que no le pertenece. Además, cambia el mensaje que el niño recibe en cada cultura. En un determinado mundo cultural, familiar y social, ofrecerle a los niños un mensaje distinto ¿no son cosas malas y violentas? Estás ejerciendo la violencia para hoy o para mañana: un chico que está reñido con las costumbres de los padres y de la sociedad que lo rodea es un problema primero familiar y después social. Eso tal vez es más violencia, a lo mejor, que una bomba o que un tipo matando gente siempre y cuando quede en el campo de la ficción.

Pero hay otras cosas para analizar. La temporalidad del dibujo animado, el hecho de que algunos personajes son asexuados, que no relatan casi nunca las vidas familiares...

Pero ese es un análisis que puede hacer el adulto...

Todo eso lo puede analizar el adulto y puede charlarlo con el niño. La cigüeña que aparecía en los dibujos animados de la década del ’70 no existió nunca. Entonces, lo que no hicieron con nosotros, de advertirnos que esa cigüeña no existía, con estos chicos hay que hacerlo. Lo del cuerpo que se deforma, es un cliché del dibujo animado. Entonces, hay que enseñarles a cuidar su cuerpo. Porque uno no es un dibujito animado. Uno es real y aunque el chico diferencia la ficción de la realidad, el bombardeo es permanente. Por eso es necesario generar el punto de reflexión.

 

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