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01-11-2000 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Ricardo Talento, un hombre de teatro

Actor, director y dramaturgo, Ricardo Talento se define como “un hombre de teatro”. En sus 35 años de trayectoria, actuó y dirigió en igual proporción obras infantiles y para adultos. Sus puestas se caracterizan por la convivencia de distintos lenguajes: el clown, la murga, los títeres y el teatro tradicional.

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Por Ariel Saidón



Ricardo Talento forma parte del grupo de teatreros ambulantes Los Calandracas desde su formación, hace doce años. Actualmente co-dirige El Fulgor Argentino junto a Ademar Bianchi y está a cargo de la dirección artística de la murga Los Descontrolados de Barracas. También es director de Los chicos del cordel, un espectáculo de teatro callejero en el que trabajan más de 60 actores.

Autor de títulos como El Soplador de Estrellas y El príncipe rapaz, entre otros (todos con muy buenas críticas) es uno de los principales dramaturgos de teatro infantil y uno de los pocos que escribe obras que, finalmente, son estrenadas por otros directores.

¿Qué define a una obra como infantil, la temática o el tratamiento?

Podría ser el lenguaje. Aunque yo cuando escribo para chicos soy muy poco ortodoxo y bastante empírico. No me propongo usar un lenguaje infantil, ni estoy pensando en que tiene que ser para chicos sino que escribo desde mi inocencia, desde mi saber. A uno le cuesta comunicarse con los chicos cuando pierde la inocencia de actuar, la inocencia de escribir, la inocencia de dirigir.

Uno a veces necesita enrolar las cosas, ponerlas en una casilla. Pero, en realidad, no está tan diferenciado. Con Los Calandracas empezamos haciendo un espectáculo para chicos porque encontramos un cuento de Elsa Borneman que nos encantó. Y como lo hacíamos en las plazas, siempre decíamos que era un obra para chicos pero el 70 u 80 por ciento del público era adulto. En este momento, estamos haciendo un espectáculo para adultos en el que 25 de los actores son chicos. ¿Y por qué no lo pueden ver ellos?, ¿por qué no lo pueden actuar?

Generalmente, eso les pasa a los padres. Los padres son los que ponen las barreras; los chicos perciben bien cosas que por ahí a los adultos les parece que no son para ellos. Y después vemos cada cosa en televisión que...

¿Cómo se da tu llegada al teatro popular callejero?

Yo creo que tiene que ver con como uno se cría y se forma. En función de eso, cuando necesita comunicarse, expresarse, busca dónde con quien quiere hacerlo. En la calle, yo descubrí un espacio apasionante. El espacio escénico de la calle es bárbaro.

¿En qué sentido?

Por un lado, en la posibilidad creativa. Yo siempre digo: un lugar por el que uno pasa todos los días, haciendo una obra de teatro se anima de otra forma, adquiere otra magia, se transforma por el hecho teatral.

Además demuestra que el teatro como hecho humano no está muerto para nada. Si vos te parás en la calle o en una plaza a hacer una obra de teatro y al ratito tenés a 300 o 400 personas mirando, incómodos, parados y que no pensaban mirar teatro pero que se quedan, evidentemente la comunicación que produce el teatro es válida, está viva.

En Los chicos del cordel utilizamos al barrio como espacio escénico: las casas, las calles. Y un montón de gente viene todos los domingos a ver ese espectáculo callejero.

¿Cuál es la diferencia entre la puesta de un espectáculo en la calle o en una sala?

Yo trato de no hacer teatro al aire libre sino de usar el espacio de la calle. Porque, muchas veces, en la calle se hace lo mismo que en la sala pero se pone afuera. Aunque generalmente no hago espectáculos a la italiana, en el escenario, y cuando hago cosas adentro también trabajo mucho con el espacio. Porque determina totalmente al espectáculo.

Y la calle te da más libertad.

En la calle los espacios están. Es cuestión de mirarlos con otra mirada, con otro ojo, y aparece la magia… En la calle, no armamos escenografía. Utilizamos lo que tiene y ponemos algunos elementos. En la ventana de una casa muy vieja hay un actor que canta una serenata. Y otro que asoma del altillo que nos presta un vecino.

¿Cómo toman los vecinos esa invasión?

Bien. Al principio les resultaba raro pero ahora nos esperan todos los domingos, cuando no estamos nos preguntan qué pasó y cuando llueve sufren igual que nosotros porque no podemos hacer el espectáculo. Lo tomaron como algo propio porque se está hablando del barrio y de cosas que les pasan a ellos.

Y eso también lo produce la calle. Se produce una comunicación muy buena con el vecino, con el público. En la sala siempre hay una sensación de que el público viene a juzgarte. Pero en realidad está a favor tuyo; si viene a verte, lo que menos quiere es que falles. En la calle, eso viene más fuerte. Porque uno tiene que tomar esa energía del público que está ahí, lo ves. Se rompe la cuarta pared y la energía que se trabaja es otra. Además en la calle no tiene ninguna obligación de quedarse. O lo atraés o se va. Y es muy divertido, es apasionante. Muy pocos actores se le animan a la calle pero, los que lo hacen, encuentran un espacio apasionante de actuación.

Algo que te caracteriza es el hecho de mezclar los distintos lenguajes.

Sí, en definitiva, lo que hay que tener en claro es qué se quiere contar. Después, los lenguajes se van buscando. Yo no digo a priori , "esto va a ser tal cosa". Empiezo a laburar con imágenes, con historias, con cosas. Trato de no predeterminar el lenguaje, la estética. Aunque uno ya tiene su estética y le sale.

Además de autor y director de teatro, vos sos actor. ¿No extrañás el oficio de actuar?

En realidad me siento muy bien. No lo extraño para nada. Además, yo no sé hacer eso de estar actuando y dirigiendo. A veces hago algún reemplazo con Los Calandracas pero me siento incómodo. La dirección me absorve mucho y estando adentro no tenés la totalidad, tenés la mirada parcial de tu personaje o desde el lugar del actor.

¿Y dirigido por otro?

En este momento estoy muy lleno, muy contento con lo que hago y no tengo la necesidad. Por suerte, porque a veces hay directores que les gusta actuar e imponen formas de actuación porque son sus ganas, porque es su estilo. En ese aspecto yo no tengo ninguna gana, entonces no impongo que un personaje tiene que ser de tal manera porque yo lo haría así. Al contrario, a mí me apasiona el cuerpo del actor, lo que propone, lo que sale de él.

A partir de un personaje escrito por vos.

Sí pero, en definitiva, el texto escrito es literatura. Hasta que no se lo pone un actor encima y arma el personaje es sólo eso, un texto. Es muy apasionante ver cómo aparecen cosas que vos ni te habías imaginado, ni se te habían ocurrido en el papel. Generalmente, las obras las voy armando con los actores. Yo traigo mi propuesta, los actores me dan la suya y después escribo. Como era antiguamente en las compañías de teatro: estaban el autor, el director y los actores todos juntos.

Las obras para chicos que no he estrenado son obras que escribimos para nosotros pero después no las estrenamos porque no teníamos la producción o porque salía otro proyecto.

Y como autor, ¿cómo te sentís cuando otro director agarra tu obra y la transforma?

No, en eso soy totalmente irresponsable. Yo les dejo hacer. Siempre me pongo a disposición de los directores en lo que necesiten, estoy para modificar, para sacar o para poner. Pero yo creo que el teatro es una totalidad. No creo que sea del autor, ni del director, si le pertenece a alguien es a los actores y al público que son los únicos que no pueden faltar. Todos los demás podemos no estar.

¿Vas a ver tus obras cuando se estrenan?

Sí, voy a verlas al ensayo si el director me invita. Pero no me gusta ir y ofenderme si sacaron una coma. Por ahí, si me parece que el espíritu de la obra no está lo charlo con el director. Pero como yo también soy director me pongo su lugar.

Cuando el autor no es más que autor a veces se pone muy esquemático y dice: ay!, me sacaron una frase, me sacaron esto. Yo soy respetuoso de los textos porque creo que el texto tiene una armonía, tiene una musicalidad y no podés cambiarle palabras. Pero si el director, junto con los actores, descubre que algo está demás o hace ruido hay que sacarlo. Porque en el hacer aparece la totalidad.

En teatro todo es una armonía. Porque vos podés hacer las cosas bien y de repente el técnico prende las luces a destiempo y te crea otro clima que no era el que vos querías. Eso es lo apasionante que tiene. Es un trabajo tan grupal que no podés ser individualista. Si sos individualista, en algún lado hacés agua. Porque cada personaje necesita del otro, es un laburo de equipo.

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