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01-07-2010 |

Notas y Entrevistas - Televisión infantil

Vivir jugando

Un payaso puede vivir para siempre. Entonces, sus primeros 20 años lo encuentran en una especie de infancia tardía en la que toda celebración tiene ánimo de cumple infantil. A Piñón Fijo le pasa algo similar y su creador, Fabián Gómez, explica que el tiempo transcurre distinto cuando la vida se gana haciendo lo que lo apasiona.

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Por Celina Alberto



La magia funciona de un modo extraño. En la vida de Fabián Gómez se activó muy temprano, como una búsqueda que empezó mucho antes de que él mismo se diera cuenta que tenía que hacerlo. Había un traje amarillo con bonete, una bicicleta y una tropa de amigos de peluche en algún punto de su futuro; si no entraba en el carril adecuado, el tren iba a pasarle por encima. Entonces, a los 16 años, por una casualidad que más tarde interpretaría como una señal luminosa, Fabián entró al círculo mágico y entendió su lugar en el mundo: conectarse con su lado payaso y divertir a los chicos.

Pasaron algunos años, algunos cursos de teatro, de mimo, de actuación, de técnicas escénicas. Y a los 23 años, con dos hijos y nuevas responsabilidades, salió a la calle a probar y a probarse. Tan bien le fue que hoy, 20 años después, asegura que experimentó todo ese tiempo como una tarde de juegos en el patio de su casa.

¿Cómo es hacer de payaso tanto tiempo?

Debe ser como cuando uno es niño, que te ponés a jugar y se te pasa volando. Te llama tu vieja a tomar la leche y parece que el tiempo pasó muy rápido. Esa misma sensación tengo. No siento que fueron 20 años. Para mí fue puro placer, juego, diversión y lo sigue siendo. Ahora ando de gira con mis hijos en el escenario. Sol tiene 22 años; Jeremías, 21 y siempre hago el mismo chiste de que el personaje es más joven que los hijos.

¿Cómo fue para ellos crecer con un padre payaso?

Ellos han acompañado los procesos de Piñón muy desde adentro. Creo que mucho daño cerebral no les hizo. Ahora están de gira conmigo porque ellos quisieron. Desde chiquitos, con Karina siempre los incorporamos a todas las vivencias. Cuando empezamos de mochileros ellos eran parte de nuestro equipaje.

¿Qué conservás de aquellos comienzos como artista callejero?

Siempre conservo la ansiedad, la emoción, el dolor de panza antes de salir al escenario, las cosquillas que te genera hacer algo nuevo y probarlo en el escenario a ver qué cara ponen los chicos. Eso no me cambió en nada. Hay cosas que se me hacen más fáciles ahora porque tengo un equipo de gente trabajando: los hermanos Pérez, gente de Córdoba que es como cuando jugás a la pelota y pasás sin mirar siquiera. En mis inicios, estaba en la calle y era sonidista, iluminador, repartía las tarjetas y actuaba. Pero ese bagaje de conocimiento me sigue sirviendo de mucho cuando las cosas no salen como uno espera.

¿Qué sensación te dejó tu experiencia como ídolo nacional en la tele porteña? ¿Te desencantaste un poco?

Sí, pero no con el público. Hace poco estuve presentando el disco en La Trastienda y cuando andaba en la calle, vestido de Piñón, me sorprendía cómo tiene la gente instalado al personaje, como si fuera un amigo de toda la vida. El quiebre fue con ciertos espacios del periodismo, con los golpes bajos y las chicanas de siempre. Uno nunca está preparado para afrontar eso. Creo que nunca renegué del hecho de estar en Córdoba, a mí me puede eso. Tan es así que el sábado ganamos el Martín Fierro del interior con un programa hecho desde Córdoba, y desde ahí se va a Mendoza, Tucumán, Jujuy, Santa Fe y Entre Ríos sin pasar por Buenos Aires. Me puede ese instinto federal que uno tiene en el interior. Acá las cosas se hacen, capaz que con el triple de esfuerzo pero se puede. Quizá para el establishment capitalino esto resulta medio incómodo, y hablo de los medios no del público. La gente es muy generosa y extrovertida. Te dicen que te aman porque les cantás una canción que les gusta.

¿Cuál dirías que es tu situación favorita en escena, mucho público o audiencias más íntimas, como en tus giras?

He pasado de estar actuando para 10 niños y después estar en escenarios para 100 mil personas. Disfruto cuando uno está en esos teatritos que por desgracia en muchos lugares están abandonados, como las sociedades italianas, teatros preparados acústicamente de una manera muy grosa. En esa época la gente que hacía teatros sabía lo que hacía. Con 700 personas se arma un clima de recital y onda muy lindo. Y si me toca actuar en el Chateau también lo disfruto, pero cuando uno quiere matizar algunas cosas, tirar alguna sutileza, me gusta el Teatro Real (Córdoba).

¿En qué punto de la infancia los chicos dejan de seguirte o notás que el payaso ya no los seduce?

En Argentina desgraciadamente es más temprano, tipo 6 o 7 años. Me ha tocado estar en otros países, como Ecuador o España, y me parece que la infancia llega más lejos en el tiempo. Me sorprendió estar ante niños de 12 años y que estén copados con una onomatopeya o gesto de mimo. La evaluación que hago es que allá no consumen lo que nuestros niños, esas tiras de la tarde que empiezan siendo programas infantiles y terminan como emboscadas para una telenovela a mitad de año.

En tus espectáculos desplegás una serie de recursos que van del mimo a la canción, actuación, manejo de climas desde lo expansivo y la euforia a lo más íntimo. ¿Cómo fue el entrenamiento para eso, siendo que sos autodidacta?

Tiene que ver con el trabajo callejero y con la gente que uno admira también. Siempre me fijo en artistas y músicos que no son para grandes ni para chicos, sino universales. Ver cómo distribuye su repertorio Rubén Blades, que no es todo salsa o el cencerro al palo sino que puede matizar, o Baglietto en mi adolescencia, ver cómo preparan. Cuando a uno le toca en la vida hacer algo parecido, recurre a lo que le gusta, sobre todo cuando uno es autodidacta.

¿Cómo te llevás con la adrenalina de las giras, estar tanto tiempo fuera de casa?

Debo haber sido gitano en otra vida, porque me siento muy a gusto. Me atrae mucho el hecho de estar de gira, pasar de un pueblito a una gran ciudad. Hace mucho que lo hago y no deja de fascinarme. Me gusta caminar por las calles, conocer lo cotidiano de cada lugar.

¿Y nadie te reconoce sin maquillaje?

Nunca, hasta que hablo, ahí me dan la cana. Me encanta el juego del hombre invisible. No es algo que busqué ni planifiqué, pero se dio y lo disfruto. Me pasa a veces escuchar comentarios sobre Piñón y yo estar al lado. Hace poco estaba en el hotel y me quedé sin yerba para el mate. Me crucé al súper y estaba esperando para pagar en la caja y justo pasa el autito haciendo la propaganda. Entonces la cajera le pregunta a la mujer que estaba adelante mío si no iba a ir a ver a Piñón y la mujer le contesta que no, porque no le gusta. Después la cajera se dio cuenta de que era yo y le daba más vergüenza que a mí.

¿Te preocupa mantener el misterio sobre tu aspecto?

En realidad no he luchado mucho. Apelo a la comprensión de la gente y a la buena onda. No se trata de un misterio de diva que se esconde para que no lo descubran sino que es para mantener la magia para los chicos. Con eso me ha bastado para que se entienda. Por ahí alguno me convenció de sacarme una foto, me dijo que era para él y después la colgó en todos lados. A los chicos igual no les importa. Para ellos Piñón es el payaso del bonete amarillo y la pintura en la cara, no el señor ese de las fotos que dicen que hace de Piñón.

Como artista dedicado a la infancia, ¿que es lo que más te atrae de trabajar para los chicos?

Contemplar la infancia me genera una emoción… me deslumbra mucho la luz que tienen los chicos. Ahora no hablo del público. Creo que ya estoy más para abuelo, pero veo un bebote de dos o tres años, que explora el mundo por sí solo y aprende y me puedo quedar mirándolo todo el tiempo, sin invadirlo. Eso me pasa con los chicos. Yo tuve una infancia muy tranquila, humilde, y quizás esto me conecta con mi propia historia. Me sigo considerando, por el oficio y la dinámica de mi vida, en una infancia constante.

¿Te acordás del momento en que elegiste ser payaso?

Fue medio accidental. Yo había hecho talleres de mimo, cosas así. En el Manuel Lucero había una compañera que animaba cumpleaños los sábados, y yo la acompañaba tocando la guitarra y haciendo algunos chistes. Una vez tuvo un problema y me pidió que le hiciera la gamba y la reemplazara. Terminé jugando, rodeado de chicos y la pasé bomba. Fue la primera semilla. Tenía 16 años. Después, empecé en los cumpleaños de los sobrinos y me picó el bichito. Cuando tuve a mis hijos, yo ya tenía amigos titiriteros y payasos, decidí salir a la calle y nunca más volví.

Tu nuevo disco lo colgaste en internet y se puede bajar gratis. ¿Por qué regalás la música?

¿Suena lindo, no? Por eso lo hago. Además, la situación cambió mucho desde que empecé a hacer discos y entre la piratería y lo pesado de la relación con las industrias discográficas, los sellos... Por ahí uno reniega porque no está en las bateas. Creo que cada disco es como gestar un hijo, no es una frase nueva, entonces cuando uno ve que hay trabajos de uno o dos años que se pierden por cualquiera de esas causas, es muy frustrante. Prefiero que llegue a la gente aunque no gane un peso. Creo que para eso es la música que uno hace, y nunca tuve expectativas de ganar dinero vendiendo discos. No es mi profesión esa. Prefiero que llegue la música a los chicos. Como en esa canción de Silvio Rodríguez que dice ‘qué cosa fuera la masa sin cantera’: ¡qué cosa sería el artista si no tuviera a quién cantarle! Fue una sumatoria de cosas que devienen en este placer. Desde que lo hice hay 15 mil bajadas del disco, la gente se sorprende de que alguien te regale algo y eso me gusta mucho.


Planeta Piñón

Dónde vive: Con mi amigo Cabrito, mi perra “la Gorda”, en una casita todos juntos, con mis hijos. Hay música siempre.

Instrumento favorito: El próximo que voy a aprender a tocar, siempre. Empecé con la guitarra, después inventé el saxo cloacal, después algo de charango, ahora estoy aprendiendo algo de cuatro venezolano. Lo que seduce es lo que está por venir.

Con qué sueña: Con que sigan pasando los años y seguir en este estado de infancia continua, seguir aprendiendo, creciendo y disfrutando.

Ídolos: los que guardé de mi infancia, María Elena Walsh, Carlitos Balá, Miliki, Pipo Pescador, gente que me ha marcado para que sea Piñón Fijo. Un poquito de todos ellos debo tener.

Lugar en el mundo: Córdoba, porque el paisaje me lleva a mi raíz. Conocí el mar de grande y me deslumbró, pero a mí que me dejen con los espinillos y los aguaribay.

Más info: www.pinonfijo.com.ar , desde donde se puede bajar el disco.

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