Agenda


Hoy, Domingo 09 de Agosto

ver día completo

Separador

01-06-2006 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Artista del juego

Miembro fundador de una de las compañías más emblemáticas del Nuevo Circo –La Trup-, Marcelo Katz fundó su propio elenco -Compañía Clun- y hoy es un referente indiscutido para todos aquellos artistas que saben que de lo que se trata es de divertirse y divertir, casi tan simplemente como jugando.

Comentar

Por Marisa Rojas


A mediados de los ´80 Marcelo Katz era un joven de veintiún años, jugador de tenis, hijo menor de un matrimonio de profesionales, egresado del colegio Carlos Pellegrini, había cursado un año de Sociología en la UBA e intentaba seguir, no sin éxito, la carrera de Ciencias de la Educación. Entre clase y clase, las que daba como profesor particular de tenis para pagar el alquiler de su departamento y las de la facultad, también estudiaba teatro, comedia del arte, acrobacia, mimo e improvisación musical. Además tocaba el piano y el clarinete, pero entre tanto que hacía no podía definirse con exactitud a qué dedicarse. “Y estaba empezando a preocuparme por ello, lo único que tenía claro era que lo mío era el humor”, confiesa hoy. Veinte años después, cuenta con una amplísima trayectoria como actor, clown, director y docente.

Las modificaciones a los límites del género y las innovaciones en las puestas permiten hoy incluir un número de circo en una comedia clásica, pero la situación no era la misma hace veinte años atrás, ¿por qué te decidiste en ese entonces a estudiar y prepararte en disciplinas tan poco convencionales?

Ciertamente, en aquellos años los malabares se asociaban a los típicos malabaristas de circo con sus trajes de lentejuelas y no los veías a menos que fueras a la Panamericana y 202 al Circo Panameño. Con Gerardo Hochman empezamos con acrobacia, malabares y humor porque el teatro de texto nos quedaba quieto; tal vez porque ambos veníamos del deporte (él jugaba al volley). Y como lo que salimos a hacer fue muy novedoso, y nos fue bien, decidimos armar una compañía más grande. En La Trup todos éramos gente del teatro, de la danza, del títere, no teníamos nada que ver con el circo tradicional, fuimos bastante autodidactas, investigamos mucho, estudiamos acrobacia con Bermúdez pero malabares los aprendimos a hacer con videos. Por otro lado, creo que el haber estudiado un poco de todo también ayudó. Al principio no sabía qué hacer con toda esa formación, lo cuál creo que hoy puede pasarle también a muchos chicos, pero está bueno saber que si uno va a fondo un poco con todo hay un momento en que ese todo empieza a mezclarse. Yo empecé a trabajar como actor en el ’86 en el San Martín, debuté en una versión de La Comedia de las equivocaciones, de Shakespeare, que dirigió Claudio Hochman. Estuve siete años, fue muy lindo porque era bastante joven y, además de que ese era el teatro al que mis viejos me llevaban de chico, fue lo que me permitió profesionalizarme y encauzar un poco todo ese universo de cosas que había estudiado.

¿Cómo fue tu acercamiento al mundo del clown?

Empecé a estudiar clown porque vi un espectáculo de El Clú del Claun que se llamó Arturo y quedé prendado, sentí que ‘eso’ era lo que yo quería hacer, y todavía sigo pensando igual. Lo de El Clú... fue muy novedoso, mostró otro mundo de los comúnmente llamados ‘payasos’. Hasta entonces el payaso era lo que tradicionalmente había mostrado el circo, el tipo triste que trabaja para hacer reír a otros, pero a partir de esta compañía todo fue distinto: eran tipos jóvenes, utilizaban narices rojas, te hacían matar de la risa. Me encantó.

¿Qué encontraste en el mundo de lo clownesco que te atrapó tanto?

Encontré en el clown un lugar donde puedo actuar divirtiéndome mucho. El del clown es un lenguaje que me permite crear, imaginar, y ahora en la escuela también enseñar, es muy amplio y posibilita generar cosas muy distintas. Claro que es un trabajo muy intenso porque es de gran vulnerabilidad. El clown nace cuando hay verdad, cuando el cuerpo en escena se tiñe de lo que le sucede al cuerpo del actor que encarna al clown. Hay que asumir lo que te sucede, si estás nervioso porque el público no se ríe hay que hacerse cargo, no dejarlo pasar. La primera semilla de lo que significa ser clown es eso, la verdad, la no distancia con el público.

¿Qué otros elementos son parte del lenguaje del clown?

Hay varios temas que en la escuela incorporamos a partir de dos universos. Por un lado está el universo del juego sobre el que trabajamos más que enseñando recordando, refrescando qué era eso del jugar que todos alguna vez supimos y que al llegar a la adolescencia y definitivamente ya en la vida adulta perdimos. Se trata de recuperar la capacidad de jugar a partir de cosas muy simples. De hecho yo creo que el clown es el arte del placer por la tontería, por divertirse a partir de cosas simplísimas. Por otro lado está lo que sí enseñamos, el universo de convertir la capacidad de juego en una fuerza escénica capaz de divertir también a los otros. Con el clown uno no se ríe de lo que el clown hace o dice sino de lo que al clown le pasa con eso que hace o dice. De alguna manera, y en el caso de los adultos especialmente, se trata de espiar por la cerradura un mundo que es como un paraíso perdido, el mundo del juego, de la diversión. Nosotros no hacemos triple mortal y caemos arriba de un triciclo, eso nunca lo supiste y por eso nunca te podrías identificar, pero jugar todos supimos, y eso es lo que hace el clown. Lo importante del clown es poder jugar y poder compartir eso con el público.

¿Se trata de una formación exclusiva para artistas o es un arte al que puede accederse más allá de que se tengan, o no, objetivos artísticos profesionales?

El clown es una experiencia alucinante para cualquiera. En la escuela hay unos 200 alumnos, el más pequeño tiene 4 años y la mayor tiene 82 (su clown se llama Bambalinas). Hay una gama enorme de voluntades e intereses, una multiplicidad de historias y de intenciones, gente que se dedica profesionalmente al clown, gente que lo hace como parte de su formación artística, cantantes líricas y músicos de la Sinfónica Nacional que lo utilizan como para poder soltarse y trabajar más allá de la presión por el error en escena, y gente que no tiene ninguna vinculación con el escenario pero que en el clown encuentra una espacio para divertirse, para soltar nudos, para encontrarse con ellos mismos.

¿Y cómo es el trabajo con los niños, considerando los dos universos de los que hablabas antes, y cuando el juego es en ellos una realidad mucho más cercana que entre los adultos?

Trabajamos con chicos desde hace poco tiempo, y está muy bueno hacerlo. Antes considerábamos que para qué íbamos a enseñarles clown si total los chicos ya saben jugar, pero después de mucho tiempo, y de hablarlo con especialistas, encontramos que no es que los chicos juegan y un día cuando cumplen 12 o 13 años se levantan y no juegan más. La realidad se trata de un proceso donde el juego se va secando. Al crecer vamos adquiriendo cada vez más etiquetas y mostrando menos espontaneidad. Es un proceso largo y casi desapercibido, los chicos de 12 son menos espontáneos y juguetones que los de 9 y los de 8 que los de 6 y así. El trabajo con ellos pasa por poder jugar, a cualquier cosa, a cómo se toma la tasa del desayuno por ejemplo, y por recuperar la espontaneidad y la creatividad que van perdiendo, esa soltura para divertirse con ellos mismos y con otros. Y por otro lado también trabajamos ese universo del convertir la capacidad de jugar en material de trabajo.

¿Cuál es el balance que podés hacer sobre tu oficio a casi una década de haber fundado tu propia compañía y escuela de clown y a veinte años de aquellos momentos de tanta formación que de algún modo te desconcertaba?

Estoy muy contento con tener este lugar, Espacio Aguirre. La escuela, y también la compañía, Clun, han resultado ser como hornos donde puedo probar mis panes. Estos son espacios para investigar y experimentar, y que esto sea un laboratorio constante es muy importante porque justamente el juego siempre varía, nunca es igual, no hay un partido de fútbol igual a otro aunque las reglas sean las mismas. Por eso seguimos probando, mucho. Con respecto a la compañía también hemos viajado mucho. Antes los espectáculos eran necesariamente con nariz, después fuimos probando diferentes cosas y entendemos que lo importante de la nariz es que en algún momento pase a estar adentro, que uno pueda tener ese espíritu juguetón y después de acuerdo al espectáculo, usar narices rojas o narices de látex o ninguna nariz en especial. Fuimos mezclando al clown con el trabajo del bufón, que es mucho más ácido, no perdimos la ternura pero al mismo tiempo incorporamos otros elementos y ciertas miradas que nos han permitido mostrar otros mundos en los espectáculos. También hemos ido incorporando un trabajo más coreográfico, más bailado. El clown ha hado lugar al bufón, a las máscaras, a la danza, por ahí andamos. Creo que si tuviera que definir qué hacemos diría que en los espectáculos que montamos y en nuestro trabajo en general hay diversión, nos divertimos mucho, por eso hay risa pero risa fundida con belleza, este es un mundo de mucha emoción.


Un estreno ilusionado

Ilusos es el título del nuevo espectáculo que, desde hace ocho meses, prepara la Compañía Clun. “Es un espectáculo que tiene que ver con los deseos, con las ilusiones y las desilusiones. Son cinco clowns -Bolsillo, Marta, Carlota, Federico y Cloti- que habitan un espacio sin tiempo determinado en una época también indeterminada; son personajes que quieren creer en algo y entre todos se van alimentando sus propias creencias, van tirando carbón a la fogonera de cada uno como para que cada uno crea en lo que quiera, pero les sucede que, al mismo tiempo, se les deshilachan constantemente las creencias, quieren creer pero a algunos les es más difícil que a otros. Es un espectáculo con cosas muy divertidas pero también muy poéticas, la intención es que la función sea un viaje onírico para cada espectador, que cada cuadro sea de mucha belleza, de mucho sueño”, cuenta Katz, a cargo de la dirección de la nueva propuesta. El estreno de Ilusos todavía no tiene fecha definida pero posiblemente entre fines de junio y principios de julio estará en escena, y a la noche. Así lo explica el director: “Es un espectácuo para toda la familia que tiene momentos muy ágiles y movidos pero también climas muy frágiles y esto a la tarde resulta cada vez más difícil de sostener. Pensamos que pueden venir chicos de diez u once años, pero de todos modos, creemos, es diferente que vengan chicos en salida de grandes que una función de tarde donde si querés hacer una pausa y una mirada más lenta vuelan los pochochos de lado a lado”.



Planeta Katz

De chico, Marcelo Katz jugaba a los soldaditos, le gustaba acomodar indios, alemanes y legionarios uno tras otro, y odiaba cuando sus hermanos, mayores que él, se los tiraban por el piso. Con esos mismos hermanos se divertía trepándose a los árboles del Botánico, hasta que les prohibieron la entrada. Jugador de tenis en las inferiores del club Gimnasia y Esgrima, egresado del Pellegrini, intentó ir a la Universidad pero se tentó con las filas del humor y terminó estudiando teatro, clown, acrobacia, mimo, música. Trabajó en los espectáculos ’para grandes y chicos’ del Teatro San Martín, allí conoció a Gerardo Hochman y, juntos, se fueron a recorrer plazas haciendo malabares, acrobacia y humor, para crear luego La Trup. En 1997 fundó Compañía Clun, un elenco de clowns con el que ha presentado espectáculos como: Luna, La flauta mágica, Elemental, Allegro ma non tropo, Gulliver, entre otros. Desde hace siete años es el director de Espacio Aguirre, su propia escuela de clown, bufón y máscaras. También da clases en el San Martín, es profesor invitado en la carrera Artes del Movimiento del IUNA, y sigue viajando por Latinoamérica y España donde dicta seminarios en distintas instituciones.

Comentar

Compartir

Separador
Separador
Separador
 
Separador
Separador

© Copyright 2020 Planetario Producciones SRL | Todos los derechos reservados