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01-01-2005 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

El arte de contar historias

Pablo Herrero no tuvo una formación artística tradicional. Más bien es un autodidacta de la escena. Fundador de la Compañía de Teatro El Juglar, integrada por diferentes grupos de teatro para niños, se define como un contador de historias pero, en última instancia, es un tipo que abre continuamente nuevos espacios para llegar con su arte (y el de muchos otros) a los chicos.

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Por Ariel Saidón



Combinar una cita con él fue fácil. Enseguida se mostró entusiasmado con poder contar en una entrevista sus 30 años como juglar, recorriendo pueblos y ciudades para contarles historias a los chicos. “Hoy no puedo, pero mañana tengo una función en Lanús y después voy a buscar a mi hijo al Jardín. Encontrémonos a las 5”, dice.

Es que a los 50 años, Pablo Herrero tiene seis hijos, que pertenecen a dos generaciones. A tal punto que su nieta y su hija se llevan sólo un mes de diferencia. Pablo, Nacho, María Sol, Javier, son producto de su primer matrimonio. Más recientes son Manuel, con cinco años, y Mora, de 1 y medio.

¿Cómo es volver a ser papá después de tantos años?

Ah, es hermoso. ¿Viste la propaganda que dice: “yo te cambio los pañales y vos me cambiás la vida”? Es tal cual, porque cuando sos más grande tenés otra cabeza. Y ahora puedo acompañarlos más; si sale el solcito, enseguida les digo: “vamos a la plaza!”. Yo siempre digo que a los hijos hay que dedicarles tiempo. Y, sobre todo, calidad de tiempo. A veces pasa en los cumpleaños que el pibe se pone caprichoso o no se siente bien. Entonces, voy y le digo al padre: “me parece que tiene ausencia de padre”. “¿Te parece?” Y cuando el papá se sienta con el hijo, el chico cambia completamente. ¿Cómo un papá no va a compartir con su hijo la fiesta de cumpleaños?

Pablo Herrero es así. Un tipo sencillo que habla sin tapujos, que siempre dice lo que piensa y que cuenta lo que se le viene a la cabeza en cualquier momento. Es capaz de interrumpir un espectáculo cuantas veces se le ocurra para contar una anécdota o para decirle algo a algún chico o adulto en particular. “Como trabajo desde el humor, se me permite decir ciertas cosas sin que moleste. Y si a alguien le cae mal, ya no me importa.”, asegura.

La entrevista se hace en un bar, pero Herrero cuenta su historia como si estuviera representándola en un escenario y los protagonistas fueran personajes de una de sus obras. Se mueve menos, claro, pero gesticula, hace voces, improvisa un títere con su mano o con la botella de gaseosa y el vaso...

Contame sobre tus inicios...

Yo empecé a los 18 años, viendo teatro en la Comedia Marplatense. Iba a las clases, ayudaba a cortar las letras, me metía en los ensayos. Un año, me dijeron: “¿querés hacer una obra?”. Se nos ocurrió hacer una obra para chicos, pero como no teníamos sala, recreamos un espacio y debutamos ahí con un espectáculo que se llamaba Chupetín Concert. Era el primer café-concert del interior del país, siguiendo la línea de Perciavalle y Gasalla nosotros lo adaptamos al público infantil. Ya en el ’73, por ahí, me independicé y adopté el nombre de mi personaje: Chupete, el juglar. Y cuando llegó el verano fui uno de los primeros, no sé si el primero, que hizo teatro en las playas. Iba y pasaba la gorra. Nadie entendía nada.

Claro, todavía no había surgido el teatro callejero. ¿En esa época era jugado hacer teatro en las playas?

Sí, a veces venía la cana pero yo les decía: “es teatro para chicos”, y me dejaban tranquilo. Y tenía algunas obras politiconas como La democracia y el monstruo. Pero después cuando el proceso se puso pesado y empezaron a desaparecer los amigos del teatro, hice unas giras al interior del país; me rajé por ahí a recorrer pueblito por pueblito.

Cuando volví a Mar del Plata formé mi primer compañía. Laburamos hasta llegar a nuestro techo, hicimos teatro, televisión, radio... entonces me conecté con una gente que hacía una Feria del Libro Itinerante; me trajeron a Buenos Aires y empecé a laburar acá, solito como al principio.

Como Chupete...

No, ahí dejé el chupete. Fui Pablo, el juglar. En el ’82 me instalé definitivamente en Buenos Aires pero nunca dejé de llevar mis espectáculos a la costa, al interior y al exterior. En uno de esos viajes conocí a Marcelo Fernández de El Caracol Errante y al Negro Campero, que tenía un espectáculo de títeres, Los Señores de la Tarde. Con ellos iniciamos formalmente la Compañía de Teatro El Juglar.

¿Qué es lo que desde un punto de vista estético o artístico une a los distintos grupos de la compañía?

Lo que caracteriza a los grupos son los contenidos. Normalmente, hay todo un teatro de la forma, teatro de la imagen, pero nosotros le damos mucha bola al contenido, a lo que decimos. Entonces si un tipo tiene una ideología piola, tira buenos contenidos para los chicos, los hace pensar; bueno, muy bien...

Nosotros nos metemos con temas como los límites, la democracia y el monstruo, la muerte... Hablamos del mercado que te consume, de las marcas, de que los chicos piensen antes de comprar... Siempre a través del humor, les vamos tirando puntas a los chicos para que piensen.

¿Trabajan mucho con la participación del público?

Yo tengo la premisa de que el teatro es un juego. Podés estudiar mucho pero si no sabés jugar... Cuando hacemos un casting para que entre gente en la compañía vienen y nos dicen: “yo estudié con este, con el otro”... Entonces le decimos: “Bueno, jugá un rato con los chicos a ver qué pasa”.

Lo que hacemos con la compañía es generar espacios; y a los grupos nuevos les damos la oportunidad para que jueguen. Aunque se equivoquen, no importa. Después estamos nosotros, los más experimentados, para respaldarlos. Nos reunimos una vez por semana y nos vemos entre todos.

Como un intercambio...

Claro, eso ayuda mucho porque tenés la visión del otro. Y en mi caso se da lo generacional también. Porque los más jóvenes de la compañía tienen 25 años y yo tengo 50. O sea, ellos tienen una mirada que yo no tengo y yo tengo una experiencia que ellos no tienen. Entonces, por ahí ellos hacen un tema muy light y yo les digo: “es muy gracioso pero no estás diciendo nada, no podés hacer media hora de espectáculo y no decir nada. Si no estás cayendo en lo que estás criticando”. Lo que tomamos de premisa es voy a hablar de... , por ejemplo, de la televisión. Primero tomo el tema y después veo cómo lo digo, si lo hago con títeres, lo canto o lo hago actoral. Porque nosotros somos una mezcla rara, viste?. La gente en general trata de encasillarte, te dice:
-Vos sos titiritero.
-No soy titiritero, soy un juglar.
-¿Y qué es un juglar?
-Es un señor que cuenta historias usando todo lo que tiene a mano para hacerlo.

Dos de tus hijos, Pablo y Javier, integran elencos de la compañía, ¿cómo se fue dando el traspaso a ellos de tu experiencia, de tu oficio?

Es lo que ellos eligieron, pero no es algo que me haya propuesto enseñarles. Si vos le hacés una entrevista a alguno de ellos te van a decir: “yo dormía con los títeres”. Fue algo natural, hasta que un día Pablo me dijo: “quiero laburar”. Entonces, le dije “venite conmigo”. Lo mismo pasa ahora con los más chiquitos, Manuel y Mora; para ellos los títeres son algo común. Están en casa, en el bolso, los sacan, los agarran.

¿Como director de la Compañía, sos también el director de los espectáculos de los distintos grupos?

Yo no los dirijo, pero tiro las puntas. Cuando empezaron Los Cazurros, por ejemplo, los libros eran todos míos. Yo les digo: “te doy este sketch, te doy este, te doy este... y ustedes con la riqueza que tienen los van trabajando a su manera”. Pero bueno, por ahí ya me está picando el bichito de dirigir. Por eso el año que viene quiero dar un taller, tener un grupo que yo forme y con esa gente dirigir un espectáculo. Por otra parte, para el 2005 estamos con ganas de hacer un espectáculo grande, una co-producción de todos los grupos de la compañía.

Muchas veces formaste grupos para presentar tus espectáculos, pero este año volviste a trabajar solo...

Sí, me tomé un respiro y volví a las fuentes. Me costó porque ya hace varios años que estaba trabajando con otros chicos, pero fue muy lindo. Hacer un espectáculo solo me da muchas libertades. Si se me ocurre en el momento algo, paro la función... digo: “¡Pare la música!, ustedes saben que mi abuelo...” Si me acuerdo algo de mi abuelo, lo largo. O me pongo a hablar con un chico y eso empieza a formar parte del espectáculo. Como hace Soriano en El loro calabrés, ese tipo de espectáculos donde salen cosas con el público. Si hay una maestra que está distraída le digo: “vos no estás escuchando y estamos hablando de escuchar”. Eso a mí me da un placer total.

¿Por qué elegiste trabajar para los chicos?

Lo que tiene el chico es que es muy sincero. Si no le gusta: “flaco, sos una porquería”. “Está bien, tenés razón. Como hago el espectáculo, lo puedo parar y si esto no te sirve, no lo hago.” Pero en la costa, por ejemplo, a veces hago espectáculos a las 10 de la noche. Y ahí el 80% del público es adulto. Los nuestros son espectáculos para todo público, eso es.

Yo siempre digo: hay espectáculos buenos y malos. Yo a mis hijos los llevé a ver a Gentí, por ejemplo, el coreógrafo francés que vino hace poco a hacer un espectáculo... Y era tan bueno que ellos estaban fascinados aunque la propuesta era para adultos.

A mí me copaba Hugo Midón que tiene esa misma línea, viste, donde va un grande o un chico y es igual. Lo mismo pasaba con José María Vilches cuando hacía El Bululú o Pepe Soriano en El Loro Calabrés, son espectáculos para todo público, que pueden ver los chicos.

En general, tus espectáculos no tienen un gran despliegue escenográfico.

Lo que me doy cuenta después de 30 años, ahora que ya tengo un oficio, es que no me importa el gran espectáculo. Mi puesta es un retablo, con unas piezas de rompecabezas colgadas y un banquito. Yo digo que este es el país de las modas, no? Salieron los zancos y estaban todos hablando de zancos, después salió el clown y eran todos clowns, después salió el teatro de la imagen y era todo teatro de la imagen, después estuvo el circo y eran todos malabaristas. Yo no estoy a la moda pero mantengo lo mío y al no estar a la moda soy original. De pronto, saco una media y la transformo en un títere. Y los chicos se fascinan porque están esperando cosas que exploten o rayos láser. Dicen: “mirá, está jugando con una media”.


Planeta El Juglar

Pablo Herrero nació en Mar del Plata, donde inició sus actividades artísticas, participando de diversos emprendimientos teatrales y actividades relacionadas con el arte y la cultura de la ciudad. Desde 1982 se estableció en Buenos Aires donde desarrolló estudios de teatro, títeres, danza-teatro, humor y comenzó a trabajar como actor titiritero, llevando sus espectáculos a las escuelas, a la costa atlántica y al interior y el exterior del país. Con el tiempo formó la Compañía de Teatro El Juglar que actualmente reúne a 6 grupos de teatro para chicos que trabajan en base a estéticas diferentes aunque con una unidad ideológica desde el punto de vista de los contenidos. El juglar (Pablo Herrero), Los Cazurros (Pablo Herrero (h) y Ernesto Sánchez), Los Bufones (Marcelo Fernández y Julieta Estévez), Mundo Arlequín (Javier Herrero y Alejandro Carrol), Ensueños (Horacio Lentini y Santiago Marjovsky) y Los Cachibukis (Marcelo Ronco y Guadalupe Seregni), siguen la línea del teatro juglaresco, incorporando diversas técnicas (actorales, clown, música, títeres, etc.) y haciendo participar al público en sus espectáculos.

Además de realizar animaciones de cumpleaños y funciones para escuelas, los grupos de la Compañía se presentan todos los años en la Feria del Libro y en la Feria del Libro Infantil y Juvenil. Durante el verano se presentan en Cariló, Pinamar y Valeria del Mar.

Desde 1998 Herrero integra además la Compañía de Danza-Teatro de Florencia Chame.


Con final feliz

Entre sus proyectos, Pablo Herrero tiene uno muy particular, producto de su amor por la literatura pero donde no quiere dejar de transmitir su forma de pensar. “Estoy preparando un CD de cuentos cambiados, con las historias que le cuento a mi hijo todas las noches para que se duerma. Porque me dí cuenta, cuando se los leía, que algunos cuentos son perversos. Por ejemplo, en La cigarra y la hormiga las hormigas trabajan, trabajan, trabajan y se divierten mientras la cigarra canta. Pero cuando viene el frío la cigarra se muere y las hormigas están contentas morfando lo que juntaron. Yo le cambié el final y cuando llega el invierno, las hormigas se aburren, porque no tienen la música, no tienen la alegría de los actores, los músicos, los titiriteros... Entonces la llaman a la cigarra para que les cante y todos viven felices.”

La idea le vino a la cabeza luego de haber realizado un disco junto a Marcelo Ronco, donde él realizaba las voces de los personajes de la obra. “Cuando hicimos el disco, los chicos se enganchaban mucho con las voces. Porque así les labura mucho la imaginación. Yo a veces a los chicos les digo: ‘la tele está bárbara, pero no tanto’ Porque la tele les da todo hecho y los pibes no elaboran nada, en cambio cuando leen un libro o escuchan un cuento se fabrican un mundo... Como me pasaba a mí cuando era chico.”

 

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