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01-01-2009 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

El eterno trovador

Pipo Pescador es un personaje fundamental de la cultura infantil argentina. Con una trayectoria que trasciende las fronteras del país, su nombre, su historia y su mirada sobre la infancia son siempre elementos irresistibles para una buena charla. En su casa de Palermo habló sobre los chicos en las grandes ciudades, el encuentro con los más viejos de la familia y sus próximos proyectos.

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por Marisa Rojas

 


Una mañana muy temprano, ya casi finalizando el 2008, nos sentamos a conversar con Pipo en su casa del barrio del Palermo. Sucede que Pipo Pescador es una especie de ‘amigo del alma’ de quienes crecimos con sus libros y canciones. Y una figura siempre imprescindible de la cultura infantil local. Por eso, aquella mañana de diciembre, orgullosos fuimos al reencuentro con su obra y su generosa afectuosidad. Instalados en la biblioteca de su casa, rodeados de libros y bellísimos antiguos objetos de decoración, con su propia e inédita música de fondo, esto es lo que nos contó.

Acaba de presentar un nuevo libro para niños, Buenos Airesitos. ¿Cómo y por qué se gestó la publicación de una guía sobre la ciudad para los pequeños lectores?


Buenos Airesitos es una crónica poética, o un paseo poético, por Buenos Aires que hice para que los niños puedan ver la ciudad que ven todos los días pero con otros ojos. Yo presto a los niños mis ojos de observador adulto para que ellos puedan encontrar la magia que tiene esta ciudad tan maravillosa.

Usted tuvo una infancia lejos de Buenos Aires. ¿Qué recuerdos tiene de sus años de niño en Entre Ríos y de su mirada de entonces respecto a “la capital”?


Mi infancia fue con vacas, con caballos, con ovejas, con vizcachas, con perdices, con liebres. En el campo, con cielo abierto y lluvias al aire libre, con el río Gualeguaychú para ir a nadar. Mi padre nos traía a Buenos Aires en los inviernos, en vacaciones de invierno. El primer recuerdo que tengo es el de la Plaza de Mayo y de un hotel que se llamaba Du Helder que era donde parábamos. De mi primera noche en Buenos Aires recuerdo que fuimos al teatro Avenida a ver Romerías Españolas donde cantaba una muy jovencita Nati Mistral con su abanico y con un vestido maravilloso de lentejuelas. También tengo recuerdos de caminar mucho, de comprarnos regalos, ropa. El Buenos Aires de aquella época, el de la década del '50, estaba circunscripto a la avenida de Mayo, que era la avenida de moda y era esplendorosa.

¿Cómo ve hoy a Buenos Aires? ¿Cuál es su mirada sobre el niño que en estos tiempos crece en una ciudad tan maravillosa y sorprendente como grande y caótica?


Yo siento una gran diferencia entre lo que fue mi infancia en Entre Ríos, e incluso mis recuerdos de niño en Buenos Aires, a la de los niños condenados a vivir hoy en ciudades como estas, donde se levantan uno al lado del otro edificios que más que casas parecen cuchitas de perro. Al estar tan ceñidos en sus posibilidades de expresión corporal, los niños indudablemente desarrollan muchísimo más la cabeza, la imaginación y la inteligencia. Pero para que ese desarrollo se produzca en libertad, debe estar ayudado, y un poquito protegido, por los adultos.

 

Lamentablemente el niño de las ciudades está demasiado aferrado a la televisión y a la cibernética, que son herramientas que tienen cosas muy buenas pero también cosas muy negativas. Por un lado, la televisión es una apertura al mundo muy interesante, pero por otro lado tiene toda una parte oscura, reiterativa, pobre, vulgar, que el niño necesariamente absorbe. Creo que el niño de la gran ciudad tiene una niñez complicada. No digo negativa o positiva, eso dependerá más de la suerte que tenga, de los padres que le toquen, del colegio al que pueda ir.

¿La ciudad crece pero el espacio público en tanto lugar experiencial, se reduce?


De alguna manera sí. El espacio público está más restringido. La ciudad amplía sus fronteras pero al mismo tiempo tanto crecimiento hace que la gente tenga terror con los niños, los tienen que estar cuidando de una manera exagerada. Eso hace muy difícil y muy dura la vida a los padres jóvenes. Antes los padres velaban y miraban a los hijos pero esa vigilancia que tienen que hacer ahora es una novedad. Lo cierto es que las posibilidades de los niños de crecer y desarrollarse libremente al aire libre, en las veredas, en la calle, se acotan cada vez más.


Y después, hay una realidad. El niño tiene que tener acceso a un poco de todo para que su infancia sea rica. Debe tener acceso al teatro, a los títeres, a la computadora, a la televisión, al deporte, al encuentro con sus familiares, y sobre todo con los más viejos de la familia para tener un panorama completo sobre su origen… y entonces, indudablemente, cuando sólo tiene acceso a las pocas cosas que le vienen bien a la comodidad de los padres que trabajan todo el día, la vida del niño se reduce un poco a estar con los hermanos, ir al colegio y luego ver la televisión cuando llega a la casa, y eso no es bueno.

Mencionó a los adultos mayores de la familia como importantes referentes en la vida de los niños, ¿cómo encuentra que se da hoy esta relación entre niños y abuelos?


Los mayores son referentes de importancia en toda familia, en toda comunidad, porque son los que pasan la cultura y las raíces. Por lo tanto, yo considero que una familia no está completa, la formación de un niño no está completa, sin el encuentro con los abuelos. Y ahora que la gente está tan joven y la calidad de vida ha aumentado tanto, también se suman los bisabuelos. Creo que el encuentro con los estratos más antiguos de la familia debe preservarse, lo mismo con familiares como los primos que son como hermanos pero de diferente modo. Yo, por ejemplo, me crié con una enorme cantidad de primos y tíos y tengo una familia muy grande que se junta una vez por año, los 12 de octubre, y somos como cien personas. Y a mí me encanta eso. Creo que es sumamente interesante para el niño el encuentro con su familia.

¿Cuál es su opinión sobre los modos de ser actuales del núcleo familiar más cercano del niño, de los padres?


Por un lado está esto que mencionaba antes: en las ciudades, los padres trabajan cada vez más y el ritmo de vida que llevan hace que estén poco tiempo con sus hijos. Pero en general, el padre y la madre argentinos son muy afectuosos, tienen un acercamiento muy grande a sus hijos, se agachan a hablar con ellos, tienen una cosa muy interesante. He visto padres en otras partes del mundo que son afectuosos pero de otra manera. En realidad, fuera de Latinoamérica hay otro concepto de la formación y del encuentro con los hijos. Hay sociedades como la norteamericana en la que muchos niños no conocen a sus abuelos porque viven en otros estados y eso les resulta bastante común.

¿Esto implica la existencia de otros modos de ser de la infancia?


Sí, claro. En Moscú por ejemplo, en el subte uno puede ver a todos los niños que van sentaditos leyendo su librito de cuentos con la gente que los cuida al lado. En Alemania también es muy común esto, todos van leyendo en el colectivo o en el subte. Porque esos países tienen de alguna manera una configuración de la infancia mucho más estricta que la nuestra. El niño nuestro no lee, lo sabemos, mientras que el niño europeo lee muchísimo. Pasa algo similar con el tema horarios. Los padres de países europeos son en general muy estrictos con los horarios. Es muy común en Alemania, por ejemplo, que a las ocho todos los niños estén en la cama. No existe eso de quedarse a escuchar a los grandes y dar vueltas y vueltas como hacen los niños argentinos que rondan como abejorros y no se van nunca a dormir y escuchan y opinan de todo y se quedan a ver la tele hasta las dos de la mañana. Y con esto no digo que una u otra cosa esté bien o mal, no estoy juzgando, estoy contando lo que he visto, simplemente.

¿Estos distintos modos de ser de la infancia, hacen que como artista deba pensar diferente los espectáculos que presenta en Argentina y los que lleva fuera del país?


No, porque la niñez como estructura es siempre la misma. El niño es eterno, la infancia es eternidad. Yo armo igual todos mis espectáculos, sean para Argentina, España o algún otro sitio del mundo. Tal vez lo de la participación del público sea una parte a revisar cada vez. Pero, por ejemplo, en España trabajo muchísimo y me va muy bien con las mismas fórmulas que uso en Argentina.

Hablemos de fórmulas entonces, ¿cuál es su opinión como artista y como espectador en relación a las muchas propuestas para niños que se instalan en vacaciones de invierno en los teatros porteños?


Para mí los géneros son intransferibles. Si uno hace cine o televisión y quiere llevar la misma propuesta al teatro debe replantearse todo de nuevo, debe arrancar de cero. Los géneros en sí mismos tienen una personalidad y una serie de condicionamientos que hacen que no puedan ser pasados de un soporte a otro fácilmente. La temporada pasada por ejemplo, he visto propuestas de televisión que en teatro no estaban mal pero que tampoco llegaban a ser teatro exactamente, y además quedaban lejos de la propuesta que se conoce de la televisión porque las posibilidades técnicas en uno y otro lado son muy diferentes. Por eso hay que ser cuidadoso, respetuoso, para no decepcionar al público. Claro que cuando se organiza algo nuevo en base al producto que ya existe y se hace bien, yo no estoy en desacuerdo, pero insisto, hay que tener cuidado. De todos modos, creo que criticar eso es inútil porque esas son las reglas del juego de esta época. Por otra parte, hay una cantidad de directores espectaculares en teatro y por algo Buenos Aires sigue siendo un centro neurálgico del mundo del teatro y seguramente el más importante de Latinoamérica.

Buenos Aires, la ciudad, nos convoca otra vez. La excusa de este encuentro fue Buenos Airesitos, la guía turístico-poética sobre la gran ciudad que escribió para los vecinos más pequeños. Si tuviera que elegir un lugar de Buenos Aires de todos los que se mencionan en el libro para mostrar a un niño que no habita la ciudad sino que la pisa por primera vez, ¿cuál sería?


El Museo Argentino del Títere (Piedras 907). Lo llevaría ahí para que viera una función de títeres. Luego caminaríamos hasta la avenida de Mayo y comeríamos una pizza, sencilla, de muzzarella. Pero el primer lugar sería El Museo del Títere porque es un lugar único en Buenos Aires, porque tiene ahí a su habitante máxima que es Sara Bianchi que es una persona increíble. Además porque es un lugar mágico, divertido, y porque ahí se ven títeres todo el tiempo y de una manera muy acogedora.

¿Y si el niño viviera en Buenos Aires, cuál sería el paseo elegido?


En ese caso lo llevaría al Museo Nacional de Bellas Artes, lo haría caminarlo y le mostraría los cuadros y le hablaría de ellos. Claro que hay tantos lugares tan variados y tan interesantes para llevar a un niño. La reserva ecológica de Puerto Madero para caminar y ver los lagartos overos sería un buen destino. Ah, también me gustaría llevarlo a ver los barcos que están anclados. Por ejemplo la Fragata Sarmiento, ese es un paseo maravilloso…

 

 

Pipo 2009


Pipo Pescador ocupa un lugar destacado en la historia de la cultura infantil argentina. Y también en el resto del mundo de habla hispana. Desde comienzos de los años '80, cuando se instaló en España, donde vivió hasta mediados de esa década y donde hoy viven su hija y su nieta, recorre ese país año a año llenando teatros. Y 2009 no será la excepción. Para este año Pipo tiene programado el estreno de La ópera del queso, una ópera para toda la familia que se presentará a propósito del aniversario de los maestros queseros españoles y que desearía fuera dirigida por un argentino. “Gastón Cerana o Claudio Hochman. Me gustaría contar con alguno de ellos para la dirección”. También el cine ocupará su agenda este año. Está en tratativas con el INCAA para filmar en Argentina, con dirección de un cineasta español, El árbol del eco, una coproducción argentino-española pensada especialmente para los niños. Pero también el Enrique Fischer escritor, compositor y cantante, el hombre detrás de, tiene planes para este 2009: “Yo he trabajado mucho tiempo para los niños, trabajé cuarenta años ya, y lo he hecho porque los amo y porque me ha ido muy bien. Pero ahora es un buen momento para que yo exprese otras partes mías que habían quedado postergadas. Me estoy preparando para cantar tangos. Quiero cantar mis propios tangos. Tengo compuesto todo un ‘repertorio insolente', tangos y canciones ciudadanas de onda muy fuerte, muy agresiva, muy crítica, muy irónica. Tangos gardeleanos” .

 

 

Especial Pipo


A la publicación del libro María Caracolito, una historia sobre una niña con síndrome de down, Pipo sumó la publicación del libro La campana bajo el agua, sobre niños hipoacúsicos. Y en breve publicará La casa sin ventanas, un libro sobre la vida de un niño autista. Consultado acerca del motivo de este tipo de publicaciones, esta fue la respuesta de Pipo: “Yo me dediqué al niño integralmente pero siempre guardaba la idea de dedicarme a los niños con discapacidad. Pero, al mismo tiempo, siempre tenía miedo de tocar temas como la discapacidad porque me parecía algo muy difícil, muy controvertido, muy riesgoso… La realidad es que tardé mucho en decidirme. Finalmente escribí María Caracolito que se ha editado en España y que ahora saldrá también en Alemania. Me gustó mucho esa primera experiencia y por eso me atreví a escribir La campana bajo el agua y ahora estoy escribiendo La casa… Lo que pasa es que es muy difícil hacer literatura sobre discapacidad. Y aclaro que yo digo discapacidad porque me parece más claro y más sano que decir capacidades diferentes. Porque si bien hay chicos que tienen capacidades diferentes hay muchos otros que son francamente discapacitados. Entonces nombrarlos con capacidades diferentes sería una nomenclatura confusa”.

 

 

Planeta Pipo


Pipo Pescador, el trovador, supo fascinar a los niños de la generación del '70 desde la pantalla de TV, con sus canciones, a través de los montones de historias de sus libros, y sobre los escenarios. Entre los chicos cosechó sonrisas y aplausos, entre los grandes, un enorme grupo de seguidores que disfrutaron jugar, y aprender sobre sus niños, junto a él. Desde entonces, su trayectoria, en Argentina, en Latinoamérica y en España, fue tan talentosa como exitosa. Sus libros, además, se tradujeron a otros idiomas como el alemán. Detrás de Pipo, Enrique Fischer, el hombre, el escritor, el papá de Carmela, el abuelo de Guillermina. El personaje de Pipo nació en los beats años ’60 cuando Enrique, que nació y se crió en Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos, estudiaba Bellas Artes en la ciudad de La Plata. Hace muchos, muchos años, el uno y el otro son (casi) inseparables.

 

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