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31-07-2016 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

El libro como juego de la imaginación

El libro-álbum invita a leer, a jugar, a mirar, a tocar y a viajar con la imaginación. En esta nota, Claudia Rueda, autora del género, reflexiona sobre la niñez actual y el vínculo con el papel y las pantallas, sobre las historias ilustradas como puerta de entrada al mundo de los libros y sobre el rol del adulto que acompaña a los chicos en la aventura de sus primeras lecturas.

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Desde que en 2002 publicó su primer trabajo, la colombiana Claudia Rueda ha recorrido un camino de producción comprometido con el libro-álbum, ese género de la literatura infantil donde las ilustraciones y los textos se conjugan para crear una historia, e incitan al lector a un recorrido doble por imágenes y palabras. Autora e ilustradora de La vida salvaje, Ahí estabas y Dos ratones, una rata y un queso (todos de la editorial Océano travesía), sus historias despliegan personajes y mundos muy diversos, y para todas las edades.

 

El libro-álbum vive un presente muy prometedor. Desde pequeños sellos a grandes editoriales apuestan cada vez más al desarrollo de este género en el que, precisamente, en la relación entre texto e imagen se construye la historia. Una relación que hay que cuidar, ya que requiere de un equilibrio y de una calidad pareja entre la letra y el dibujo. Los libros-álbum se componen, a veces, a dúo. Se trata del trabajo combinado entre un escritor y un ilustrador. Otras veces una misma persona escribe e ilustra la historia.

 

Para Rueda, el libro-álbum es una puerta de entrada ideal al mundo de la lectura. Porque en ese terreno, “leer es jugar”, sostiene la autora. Desde esta premisa invita a padres, maestros y adultos a acompañar al niño en su camino de formación como lector.

 

¿Cuáles son las características del libro-álbum que lo hacen tan atractivo al momento de compartir con los chicos el placer de la lectura?


Yo tomo como eje la idea de juego para dar tres aproximaciones al libro. La primera propone al libro en sí mismo como un juego, porque un libro me permite adivinar, imaginar y atravesar situaciones de humor: el libro es un juego de la imaginación. En el caso del libro-álbum, además, el texto y la imagen juegan entre sí, están bailando, tienen un encuentro juguetón. Por separado, no cuentan la historia. Esta es la gramática del libro-álbum. Y en tercer lugar, los chicos empiezan a entender el mundo a través del juego. Y también pueden hacerlo a partir de la literatura.

 

¿Se trata de mostrarles el mundo a través de los libros?


En alguna medida puede ser. Pero sobre todo, se trata de dar sentido a eso tan pesado y caótico que es la realidad. Con un el emento importante que es la perspectiva: ponerse en lugar del otro, generar empatía, algo que los niños no tienen naturalmente. Esa cuestión de comprender al otro, ser solidarios, generosos -rasgos fundamentales para vivir en comunidad-, todo eso se puede entender y contar en los libros. Otra cosa que posibilita la literatura es tratar temas profundos, porque cuando nos sentamos a conversar lo que intercambiamos es ideología, anécdota o algo superficial. En cambio, en la literatura se puede entrar a niveles profundos no tan explorados del autor y del lector. En los libros aparecen los temas que nos importan, que nos convocan, que nos forman como personas.

 

Cuando te ponés a escribir y a dibujar, ¿qué querés provocar en los chicos?


Tengo diferentes propósitos, pero en general me interesa hacer una celebración de las grandes virtudes que tiene la infancia: en primer lugar, esa capacidad de observación, esa carga ligera que tienen en la vida. Ellos van sin prejuicios, sin tanta cosa previa como tenemos los adultos. Los adultos tendemos a creer que la realidad que visitamos ya está dada, tenemos ideas preestablecidas acerca de la gente y de la ciudad, no pensamos que son cosas que cambian. Entonces me gusta estimular en mis libros esa capacidad que tienen los niños de explorar, porque con la tecnología y la escuela todo eso se va perdiendo.

 

En tus libros a la vez hay muchas situaciones de sinsentido o diversos modos de hacer sentido…


Sí, porque si hay algo que busco, definitivamente, es motivar niños creativos. No creo para nada en la ortodoxia, no creo en una sola verdad, ni en un solo libro. Todo es relativo. Por eso, si hay algo que tienen mis libros –y esto también es propio de la literatura –es que dan muchas verdades, muchas realidades, mucho poder mirar desde afuera. Y eso lo permite el humor. Me interesa el estímulo, el emponderamiento de la imaginación. Pero cuidado: tampoco me gusta el niño tirano, el príncipe.

 

¿El niño rey?


Exactamente: me interesan los niños emponderados, que creen en su propia imaginación, pero no tiranos. Me parece que estamos a veces con niños que no son democráticos. Y eso no va. Porque si eres un tirano, cierras la posibilidad de la creatividad: hay una sola idea, que es la tuya, una sola verdad. Y a mí me interesa recrear los matices de la vida. En realidad, no he tratado un libro sobre esto, los he visto en la literatura infantil británica y me gustaría tratar este tema.

 

La proliferación de pantallas, ¿afecta al niño lector?


Yo separaría el problema en dos edades. Me parece que la época de ensuciarse, comer tierra, jugar con agua, tocar el mundo con las manos puede ser tremendamente atrofiada por los juegos de pantalla. Porque el mundo de las pantallas es absolutamente lineal, plano. Y atrofiar el mundo de la experiencia tangible puede ser catastrófico. Me contaba una amiga que ella había visto a un bebé hacer el gesto de pasar de pantalla con el dedo índice sobre objetos reales. ¡Deslizar la superficie de objetos reales con el dedo, qué experiencia del mundo! Esto deja abierta la posibilidad del accidente, porque en la pantalla el accidente está limitado. Todo lo que ocurre en la pantalla está previsto por el cerebro humano: no hay accidente, no hay nada fuera de programa. Pero en la vida real hay accidentes que van más allá de lo que uno puede imaginar: lo imprevisible total, que la hormiga salga por el hueco de la piedra, que se desborde algo, que algo –o yo misma- se caiga o se rompa. Lo que pasa por afuera de lo esperable, la naturaleza tiene esas cosas… y en la pantalla hasta lo imprevisible está previsto.

 

¿Y cuando son más grandes?

Cuando son más grandes no les podemos prohibir las pantallas porque son parte del mundo y objetos útiles, además. Sirven para investigar, para leer, para conocer. Mientras sea una herramienta, la pantalla nos sirve. Pero no para reemplazar a la vida real, ni al contacto real con las personas ni a la experiencia analógica. Lo vicario que tiene la tecnología me parece fatal. Por eso, a los chicos hay que ofrecerles otras cosas que sean más interesantes: cosas del mundo tangible, del mundo real.

 

¿El libro-álbum propone una experiencia del mundo real o es traducible a un formato de pantalla?


Para el niño pequeño el libro no es solamente la historia, como puede ser para un adulto que lee literatura. Para los chiquitos, el libro es un objeto con el que tienen un contacto físico. El libro tiene un olor, una textura; además hay una acción de pasar páginas, tocar la carátula, las tapas. Por eso tratamos de hacer libros en los que la experiencia táctil sea interesante, donde haya perforaciones, relieves, distintos tipo de papel. Todo eso es la lectura. Por eso los libros-álbum tienen diferentes tamaños y formas. Y los chiquitines hasta muerden los libros ¡y a veces se comen un poquito!

 

Muchos padres y madres se quejan de que sus hijos no leen. ¿Qué les dirías?


Para que los niños lean, para formar lectores, es imprescindible que los padres, las madres, los bibliotecarios, los maestros transmitan la pasión que tienen por los libros propios. Es importante que el que lee a un chico esté fascinado por eso que lee. Porque la fascinación se contagia. Si el que lee no tiene entusiasmo, el que recibe la lectura no siente nada. Y en esto hay etapas: cuando el niño es pequeño hay un momento sagrado que es el tiempo de leer con mamá y papá, sobre todo si los padres trabajan o están mucho fuera de casa: estar muy cerquita y compartir un libro con los hijos es un momento lujoso, invaluable. De amor y encuentro. Y después… ya se sabe que nuestro cerebro relaciona los objetos con aquellos momentos en que tomamos contacto con esos objetos. Y si el chico tuvo gran placer al tomar contacto con un libro, el libro siempre lo va a llevar a ese momento de placer. El libro se relacionará siempre con una experiencia placentera, fuerte, emocionante.

 


 

PLANETA RUEDA

Claudia Rueda es autora e ilustradora de libros-álbum para niños. Nació en Bogotá, Colombia, donde vive actualmente. Estudió Derecho en la Universidad Externado, mientras que en sus ratos libres participaba en cursos de artes plásticas. Su tesis de abogada fue una versión de la Constitución colombiana en caricatura, que publicó la editorial de la universidad. En 1997 se fue junto a su esposo a San Francisco, California. En Estados Unidos estudió animación y tomó un curso de ilustración de libros para niños en la Universidad de Berkeley. Más tarde, obtuvo su Master Of Fine Arts en escritura creativa en la Universidad de Lesley. Entonces nacieron sus dos hijas y poco después la familia se mudó a España. Claudia aprovechó su estancia en Europa para recorrer las ferias de libros infantiles más importantes del mundo: la de Bolonia y Alemania. En 2002 publicó su primer libro, en Madrid: Tres ciegos y un elefante, un cuento hindú que había hecho como proyecto final para el curso de Berkeley. Desde entonces ha publicado más de una decena de libros: La suerte de Ozu, ¡Vaya apetito tiene el zorrito! y Un día de lluvia, entre otros. Su trabajo ha sido seleccionado dos veces para la exhibición anual de la Sociedad de Ilustradores de Nueva York, obtuvo el Premio de la Conferencia Anual de la Society of Children’s Book Writers and Illustrators en 2002 y 2003, y la mención de honor en el Concurso “A la Orilla del Viento” del Fondo de Cultura Económica, entre otros premios.

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