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01-12-2013 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

Ensalada de letras

Irreverente y humorística, hecha de cuentos tradicionales y chistes, algo de gauchesca y disparates, la literatura de Oche Califa es una invitación al juego. Cuentos, leyendas y locuras de un autor que renueva las ganas de leer.

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por Gabriela Baby

 

En la oficina de Oche Califa hay un gato peludísimo con ojos enormes y brillantes que se pasea con elegancia. Esquiva un pequeño escritorio donde se exhiben fascículos coleccionables y revistas para treparse de un salto a una gran mesa y después a una pila de libros. Allí se instala con orgullo, dispuesto a prestar atención a la charla. En las paredes, enmarcados y alineados, muchísimos originales de Andrés Cascioli, socio del escritor durante los últimos años de su vida en De Péapá ediciones. Borges, Charly García, Mercedes Sosa y otros artistas en versión caricatura atestiguan la entrevista.

“Mi mundo es la gráfica” -dice Oche- “Siempre escribí: periodismo, cuentos infantiles, poesía. Y también soy editor. Me gusta el papel impreso”, resume como si fuera un karma del que, sin embargo, disfruta. El gato lo mira atento desde el pedestal de libros; parece salido de un cuento y que, en cualquier momento, va a comenzar a hablar.

Pero el que habla, generosamente, es Oche. Y la charla recorre sus libros (muchos), algunas anécdotas, para volver una y otra vez a la poesía. Y al placer de leer y compartir lectura. Porque la producción de Oche se basa en la mezcla de versos, cuentos tradicionales, leyendas, rimas, adivinanzas y personajes -clásicos o novedosos- en una permanente ensalada.

Solo sé que es ensalada (Ed. Colihue), el título de su último libro de poemas, confirma de alguna manera esta poética particular. Un proyecto de escritura instalada en el juego y en el humor, que demanda un lector activo, atento al chiste, a la asociación de palabras, a la metáfora oculta… En definitiva, dispuesto a la aventura de leer.


¿Por qué Oche? ¿De dónde viene ese nombre?

Oche me decía mi hermano de chiquito. Y Califa es mi apellido. Siempre firmé así. Ahora descubrí una ponencia en un congreso de literatura infantil que analiza mi nombre y dice que la CH es nuestro sonido más entrañable, el fonema que más queremos los argentinos (ver La CH inaugural). Somos fans del ‘che’. Y yo sin darme cuenta lo tengo en mi nombre.

Si esta CH es tan argentina, quizás inaugura de alguna manera el color local en tu literatura.

A mí la gauchesca me encanta. Siempre estoy leyendo a Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo y otros. Y eso me nutre cuando escribo. En algunos casos, como en Drácula (como yo me lo acuerdo) y Robinson Crusoe (como yo me lo acuerdo) -Ed. Atlántida- jugué un poco con El Fausto Criollo, de Estanislao del Campo, que es el gaucho que va al teatro a ver Fausto y después lo cuenta. En esos cuentos hay una escritura que tiene un fondo gauchesco. Y me encanta hacer las décimas, que es la métrica del payador.

¿Qué debe tener, o no debe faltar, en la poesía para chicos?

La poesía está formada por una trilogía: palabra, sonido y ritmo. Cuando esos tres elementos se constituyen en una sola cosa, funciona. Ahora, si uno lo piensa así, las personas nos encontramos con la poesía incluso antes de nacer, porque desde la panza escuchamos sonidos. Y después, al nacer, escuchamos ritmos y palabras antes de saber qué significan. Desde chicos oímos palabras, no sabemos qué significan, nos gustan o no nos gustan, y las empezamos a usar. Por eso los chicos meten palabras en sus discursos: porque les gustan; y aparecen esas cosas que causan risa o sorpresa. Para ellos, lo sonoro puro, lo musical tiene un valor muy fuerte. Y la poesía tiene que ver con la música. Después hay juegos verbales en la infancia que sostienen eso: la adivinanza que es una metáfora o la otra que esconde la respuesta en la pregunta: “Pérez anda, Gil camina”, por ejemplo.

Ritmos y sonidos como base de la lectura.

Sí. Y también los juegos rítmicos, como La Farolera o esos que hacen las nenas con las manos que no sabemos quién inventa. Entonces, si hay un arte privilegiado por los chicos es la poesía. Después hay un tema de si se lee más o menos, pero es menos importante. Eso tiene que ver con el libro, con el mercado. Porque lo que ocurre es que uno lee una novela de principio a fin, devora el libro, lo regresa al estante y nunca más lo vuelve a ver. En cambio, con la poesía uno entra en cualquier página, se satisface en general con dos o tres, y después vuelve al libro muchísimas veces. Lo mismo que pasa con las canciones: uno las escucha muchas veces. El libro de poesía es más un objeto para jugar y también requiere, mucho más que los otros géneros, de un momento especial de la persona. Un momento en que el lector pueda entrar a ese juego. Un momento de la cotidianeidad o un momento de la vida en que pueda prestarse a ese juego, a esa introspección que propone la poesía. Entonces, el libro es una herramienta para la poesía que no es igual de efectiva para la novela o el cuento. Pero a los lectores no les importa. Y a la poesía, tampoco.

Ahora estás trabajando en leyendas de diferentes partes del mundo, un género muy diferente…

Las leyendas son un encargo de la editorial (Colihue), en el que trabajé tres años. Reuní 16 volúmenes, salieron doce, faltan cuatro. A partir de la propuesta de la editorial, elaboré un plan que pudiera constituirse en una especie de mapamundi de leyendas universales: hay orientales, africanas, europeas, americanas, etc. Es un trabajo de investigación, selección y escritura. Lo interesante, para mí, fue tratar de entender qué cosa está contando esa leyenda que hace que se sostenga en el tiempo: encontrar el núcleo de cada historia, ése fue el trabajo. Y después, tratar de establecer un sumario para el volumen que tenga cierta riqueza de motivos y de temas: que haya heroico, romántico, fantástico… diversidad para el lector. En el posfacio agregué información de contexto, para que el lector se pueda situar. Me gusta mucho el trabajo de investigación, porque me nutre. De hecho, otro libro de poesía, Monstruario sentimental (Ed. Alfaguara), se sirvió en unos cuantos casos de esas leyendas.

Mezclar y dar de nuevo. ¿Ése es tu juego como autor?

Siempre estamos contando las mismas historias pero cambiadas. La vuelta de Mongorito Flores (Ed. Colihue), un cuento de tantos años que sigue funcionando y por suerte el editor lo mantiene, recrea el tópico del regreso del héroe. No se inventa nada: uno escribe lo que ya está escrito de otra manera. Vuelvo sobre versiones y reescribo versiones. Por ejemplo, en Cuentos más o menos contados (Ed. Alfaguara) hay caperucitas, gauchos, chanchitos y lobos, todos puestos a contar cuentos y mezclando las historias. Uno está todo el tiempo trabajando con esa materia, buscándole la vuelta, la aventura, el misterio, la imposibilidad del amor.

¿Y qué vamos a leer nuevo de Oche próximamente?

Pronto va a salir un libro relacionado con temas de leyendas y mitos. El tema mítico de los por qué… Son cuarenta y pico de historias que cuentan por qué las cosas son así, desde los mitos. Por qué el agua de mar es salada, por qué el cuervo es negro, por qué el ciervo tiene cola corta… Recopilé mitos de todo el mundo.

Mitos que se agregan a la ensalada...

Yo hice de un defecto una virtud: he sido muy inconstante toda mi vida, saltaba de una cosa a otra todo el tiempo. Y soy así tanto en los trabajos como en los géneros que escribo. Por eso escribo versos, cuentos, edito revistas, hago agendas temáticas, notas de cultura criolla para La Nación Campo. También trabajé en la Revista Humor y en Humi. Diversidad y saltos, salvo en el matrimonio: me casé una sola vez. En eso, soy constante. Y minoría.

 

 


 

OCHE POR OCHE: ¿Y LA NOVELA?
En Diario de un escritor (Ediciones SM), uno de los libros que Oche señala como novela (pero que está lleno de poemas, limericks, juegos de palabras y hasta dos cuentos), el narrador, un escritor que pretende escribir una novela durante unas largas vacaciones en la costa, dice: “En principio, pensé que podría escribir una novela, cosa que no he hecho en toda mi vida. Para eso me preparé: leí acerca de las novelas, repasé algunas que me interesan para ver cómo organizan sus historias. Pero creo que no tengo temperamento para escribirlas. Me pasa que organizo mejor lo que escribo si son formatos más chicos: poemas, cuentos, frases, trabalenguas, adivinanzas”.


¿Alter ego del autor? Probablemente. Aunque él mismo advierte en Solo sé que es ensalada (Ed. Colihue): “Yo, Oche Califa, escritor argentino en la plenitud de mis facultades mentales (que no son las mejores pero es todo lo que tengo en la cabeza), prometo no volver a escribir un libro como éste, lleno de equivocaciones, objeciones y pensamientos que no interesan casi nada, pero que yo mismo coloqué por irresponsable. Si así no lo hiciere, que los lectores me lo demanden”, y allí mismo puso una nota al pie que dice: “Es una promesa que haré todo lo posible por cumplir”. ¡Ojalá que no cumpla!



LA CH INAUGURAL
“Ya desde el pseudónimo se anticipa la naturaleza de la voz autoral: éste se inscribe en un universo lexical que se asocia con las particularidades de la variedad española rioplatense, ya que recurre al sonoro ‘che’, tan distintivo del sentir nacional, estableciendo un juego con el vocativo (‘¡Oh, Che!’, o el más informal ‘Che, Califa’) y asociaciones que el mismo autor se encarga de explicitar desde su literatura. Al tango titulado ‘Anochece’ –incluído en el libro Solo sé que es ensalada-, se añade una nota al pie del escritor quien aclara con una fuerte primera persona: ‘Casi todos los tangos ocurren durante la noche. Van a ver que es así en los que siguen. Me gusta el tango y me gusta la noche. Tendría que escribir una poesía dedicada a la noche. La noche, por Oche.’”

Antonela P. Mannina (FaHCE, UNLP), en “La encrucijada de los paratextos: el caso de Oche Califa”. Texto completo en http://jornadasplan.fahce.unlp.edu.ar/v-jornadas-2013/ponencias/a22.pdf



 

PLANETA OCHE 
En su blog, el autor dice: “Nací en Chivilcoy, Argentina, en 1955. Soy, sobre todo, autodidacto y, en esa medida, me considero un buen alumno de lecturas y experiencias diversas, amigos y maestros a la distancia. Mis primeras creaciones fueron poesías y textos humorísticos. Luego comencé a escribir cuentos para niños. Me inicié en el periodismo casi sin darme cuenta, a partir de 1978. Desde entonces, a pesar de intentar abandonar en algunas oportunidades, quedé envuelto en sus redes de demandas, ideas, cierres, proyectos, pasiones. Escribí en Clarín, La Nación, en una cantidad de revistas de todo pelo y dirigí algunas de ellas. Igual relación he tenido con la literatura. Además de los libros que aquí muestro, tengo poemas y cuentos publicados en otras editoriales de la Argentina, México, Uruguay, Perú y Puerto Rico. Fui, además, director editorial de Oxford de Argentina, editor general de Colihue y soy actualmente director de Depeapá Contenidos. También he tenido participación en asociaciones culturales. Desde hace diez años soy miembro de la Comisión de Actividades Culturales de la Fundación El Libro para la Feria del Libro de Buenos Aires."

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