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01-12-2014 |

Crianza - Madres y Padres

Mujeres malabaristas

A pesar de los cambios en la estructura familiar, el cuidado infantil continúa recayendo mayormente en las mujeres, y especialmente en las madres. Con poca ayuda de las instituciones, ellas se tornan especialistas en “malabares”. La socióloga Eleonor Faur propone una mirada social sobre el cuidado de niños pequeños y que el tema forme parte de la agenda del Estado.

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por Gabriela Baby



“A mí me interesó particularmente poner el cuidado de los niños pequeños en perspectiva social. Es decir, cuestionar la perspectiva individual según la cual el cuidado infantil es una función familiar, asignada particularmente a las madres, y mirarla como responsabilidad social y compartida por todos. ¿Quién dice que las madres son las únicas o, en todo caso, las mejores cuidadoras de los chicos pequeños? ¿Es algo natural, biológico, o es una construcción social? ¿Qué consecuencias tiene para ellas y para toda la sociedad sostener esta creencia?”, dispara la socióloga Eleonor Faur al comenzar la entrevista.

A partir de estas preguntas, la especialista construyó una investigación que recorre la cobertura de los servicios de jardín de infantes y guarderías, las licencias por maternidad y paternidad y las proyecciones del imaginario social que dejan caer en la madre la mayor responsabilidad sobre el cuidado de los hijos. En su libro El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual (Siglo XXI Editores) señala: “políticas públicas, instituciones privadas; trabajo productivo, reproductivo y doméstico; transformaciones familiares, legislación y derechos laborales; condiciones de acceso a los servicios de educación y cuidado infantil, derechos de los niños y niñas; reformulaciones del rol materno y del jefe de hogar; mujeres y crías. Elementos heterogéneos de un complejo caleidoscopio que comienza a transformarse en un problema social y político”. Durante la entrevista, Faur afirma: “me interesa poner el cuidado infantil en la agenda del Estado, que sea una preocupación y responsabilidad colectiva a la que el Estado pueda dar respuesta”.

Una de las premisas de su trabajo es desmitificar a la madre como la “cuidadora ideal”. ¿A qué se refiere específicamente?

Es cierto que las mujeres dedicamos mucho más tiempo al cuidado de los hijos que los varones, y también que las familias tienen más responsabilidad que otras instituciones. Pero pienso que la idea de que la mejor cuidadora de todo niño es siempre su propia madre es un mito social, un estereotipo construido y alimentado a lo largo de siglos pero que en la vida real no siempre es así. Por el contrario, detrás de esa mirada idealizada se invisibilizan situaciones que no siempre derivan en un cuidado de calidad, un cuidado amoroso, una escucha atenta.

En su libro usted hace un fuerte hincapié en el rol del Estado. ¿De qué manera el Estado podría contribuir al cuidado de niños pequeños?

La pregunta es si el rol de la familia, y de las mujeres especialmente, es un rol de 24 horas por día. Y si no, qué otras instituciones o personas ingresan en ese conjunto de actividades que se requieren para que un chico crezca lo mejor posible: cuidado, sano, feliz, educado. El Estado cumple funciones a través de la legislación laboral y como proveedor y regulador de cuidados. Los legisladores diseñan los marcos normativos del trabajo y, de este modo, la forma que toma el cuidado para las personas que trabajan: las licencias por maternidad y paternidad, la disponibilidad de guarderías en empresas o en los barrios y de qué manera se protege y promueve todo eso.

¿Hasta qué punto la regulación laboral actual incide en el tema del cuidado?

Existe una enorme heterogeneidad en las leyes laborales en Argentina. La mayor protección la tienen los empleados del sector público, y dentro de este sector, los docentes. En el sector privado hay un mínimo de 90 días de licencia para las mujeres y tres días para los varones: una desigualdad alarmante. Por otra parte, tres meses es muy poco para reintegrarse en el mercado laboral si no existen servicios de cuidado disponibles gratuitos, es decir, que no supongan una reducción del ingreso de la familia. Porque, si no hay un jardín maternal en la empresa o en el barrio, la familia tiene que ajustar sus cuentas y evaluar si conviene pagar un jardín privado o a una persona que se quede con el niño y si eso justifica el trabajo de la mujer o no. Ahí se da una ecuación que casi siempre termina desalentando a las mujeres –sobre todo de sectores populares- a permanecer en el mercado de trabajo. Y esto termina empobreciendo a las familias y de este modo se subraya la desigualdad social.

Usted propone entonces cambios en la legislación laboral como un modo de repartir los cuidados desde el Estado.

Sí. Porque todas las mujeres estamos trabajando. En el siglo XXI, los varones ya no son los únicos proveedores. Pero tenemos una legislación laboral de la época de la Revolución Industrial… ¡atrasa 200 años! Por ejemplo, las licencias tan acotadas que se dan a los varones suponen que ellos no tienen nada que ver con el cuidado infantil. Tenemos que revisar las licencias, que los padres sean interpelados por el Estado. Que el Estado promueva que los padres sean padres. Aún hoy, en las entrevistas laborales, se sigue preguntando a las mujeres si tienen hijos o si piensan tenerlos. Mientras que a los hombres no, porque se supone que a ellos no les corresponde el cuidado de los hijos.

¿De qué otro modo puede el Estado intervenir en el tema de los cuidados?

Con la generación y sostenimiento de espacios educativos y espacios de cuidado. Sin ir más lejos, en la Ciudad de Buenos Aires hay jardines maternales y de infantes, públicos y privados, y otros espacios como los Centros de Primera Infancia, los Centros de Desarrollo Infantil y Jardines Comunitarios. Pero todos los años, desde hace mucho tiempo, hay alrededor de seis mil chicos que se quedan sin cobertura. Es decir, que si se suman todas las vacantes de todas las propuestas no se llega a cubrir la demanda. En esta ecuación, las familias que tienen mejores posibilidades económicas lo resuelven pagando, contratando una niñera, por ejemplo. Pero las familias sin recursos se quedan sin opciones.

Usted dice que las mujeres que pueden salir a trabajar son aquellas que pueden pagar por el cuidado de sus hijos. Y que de ese modo se refuerzan las desigualdades sociales.

Las que tenemos más ingresos económicos logramos mercantilizar el cuidado, salir a trabajar y convertirnos en “súper mujeres”. Pero esto no es un producto del esfuerzo personal, sino de los recursos que tenemos. Mientras que las mujeres de sectores populares, que también son jefas de hogar en muchos casos, salen a trabajar y se las arreglan como pueden con los chicos. A veces, pagan servicios de cuidado: en muchos casos, una mujer trabaja y reparte su sueldo con la que le cuida los chicos. Otras veces recurren a la ayuda de familiares o vecinos.

¿Estos serían los malabares?

Es que seguir pensando que las mujeres somos las mejores cuidadoras nos lleva a una saturación de responsabilidades. Creo que sin descuidar a los hijos ni negar la maternidad, reconociendo el enorme papel que tenemos las madres en el cuidado de los chicos y el deseo y el placer de cuidar, se puede pensar que podemos compartir un poco esa responsabilidad. Y que los varones también tienen mucho para dar.  

Si el cuidado fuera tomado en cuenta como una responsabilidad social, ¿esta mirada cambiaría?

Si pensamos en el cuidado como una responsabilidad colectiva, las empresas también deberían ser parte. Lo que pasa es que el mito permea las diversas capas sociales: las leyes, las políticas, las empresas, la mentalidad de mujeres y varones. Si pensamos el cuidado como un bien social, como un elemento central de nuestra sociedad, ¿qué otros recursos podrían converger para que esos cuidados sean provistos en un contexto más facilitador para las mujeres y que no agudicen las desigualdades sociales? ¿Qué ofertas del Estado en cuanto a licencias y servicios podemos elegir varones y mujeres para que no se replique el ‘karma de la madre’? De esa manera podemos pensar que hay una corresponsabilidad en el cuidado y que hay una tribu, una gran tribu que cría, que es la sociedad.



PLANETA FAUR
Es doctora en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Investiga sobre relaciones de género, familias y políticas públicas. Dictó cursos y seminarios de posgrado en políticas sociales con perspectiva de género en diversas universidades del país y del exterior. Tiene una extensa trayectoria en la promoción de políticas y programas que, con base en evidencias científicas, integren la perspectiva de derechos humanos en su diseño e implementación. Fue asesora de organismos públicos y de la sociedad civil en Argentina y Colombia, consultora en distintas agencias de Naciones Unidas (Unicef, UNRISD, PNUD) y responsable de la oficina argentina del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unpfa). Es autora de Masculinidades y desarrollo social. Las relaciones de género desde las perspectivas de los hombres (2004) y Las lógicas del cuidado infantil. Entre las familias, el Estado y el mercado (con Valeria Esquivel y Elizabeth Jelin, 2012), entre otras publicaciones.



FAUR DIXIT 
“Tanto dentro como fuera del hogar, siguen siendo las mujeres quienes prioritariamente dedican su tiempo a las actividades vinculadas al trabajo doméstico y el cuidado. La literatura así lo indica, las encuestas de uso del tiempo así lo cuantifican, nuestro trabajo de campo así lo confirma. Pero la conciliación entre lo productivo y lo reproductivo, en sí misma, no solo tiene inequívocos rasgos de género en la Argentina, sino también una profunda marca de clase. Todas las mujeres entrevistadas asociaron en sus relatos las estrategias de cuidado infantil con su propio trabajo. Para las madres, no hay manera de ingresar y permanecer en el mercado de trabajo si no se logra organizar de forma satisfactoria el cuidado de sus hijos. Las mujeres van a trabajar pensando si habrá algo en la heladera para cuando regresen los hijos de la escuela, si la ropa estará limpia, si hace falta pasar por el supermercado a la salida del trabajo… ‘O sea quince millones de cosas que una debe ir manejando’, como refirió una entrevistada de clase media. En este sentido, y a diferencia de lo que sucede con los varones, en el discurso de las mujeres no existe una división entre el plano familiar y el laboral, entre lo público y lo privado, sino una relación intrínseca entre ambos. Y precisamente en este punto cobran particular relevancia la oferta de servicios públicos como los marcos culturales y socioeconómicos dentro de los cuales desarrollan sus vidas las mujeres y los hombres contemporáneos”.

Faur Eleonor, El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, julio de 2014.

 

 

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