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01-03-2009 |

Crianza - Madres y Padres

¿Quién me cuida?

Cuando los padres trabajan muchas horas, los chicos necesitan de alguien que los cuide. Aparecen entonces ciertas figuras de peso para la organización familiar: la niñera, los abuelos y el jardincito o guardería. Con sus ventajas y desventajas, cada elección exige adaptación de modos y rutinas familiares. Para el bienestar de todos.

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Por Gabriela Baby


Pasados los tiernos y tormentosos meses de licencia por maternidad, las mujeres que se preparan para volver a su trabajo sienten el insoslayable peso de la culpa mezclada con una amarga incertidumbre. “¿Quién cuidará al bebé? ¿Acaso alguien puede cuidarlo mejor que su madre? ¿Podrá entender otra persona sus llantos por hambre o por sueño?”


Profesionales muy activas, empresarias exitosas y mujeres muy seguras de su vocación y quehacer en el mundo laboral no pueden reprimir las lágrimas al momento de regresar a sus actividades cotidianas.


Ocurre que para esa mamá, la necesidad de seguir en actividad choca fuertemente con el deseo de estar con su bebé y atenderlo a cada momento. El fantasma de perderse algo de su crecimiento invade el imaginario femenino y lucha con el temor a perder el lugar ganado en el mundo profesional.


Se perfilan entonces nuevas figuras para el cotidiano familiar: la niñera, la abuela cuidadora o el jardincito. Y aunque nadie cuide al nene como su mamá -lo que para el chico resultará muy bueno- encontrará en otras personas cariño, comprensión y un estilo diferente de ser tratado: nuevas versiones del afecto que enriquecerán su percepción del mundo.

Me cuida la niñera


Por horas, por mes, con cama: la niñera o la señora que cuida a los chicos es un eslabón fundamental de la organización familiar. Ella resuelve el cuidado de los hijos sin necesidad de salir de casa y permite a los chicos pasar el día en su propio entorno, con sus juguetes, su cuna y los olores familiares.


Pero, más allá de la practicidad de este rol, vale la pena preguntarse: ¿Cómo ven los chicos a sus niñeras?


Rosina Duarte, psicóloga y responsable de Clinicar, responde: “Dentro del imaginario infantil, la niñera juega un rol preponderante, porque de alguna manera es quien reemplaza a la madre: cuida al niño cuando la madre no está, juega y lo atiende. Para el chico, su función es muy importante cuando es más pequeño y algo menos a medida que se hace más grande. Pero, más allá de la edad, es fundamental darle tiempo a esa relación para que se constituya, que el niño reconozca que ante la ausencia de sus padres es ella quien se encarga absolutamente de todo lo que él necesita”.


Para que ese vínculo, que también incluye a los adultos de la casa, no fracase es importante cuidar algunos aspectos de la persona a incorporar a la rutina familiar. La paciencia, en primer plano. La vocación, también.


Las licenciadas Claudia Griffa y María Moyal, coordinadoras de Cuídame mucho y asesoras en la búsqueda de niñeras, sostienen: “La niñera tiene que tener ganas de estar con chicos, porque deberá prestar el cuerpo en función de sus necesidades. Esto quiere decir que debe estar dispuesta a sentarse en el piso a jugar, alzar a un bebé que tiene cólicos o cantar para que se duerma. Acciones sostenibles a largo plazo sólo por alguien que se encuentra a gusto en esta función. Pero fundamentalmente debe estar receptiva a lo que el chico tiene como interés o necesidad”.


Otro aspecto a tener en cuenta en el vínculo niñera-familia es el hecho de que se trata de una relación laboral, que implica determinadas condiciones de contratación. Y esto merece cierto cuidado, porque la combinación de afecto y trabajo, cuando no es clara para todos los miembros de la casa, puede resultar explosiva.


La psicóloga Nancy Cedeira, de la consultora Dejálos Ser, observa: “La niñera es alguien familiar pero que no pertenece a la familia y por eso a veces se generan situaciones difíciles de manejar. No es difícil pensar -o haber experimentado- un faltazo de la niñera o una llegada tarde. Estos sacudones a la organización familiar desarticulan la rutina de ese día y ponen furiosos a los padres. La relación entre los adultos se tensa y los chicos sufren también esta conmoción”. Cuestiones laborales que afectan la vida infantil y constituyen momentos de incertidumbre.


En la marea de las relaciones adultas, cuando no padecen el fuerte oleaje, los más jovencitos de la casa tienen la capacidad de poner calma. En Cuídame Mucho, por ejemplo, han constatado que la niñera ideal la elige el chico: “Nuestra experiencia indica que cuando la niñera funciona para el niño, funciona para los papás. Esto quiere decir que los padres deciden la continuidad de la niñera en función de cómo ven a sus hijos y se esfuerzan por trabajar en superar cualquier inconveniente”, dice María Moyal, de Cuídame Mucho.


Pero cada casa es un mundo y cada mundo tiene sus reglas. En la cultura íntima de cada familia existen leyes explícitas o implícitas que deben ser cumplidas, porque conforman las normas que sustentan la crianza de los hijos. La Lic. Cedeira observa: “Es importante que los padres tengan en claro que la crianza de sus hijos la orientan ellos. Y quien cuide a los chicos deberá tener ductilidad para adaptarse al estilo familiar. También deberá ser responsable y demostrar firmeza para poner límites”.


El tema de los límites no es un detalle: porque la niñera deberá sostener un estilo firme y seguro para imponer autoridad y lograr a la vez buena predisposición de los chicos. Al respecto, la lic. Rosina Duarte, de Clinicar señala: “Con respecto a los límites -que son un tema serio en determinadas etapas de la vida de un chico- es vital que haya muy buena comunicación entre los padres y el niño, entre los padres y la niñera y también con la niñera en interacción con el niño. En primer lugar hay que explicar al niño que debido, por ejemplo, a que ambos padres trabajan todo el día, la niñera se quedará a su cuidado y él tendrá que obedecerla. Aunque se trate de niños pequeños: ellos van a entender y será más fácil adaptarse a la situación. También hay que aclarar con la niñera ciertas preferencias y modos de conducirse que impone la casa”.


Aclarado el juego de los límites y los límites del juego, el territorio queda despejado para instalar una relación que promete dejar tranquilos a los padres en momentos de ausencia. Y al niño, en su propia casa.

Me cuidan mis abuelos


“Camila se queda en casa de mi mamá desde las 8:30 hasta las 18:30, de lunes a viernes. Y la pasa muy bien: la nena es muy buena y mi mamá la adora. Además no quiere que yo tome a una persona para que la cuide, aunque a veces siento que invado su vida con mi hija”, dice Adriana Lombardi, describiendo la vida cotidiana de Camila (20 meses).


“Cuidar a Azul no es un trabajo, pero sí una responsabilidad”, dice Rosa Barrancos que cuida a su nieta de año y medio tres veces por semana, desde que tenía tres meses. “Siento que estoy criando de nuevo a mi hija: le enseño buenos modales, con la comida, por ejemplo, y si tengo que retarla, la reto. Las preocupaciones de mamá y abuela son las mismas: que coma bien, que esté bien de salud. La diferencia es que la mamá toma decisiones, en cambio, como abuela no decido. Sólo doy consejos. Aunque a veces creo que aconsejo por demás. Pero hasta ahora nadie me dijo ‘no te metas”, sonríe la abuela Rosa.


En ambos cuadros, la abuela cuida a la nieta y todo queda en familia. Además, cuando cuida la abuela, no es necesario transitar un periodo de adaptación -como lo requiere el jardín de infantes o la niñera-, y no es necesario incorporar a una persona ajena al núcleo familiar a la casa. Tampoco hay una carga económica para la familia.


La psicóloga Rosina Duarte detalla otros aspectos positivos de la abuela cuidadora. “La ventaja principal es que la abuela es una figura familiar para el niño, por lo que éste sentirá en menor medida la ausencia de los padres, en especial de la madre, ya que la abuela será fácilmente su referente materno. Y, para la madre que deja al niño con su abuela opera la sensación de dejarlo en ‘las mejores manos’, porque sabe que además del cuidado, ella brindará amor, cariño y atención propios de su rol, lo que produce en el niño sentimientos de seguridad y confianza, y contribuye a afianzar la relación entre ambos que se ve favorecida por el tiempo compartido”.


Sin embargo, este vínculo tan estrecho puede tener sus complicaciones: “Mi mamá a veces hace cosas que no me gustan del todo y se genera cierta tensión cuando yo le indico cómo quiero que trate a Camila. Son cuestiones que parecen menores, pero no lo son: por ejemplo, no quiero que le dé una mamadera para dormirla o que la ponga a mirar dibujitos. No estoy de acuerdo con esas prácticas. Pero también comprendo que está cansada y no le puedo pedir que juegue todo el día con su nieta”, dice Adriana.


El tema de los límites puede resultar, otra vez, zona de dificultades. Porque las abuelas, por la naturaleza del rol, suelen ser permisivas en exceso. Rosina Duarte explica: “Es muy difícil marcar los límites del accionar de la abuela durante el tiempo de cuidado del niño, porque las abuelas suelen tomarse muchas atribuciones con sus nietos, justamente por el poder que el mismo lazo sanguíneo les otorga. Estas situaciones traen tensión a abuelas y padres”, señala la psicóloga.


Ocurre que el rol de cuidadora se ha superpuesto al rol de abuela. Entonces, la misma persona deberá organizar horarios, seguir rutinas diarias y ser fiel a ciertas líneas de conducta que se contradicen con otras acciones propias de su figura familiar. ¿Cómo malcriar si hay que poner el orden de lo cotidiano?


“También puede ocurrir que los niños obedezcan más a las abuelas que a los propios padres, por estar con ellas todo el día. Aparecen entonces ciertos sentimientos de rivalidad por parte de los padres. O puede haber celos de la madre hacia la abuela que presencia ciertas acciones o progresos del niño antes que la propia madre”, señala la Lic. Duarte.


En el día tras día de cada familia, las situaciones que complican o ensucian la relación deberán hablarse hasta sacar todo vestigio de sentimiento negativo. Resolver contradicciones antes de que atenten contra el vínculo de la gran familia.


Adriana Lombardi aprendió algo del ser hija en su nuevo rol de madre: “En estos años que mi mamá cuida a Camila hablamos muchas veces de lo que significa el rol de madre. Y ha sido muy enriquecedor para las dos. Mi mamá aprendió a ver que no se puede malcriar a un chico durante todo el día, todos los días. Y yo aprendí a ser menos estricta con las rutinas de Camila y poder ceder en algunas cuestiones o prácticas que no son tan importantes y que a mi madre le funcionan bien y le dan satisfacción”, señala Adriana. Entonces el cuidado se queda en familia. Y todos contentos.

Me voy al jardincito


“Cuando Juana era bebé, yo hacía recreos en mi trabajo y bajaba a la guardería para darle la teta. No había mejor opción en ese momento para que alguien cuidara a mi hija”, dice Anabella Socas, que siguió visitando a Juana -con nuevas excusas- hasta el preescolar.


Con horarios extensos y flexibles, y la atención orientada a los requerimientos específicos de cada edad, los jardines maternales o de educación temprana son instituciones didácticas y de atención que funcionan para los chicos desde el mes y medio de vida. Y tienen algunos puntos favorables a observar.


Para la psicóloga Rosina Duarte, optar por el jardín de educación temprana tiene algunas ventajas. “Estas instituciones involucran al chico en acciones participativas y de colaboración desde bien pequeños. Entonces, es común observar que los niños de la guardería caminan un poco antes que los demás -porque imitan a sus compañeros- y aprendan más rápido a comunicarse o a participar en actividades colectivas. Y esta socialización ayuda al proceso de descentralización del niño, es decir, a que preste atención a los otros y no sólo a sí mismo”.


Además, en lo cotidiano, la institución contribuye a la creación de hábitos. Duarte explica: “Las rutinas de la guardería ordenan la vida del niño, algo fundamental para la adquisición de hábitos. Porque los hábitos son un marco de contención que brindan seguridad y confianza, y que influye directamente en su autoestima”.


Estas nuevas modalidades de educación temprana son además de una solución para la jornada laboral de padres y madres, experiencias formadoras para el niño pequeño.


Pero no todas son rosas en la elección de estas propuestas. Un gran tema para padres y madres es la adaptación: un periodo que puede durar semanas o meses, en el que el padre o la madre deberá acompañar a su hijito hasta que se acostumbre al nuevo lugar y a las nuevas caras. “Cuando tienen entre un año y dos, los niños exigen ser el centro de atención, por eso es importante darles este tiempo de adaptación a un lugar donde deberán compartir juegos, comida y, sobre todo, atención de los adultos. Esto exige a los padres ser pacientes y contar con ciertos permisos laborales, para poder acompañar a sus hijos en este recorrido”, señala Duarte.


También cabría preguntarse si la institucionalización temprana es conveniente para todos los chicos. Porque los horarios de la casa, por más organizados que sean, siempre permiten una siesta más larga, un despertar más tarde o una comida a deshora. Mientras que una institución necesariamente debe ser más estricta en las rutinas privilegiando el bienestar de todos los chicos antes que una necesidad específica.


Rosina Duarte es clara al respecto: “Cada familia y especialmente cada niño irá marcando en gestos, demandas y actitudes, sus preferencias y necesidades.”


Se trata entonces de estar alerta para no imponer cuidadoras o instituciones que poco tengan que ver con los ritmos de la familia y, especialmente, del chico. Se trata de poner en la balanza ventajas y desventajas. Pensar y medir cada opción hasta dar con la combinación que resulte a la medida de la necesidad personal.

 


De la guardería a la niñera profesional


La guardería infantil surge como respuesta a una necesidad social del siglo XX: la mujer trabaja y ya no puede abocarse al cuidado del hijo. Entonces, muchas empresas tienen por ley la obligatoriedad de dar a sus trabajadoras una guardería o pagar una institución para tal fin.


Pero con el andar del tiempo, la guardería original -que por ley sindical quedaba incluso cerca de o en el mismo lugar de trabajo- ha dado espacio a nuevas opciones diseñadas de acuerdo a las exigencias actuales de madres y bebés. Mientras que antes alcanzaba con ocuparse del cuidado y atención del niño, hoy han derivado en instituciones que cumplen una verdadera función educativa orientada especialmente a los primeros años de vida.


El caso de Puerto Crianza, en Puerto Madero, es paradigmático en ese sentido. Mientras que mantiene de las clásicas guarderías la flexibilidad de horarios y la posibilidad de visitas para amamantar, por ejemplo, o de compartir juegos y hasta el almuerzo en el horario del mediodía, se propone como un espacio educativo especializado en la primera infancia. “El day care -explican sus responsables- está sostenido desde lo pedagógico en un proyecto educativo de vanguardia (basado en el bilingüismo y la educación musical) con una oferta de actividades que se va adecuando al ritmo de desarrollo de cada bebé”.


Aunque se trata de un fenómeno más reciente, algo similar está pasando con los cuidados en la propia casa. La figura de la empleada doméstica que también cumplía el rol de cuidar de los chicos, está dando paso a una suerte de profesionalización de las niñeras. Hoy existen consultoras especializadas que se ocupan de la selección teniendo en cuenta la vocación: maestras jardineras y especialistas en recreación que no sólo se ocupan de alimentar y cambiar pañales sino también de generar un ámbito estimulante que favorezca al desarrollo de los más chiquitos.


Un cambio de concepto en el significado de la palabra cuidar.

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