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01-09-2010 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

Un croar, desde el otro lado del río

Roy Berocay es el autor de libros para chicos más importante y exitoso de Uruguay. En su paso por Buenos Aires, donde participó de la Feria del Libro Infantil y Juvenil, el creador del Sapo Ruperto conversó con Planetario sobre sus dos grandes pasiones: la literatura y el rock.

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por Marisa Rojas

 

El creador del Sapo Ruperto -el detective más avivado del arroyo Solís Chico- es, además de escritor, músico y compositor, y fue, durante muchos años y hasta no hace tantos, periodista. “En realidad, yo siempre quise ser músico. Empecé a los 16 años a tocar en bandas. Pero cuando llegó la Dictadura a Uruguay era muy difícil hacer música… bueno, en realidad hacer cualquier cosa era difícil. Empecé a escribir por una cuestión de necesidad, de hacer algo para expresarme. Pero tampoco se podía ser escritor en esa época. Así que después de un tiempo de muchas crisis, decidí que iba a ser lo que quería ser o no iba a ser nada. Ya tenía hijos chicos, y como tampoco soy un kamikaze, y me di cuenta que nadie vivía de la literatura ni de la música en Uruguay, entré a pensar de qué forma podía lograr que me pagaran por escribir. Conseguí una máquina de escribir y escribí tres o cuatro cosas que yo entendía que eran artículos periodísticos y empecé a recorrer los diarios. Me encargaron unas notas en un lugar y después en otro y terminé metiéndome en el mundo del periodismo. En esos años yo decía como en broma que tenía tres personalidades, y que el periodista era el que mantenía a las otras dos. Después llegó un momento en que tuve la posibilidad de dedicarme de lleno a la literatura, y hace ya unos tres años que dejé el periodismo definitivamente”.

¿Y qué fue lo que sucedió para que finalmente te convirtieras en escritor… para chicos?


Fue, creo, accidental. El primer libro que publiqué, en el año ’86, fue una novela para adultos que se llamó Pescasueños. Al tiempo, el editor de ese libro, un señor veterano, me dijo que le parecía que yo podía servir para escribir para niños, por mi forma de redactar y por cierta ingenuidad. No sé muy bien qué me quiso decir pero ahí nomás me preguntó si no me animaba a escribir unos cuentos para niños. Y yo me acordé de los cuentos que le inventaba a mis hijos a la noche, antes de ir a dormir; los ordené y así nació Las aventuras del Sapo Ruperto. Y empezaron a pasar un montón de cosas. Me llamaban de las escuelas para que diera charlas y yo no entendía bien por qué, hasta que me pareció que eso que yo hacía, hacía falta; como que mis cuentos les daban a los pibes algo que les hacía bien. Me acuerdo de un niño que tenía dificultades para leer y un día la maestra le leyó un cuento del Sapo y el pibe, que era muy humilde, le pidió a la madre de regalo un libro del Sapo. Un día me llamaron de una escuela de las afueras de Montevideo para decirme que por votación de los niños le habían puesto Ruperto a la biblioteca; y la biblioteca, una pieza de bloque y chapa que tenía veinte libros. Fueron cosas de esas que te conmueven las que me pasaron. Cosas que me abrieron los ojos, me hicieron sentir más necesario, más útil, que el ser uno más de miles de tipos de los que escriben para los adultos. Y así la literatura para pibes me fue atrapando cada vez más hasta que decidí dedicarme sólo a eso. Yo digo: fue como una corriente que me fue atrapando.

A las iniciales Las aventuras del Sapo Ruperto, prosiguió toda una saga –que continúa- y que integran títulos como: ¡Ruperto insiste!, Ruperto al rescate, Ruperto y los extraterrestres, Ruperto y el señor Siniestro, Ruperto rocanrol y otras bobadas, y el nuevo El Sapo Ruperto ¡En Historieta!, entre otros. Con veintiún años de edad, el sapo detective que viste gabardina y sombrero amarillo y cobra en moscas –para sándwiches- el develar misterios monstruosos, es un entrañable personaje para los niños –y ya no tanto- del Uruguay.

¿Cuáles considerás que son las características de Ruperto por las que fue tan incorporado por los niños a su mundo?


Primero que nada, el humor. El Sapo tiene una mirada muy burlona de la realidad, eso de en todas las situaciones estar viendo la parte ridícula, incluso de uno mismo. Después, y en realidad en sus principios porque ahora ya no es tan así, el lenguaje. El modo en que hablaba –y habla- el Sapo fue muy importante, generó todo un impacto en los niños porque hasta ese momento los libros para niños que circulaban en Uruguay estaban escritos en un idioma español del tipo “Tú, toma la casa…”. Y no es que yo me senté a escribir de determinada manera eh, me salió así, pero después descubrí que mi manera de escribir generaba cosas que los atrapaban a los pibes. Un día en una escuela un chico me preguntó por qué escribía “en uruguayo”. Y me di cuenta que yo escribía en el lenguaje que todos hablaban en el recreo; eso era lo que les gustaba, porque eso les permitía comunicarse. Es decir, eso generó una identidad entre el personaje y los chicos. Hay un tercer componente que es el afectivo, que no es una cosa explícita pero que se cuela, porque cuando vos hacés algo porque en verdad te gusta y lo hacés con ganas, eso aparece del otro lado. Y también está el respeto. Yo nunca cambié –como tampoco lo hago ahora en los shows- la entonación de la voz para hablar con ellos. Creo que ellos agradecen eso, el que los trates en plan de igualdad. En realidad son como un montón de componentes, igual hay cosas que se dan y se dan, sino sería fácil, hacés una receta y ya sabés por dónde ir.

¿Quiénes eran tus referentes cuando comenzaste a escribir para chicos? Y aún antes, ¿esos cuentos que inventabas por las noches a tus hijos estaban relacionados con tu propio paso por la literatura infantil como lector?


Referentes de la literatura infantil, ninguno, excepto Horacio Quiroga, que no se si es de “la literatura infantil”. A mis hijos les fascinaban sus Cuentos de la Selva, pero me pasó que después de leérselos quinientas veces salí a buscar algo similar en Uruguay y no encontré nada. Así empecé yo a inventarles los míos, tratando de hacerlo como Quiroga, que hablaba de forma tal que vos no tenés que explicarle nada a un niño porque está todo claro en sus cuentos. Y yo dije: voy a escribir de esa forma, con las palabras directas y simples. Pero fuera de eso, no leía nada.

¿Qué importancia han tenido en tu desarrollo como autor de libros para chicos esas primeras experiencias con tus hijos?


Mis hijos eran unos críticos terribles, y lo siguen siendo. Yo me sentaba a la noche a leerles lo que escribía y ellos me decían si los chistes eran buenos o malos, si entendían o no las cosas. Después descubrí que si vos escribís para un chico determinado escribís para todos los demás. Hay gente que me pregunta: “¿Cómo hacés para escribir para niños?” Y eso es un error, porque no tenés que escribir para “los niños”, porque los niños son todos distintos. Pero si escribís para uno, terminás conectándote con otros. Ahora es como que ya incorporé el mecanismo, pero antes escribía para uno de ellos, sobre todo para el del medio –Demian-, los libros del Sapo iban creciendo a medida que él crecía y cuando él cumplió 14 años, por ejemplo, yo escribí una novela para adolescentes. Ahora, a veces escribo para alguno de mis nietos, porque él ya tiene 27 años, es terrible viejo. Pero en su momento mis hijos fueron el muestreo. Y ahora que con dos de ellos, Bruno y Pablo, compartimos el trabajo en la banda, enseguida me dicen si algún acorde salió mal, si me distraje en algo, no me perdonan nada, y está bueno. Por lo mismo, arriba del escenario se produce como una unidad que es muy difícil de generar con otras personas.

¿Y cómo fue que pensaste y armaste este proyecto donde, finalmente, parecen fundirse tus pasiones, la literatura y el rock?


Fue un proceso. Había gente en el Uruguay que, como me conocía también como músico, me preguntaba si nunca se me había ocurrido hacer algo de música para niños. Después, cuando estuve acá hace como dos años en un viaje a Rosario, conversando con gente de la editorial (Alfaguara) surgió también el tema. Volví con muchas ideas en la cabeza y se dieron unas circunstancias raras. Me fue a ver un tipo a casa para que participe con una canción contra el trabajo infantil en un festival, y entonces dije: “bueno, voy y pruebo”. Así salió la canción “Derecho a Jugar”, que al final no la usaron porque arreglaron con otro tipo, pero yo empecé a probar porque ya tenía una canción y al tiempo ya tenía once. Y un día me dije: “ahora qué hago con esto, tendría que hacer algún tipo de espectáculo”, y me prestaron un disco de (Luis) Pescetti en vivo, que me gustó mucho. Pero me dije: “qué pasa si en lugar de tocar yo solo como hace él con la guitarra, le pongo una banda”. Y un día me llamaron del Centro Cultural de España en Uruguay y me contrataron para diez actuaciones. Pero yo no tenía nada todavía, así que fui a ver a mis hijos y les dije que teníamos que armar un espectáculo. Digamos que todo se fue dando. Primero pensé en unos textos que escribí por bloques, para poner entre canciones, y después hay mucho de improvisación, por eso el espectáculo se vuelve algo más de narración oral que de narrativa. Hay por supuesto mucho humor, hay cosas asquerosas y algunas crueldades que a los niños les gustan también.

Así como de algún modo Quiroga influyó en vos para definir tu estilo de escritura para niños, ¿cuáles han sido tus referentes en esta nueva etapa en que a la literatura se suma el rock?


No, ninguno. La verdad que no me puse a escuchar ni a pensar en cómo debía ser la música para niños. Sí esta eso considerado tal vez en las letras, pero la música si la utilizara en otros planos serviría para otro tipo de canciones. Yo toco en una banda de rock hace muchos años, una banda que se llama La Conjura, y con la misma seriedad encaré esta banda de rock para los pibes. Capaz que el rock es un poco más liviano que lo que hago normalmente. Traté, sí, de hacer lo que a mí me gusta. No sabía cómo iban a tomar lo mío los niños, y menos aún los padres. Me acuerdo de la primera vez que toqué sólo para colegios, para niños sin sus padres: fue terrible, en el buen sentido. Una vez tocamos en el interior como para dos mil pibes en una plaza y se la pasaron todos saltando. Se ha dado una cosa que todavía me sorprende. No sabría explicar muy bien qué sucede pero sí veo que el proceso con la música es muy parecido al que en su momento se dio con los libros. Y está bueno.

 


Un sapo de historieta

Durante la Feria del Libro Infantil y Juvenil, Roy Berocay estuvo en el stand de Alfaguara presentando El Sapo Ruperto ¡En historieta!, una versión -para los más pequeños de la casa- de las primeras aventuras del sapo más famoso del Uruguay. “La propuesta fue hacer algo para los niños que no leen habitualmente, o para los que todavía no han empezado, para los más chicos. Ahí pensé que estaría bueno hacer un comic del Sapo. Pero el humor de Ruperto es muy hablado, el 80% de su gracia está en lo que dice y no en lo que hace, trasladar eso a historieta fue muy difícil. El dibujante tuvo que inventar situaciones visualmente graciosas, que por ahí ni están en los libros, pero para los niños chicos funcionan muy bien. El trabajo que ha hecho Daniel Soulier (el ilustrador y guionista) es muy bueno”, cuenta Roy sobre el libro que lo trajo en 2010 a la Argentina. Y a propósito del género historietas, agrega: “Yo leía historietas de pibe. Mis amigos también lo hacían. Mi generación leía muchas historietas. Para mí fueron una puerta de entrada a la literatura. Por eso me pareció muy importante este proyecto. Porque hoy eso se perdió. Hay mucha gente que no sabe cómo hacer para que sus hijos lean libros, bueno, empezar por las historietas creo que es una buena idea. Si los chicos las descubren y les gustan, hay más historias del sapo… en libros”.

 

 

Planeta Berocay

Roy Berocay es escritor, músico y compositor, y fue, también, periodista. Nació en Montevideo, Uruguay, en 1955. Tiene cinco hijos –dos varones y tres mujeres- y siete nietos. En las reuniones familiares, la familia completa, con hijos, hijas, nueras, yernos, parejas y nietos, suman un total de 19 alrededor de la mesa. Los Berocay son toda una banda que incluye, también, al Sapo Ruperto, el personaje más famoso de la literatura infantil del otro lado del río. Cronista de diarios y revistas, como periodista trabajó durante trece años para la agencia Reuters. En 1986 publicó su primer libro, una novela para adultos, Pescasueños. Y desde los ‘90 escribe exclusivamente para el público infantil y juvenil. Su obra incluye la saga del Sapo Ruperto; una trilogía juvenil integrada por los títulos: Pequeña ala; La niebla; Tan azul. Y también títulos como: Los telepiratas (1995); Pateando lunas (1997); Lucas el fantástico (1997); Babú (1999); Un mundo perfecto (2000); El país de las cercanías 1 y 2 (2001; 2002); Las semillas de lo bueno (2005); Ernesto, el exterminador de seres monstruosos (2006); Un poema invisible y otros que se pueden ver (2008).


Recibió, entre otros, los premios Editorial TAE y Ministerio de Educación y Cultura año 1989 por Ruperto Detective; el Premio Municipal 1992 por Ruperto de terror; fue Libro de Oro por El País de las cercanías en 2001 y en 2002; además, fue finalista del Premio Bartolomé Hidalgo por: Las aventuras del Sapo Ruperto; Pateando lunas y El abuelo más loco del mundo. Editado también en Argentina, México, España y Perú, su obra completa se ha publicado en diferentes formatos (libro, cómic y CD-Rom).


Para comunicarse con el autor: rberocay@gmail.com

 

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